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Podéis leer buenas narraciones en la Biblioteca de Relatos.

20 de marzo de 2010

El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, y Solaris, de Stanislav Lem


Stanislaw Lem. Solaris. Barcelona, Minotauro, 2008. Traducción de Matilde Horne y Francisco Abelenda. 240 p.


Joseph Conrad. El corazón de las tinieblas. Traducción de Sergio Pitol. Barcelona, Lumen, 1999. 155 p. (Palabra en el tiempo, 104)

El corazón de las tinieblas. Traducción de Araceli García Ríos e Isabel Sánchez Araujo. Madrid. Alianza Editorial, 2010. 208 p. (El libro de bolsillo. Biblioteca de autor, 306)



Éramos vagabundos en medio de una tierra prehistórica, de una tierra que tenía el aspecto de un planeta desconocido. Nos podíamos ver a nosotros mismos como los primeros hombres tomando posesión de una herencia maldita, sobreviviendo a costa de una angustia profunda, de un trabajo excesivo.Joseph Conrad. El corazón de las tinieblas.

El hombre se había lanzado al descubrimiento de otros mundos y otras civilizaciones, sin haber explorado ín­tegramente sus propios abismos, ese laberinto de oscuros pasadizos y cámaras secretas, sin haber penetrado en el misterio de las puertas que él mismo ha conde­nado.Stanislav Lem. Solaris.

En la literatura, como en la vida, las comparaciones pueden ser odiosas, sobre todo si hablamos de calidad literaria; pero hay sin embargo ocasiones en que relacionar dos libros nos aporta una profundización mayor en ambos: pues toda obra esta conectada, en su tema, su argumento, su trama y su urdimbre, su estilo, sus personajes, a otros libros, a la red total de la literatura.

Voy a comparar dos novelas: El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, y Solaris, de Stanislav Lem.
Ambos escritores eran polacos. Curiosamente nacieron en ciudades que actualmente pertenecen a Ucrania.

Joseph Conrad nació en Berdyczów (entonces dominada por el ejército ruso), el 3 de diciembre de 1857 (fallecería en Inglaterra en 1924). Su nombre de origen era Józef Teodor Konrad Korzeniowski, y adoptó el de Joseph Conrad al nacionalizarse británico; eligió el inglés como lengua de escritura. Sus padres fallecieron siendo él aún niño; el padre fue un nacionalista que luchó por la liberación de Polonia, ocupada entonces por tres potencias que se habían repartido su territorio: Rusia, Prusia y Austria. Conrad fue educado entonces por su tío; estudió en Cracovia y a los 17 años se enroló en la marina mercante francesa.
Fue un hombre de mar, un aventurero. En 1889 viajó al Congo, donde conoció las atrocidades que cometían los colonos contra la población nativa. Conrad calificó aquella empresa como “la más vil rapiña que haya jamás desfigurado la historia de la conciencia humana y la exploración geográfica”. Fue este viaje el que le inspiró El corazón de las tinieblas.

Stanisłav Lem nació el 12 de septiembre de 1921 en Lwów, entonces Polonia y actualmente Ucrania, y murió en 2006 en Kraków, Polonia. Inició estudios de medicina, pero la Segunda guerra mundial le obligó a interrumpirlos. Durante la guerra fue miembro de la resistencia polaca. Su familia, católica pero de ascendencia judía, logró salvarse del Holocausto. En 1944 el ejército de la URSS toma la ciudad y Stanisłav es repatriado a Cracovia, donde retoma sus estudios de medicina en la especialidad de Psicología. En 1948 abandona la carrera por sus discrepancias ideológicas, y evitando así la incorporación forzosa a filas como médico militar. No fue un adepto al régimen socialista, lo que como es de suponer le ocasionó problemas.

A diferencia de Conrad, Lem fue sobre todo un intelectual. Es considerado uno de los mejores escritores de ciencia ficción, y uno de los pocos autores de habla no inglesa que ha alcanzado fama mundial en ese género.

Sus libros tienen un fuerte contenido filosófico, y especulan sobre cibernética y nuevas tecnologías, sobre la naturaleza de la inteligencia, las posibilidades de comunicación y comprensión entre seres racionales; asimismo sobre las limitaciones del conocimiento humano y el lugar de la humanidad en el universo.

Ambos, Conrad y Lem, escriben novelas de lectura no precisamente fácil, complejas, duras, desoladoras: el hombre del siglo XIX publica, en 1899, El corazón de las tinieblas, una odisea que transcurre en África, en Congo, un país que tiene aún mucho de desconocido y extraño; pero esa odisea es mucho más que el recuerdo de un viaje autobiográfico del autor, pues su carácter simbólico se eleva desde las primeras frases.
Un viaje de exploración, de conocimiento –y desconocimiento-, una odisea también es la narrada en Solaris (1961), por ese otro polaco que ya no podía situar un territorio inexplorado, ignoto, en nuestro propio mundo, como hacían los escritores de aventuras del siglo anterior. A mitad del siglo XX, es la ciencia ficción, los viajes siderales y la colonización de nuevos mundos lo que reemplaza a las tradicionales odiseas terrestres.

Básicamente, hay un elemento común en ambos textos: el enfrentamiento del ser humano con una naturaleza extraña, más fuerte que los hombres, una otredad absoluta, aterradora por ello y porque nos desvela que ni siquiera somos capaces de explorar y conocernos a nosotros mismos.

El corazón de las tinieblas.
¡Es curiosa la vida... ese misterioso arreglo de lógica implacable con propósitos fútiles! Lo más que de ella se puede esperar es cierto conocimiento de uno mismo... que llega demasiado tarde... una cosecha de inextinguibles remordimientos.

A bordo de un barco, el Nellie, en la desembocadura del Támesis, durante un crepúsculo, el marinero Marlow (alter ego del autor) cuenta a unos amigos su viaje hasta África y por el río Congo: una travesía que será una sucesión de experiencias rayanas en el absurdo, incluso en la alucinación surrealista, y al final de la cual encontrará a Kurtz, agente comercial al servicio de la compañía europea que ha contratado a Marlow; Kurtz es su mejor agente, el que más marfil consigue y envía. Es además una figura enigmática y ambigua, sin duda poderosa, fascinante a la vez que terrible para todos quienes le conocen. Marlow lo hallará enfermo y demente, y lo verá morir en el viaje de regreso.

Mientras que Marlow, como Lord Jim, otro personaje de Conrad, es un hombre íntegro, y su ética y su dignidad le permiten sobrevivir –aun con ciertas secuelas–, a ese viaje a los infiernos en que se convierte la travesía por el río Congo, Kurtz no lo logra: ha llegado a África impulsado por ideales de progreso y por la idea de una necesaria tarea civilizadora hacia los nativos (aunque éstos no se la hayan pedido), pero sucumbe al ansia de poder, de riqueza, a la vanidad de ser idolatrado, al hechizo del mal, y sobre todo, a la propia selva, pues ésta “había logrado poseerlo pronto y se había vengado en él de la fantástica invasión de que había sido objeto. Me imagino que le había susurrado cosas sobre él mismo que él no conocía, cosas de las que no tenía idea. Al quedarse solo en la selva había mirado a su interior y había enloquecido
La novela puede leerse como una crítica a la colonización del Congo, a sus excesos y horrores, a la brutalidad de los europeos hacia los nativos. No obstante esta visión crítica, la novela de Conrad ha sido considerada racista, debido a cómo habla de los nativos africanos.
El escritor y crítico nigeriano Chinua Achebe, en su ensayo Una imagen de África: racismo en «El corazón de las tinieblas» de Conrad (An Image of Africa: Racism in Conrad's "Heart of Darkness"), negaba que se pudiera considerar "obra de arte" una novela que reducía a los africanos a una condición infrahumana. Pese a que esta lectura de Achebe ha sido a su vez criticada alegando que distorsiona de la verdadera(¿?) intención de Conrad, en mi opinión el racismo existe, aunque la obra esté magníficamente escrita y tenga dimensiones simbólicas que van mucho más allá de la visión del autor sobre los africanos o los colonizadores europeos. En realidad Conrad no muestra piedad ni por unos ni por otros: indígenas y extranjeros están prisioneros en un mundo de pesadilla, caos y degradación.

Por añadidura, es ésta una novela masculina, en la cual las mujeres quedan relegadas al papel de la espera, el amor (la prometida de Kurtz, por ejemplo), o, en palabras del propio Marlow:
Ellas, las mujeres quiero decir, están fuera de aquello, deberían permanecer al margen. Las deberíamos ayudar a permanecer en este hermoso mundo que les es propio y asumir nosotros la peor parte.”
(…)
Es extraordinario comprobar cuán lejos de la realidad pueden situarse las mujeres. Viven en un mundo propio, y nunca ha existido ni podrá existir nada semejante. Es demasiado hermoso; si hubiera que ponerlo en pie se derrumbaría antes del primer crepúsculo. Alguno de esos endemoniados hechos con que nosotros los hombres nos las hemos tenido que ver desde el día de la creación, surgiría para echarlo todo a rodar

Este paternalismo relega a las mujeres a un mundo de sueños e idealizaciones. Es lo que ha hecho el patriarcado cuando pretendía ser benévolo con nosotras. Si hubiera que eliminar de la historia de la literatura, negándolas la consideración de obras de arte, a todas las novelas machistas o misóginas ¿con cuántas nos quedaríamos?

Más allá de estas consideraciones sociales e históricas, el carácter simbólico, de fábula moral, de la novela de Conrad es tan poderoso que se alza por encima de todo, de ahí la fascinación que produce la obra (¿fascinación por lo bello aunque sea abominable?).

Conrad nos habla del hombre (varón, ya hemos visto) enfrentado a una naturaleza primigenia, a la anarquía y el misterio de la Tierra aún no dominada: la selva es libre, oscura, monstruosa, y frente a esa jungla africana cuya fuerza resulta todavía incontrolable, cuyo poder y vastedad desata instintos olvidados, la integridad humana es puesta a prueba, en la ausencia de presiones sociales, pues esa ausencia conduce a la pérdida del autocontrol, y a ser devorado por la oscuridad, la barbarie, la bestialidad, la locura, el mal, el horror que Kurtz nombra en su agonía.

Dice Marlow:
Nunca lo entenderéis. ¿Cómo podríais entenderlo, teniendo como tenéis los pies sobre un pavimento sólido, rodeados de vecinos amables siempre dispuestos a agasajaros o auxiliaros, caminando delicadamente entre el carnicero y el policía, viviendo bajo el santo terror del escándalo, la horca y los manicomios? ¿Cómo poder imaginar entonces a qué determinada región de los primeros siglos pueden conducir los pies de un hombre libre en el camino de la soledad, de la soledad extrema donde no existe policía, el camino del silencio, el silencio extremo donde jamás se oye la advertencia de un vecino generoso que se hace eco de la opinión pública? Estas pequeñas cosas pueden constituir una enorme diferencia. Cuando no existen, se ve uno obligado a recurrir a su propia fuerza innata, a su propia integridad. Por supuesto puede uno ser demasiado estúpido para desviarse... demasiado obtuso para comprender que lo han asaltado los poderes de las tinieblas.”

El corazón de las tinieblas está escrita con un lenguaje impropio para una historia de viaje y de aventuras, un lenguaje de la aflicción, profundamente emotivo; con un ritmo y una sonoridad asombrosas en un autor para quien el inglés no era su lengua materna, música que logra conservarse bastante bien en las dos traducciones al castellano que yo he leído (la de Sergio Pitol para Lumen, y la de Araceli García Ríos e Isabel Sánchez Araujo, para Alianza Editorial). Tiene descripciones bellísimas, de una visualidad deslumbrante (de luces y sombras, blancos y negros, blancuras que resplandecen, oscuridad que destella), de una densidad y untuosidad que nos envuelven como una tela de araña, y nos conduce in crescendo en una atmósfera opresiva, ominosa, de alucinación y pesadilla.

Conrad habla de la soledad, de lo siniestro (aquello que debería estar oculto pero que ha salido a la luz), de la libertad (y recuerdo aquí la frase con que la poeta argentina Alejandra Pizarnik acaba su magnífica obra La condesa sangrienta, sobre la asesina húngara Erzébet Báthory: “ella es una prueba más de que la libertad absoluta de la criatura humana es horrible”). Y nos habla de lo tenebroso entendido como el mal (la violencia, la codicia, o también el vacío que llevan dentro algunos hombres, y puede llenarse de esas tinieblas); o eso/ese extraño que encontramos en el mundo, en los otros, pero también, siempre, en nuestro propio interior.

Solaris, la soledad
El océano vivía, pensaba, actuaba. El "problema Solaris" no podía desecharse como absurdo. Nos en­contrábamos al fin con una Criatura. La partida "per­dida" ya no estaba perdida... Ya nadie podía du­darlo. De buena o mala gana los hombres tendrían que prestar atención a ese vecino a años luz de dis­tancia, situado no obstante dentro de nuestra esfera de expansión, y más inquietante que todo el resto del universo.

Solaris no es una historia en blanco y negro, como la novela de Conrad, sino en color: dos soles, uno rojo y otro azul, iluminan el planeta y la Estación del mismo nombre, con tonos anaranjados, violetas, cárdenos, escarlatas, plateados, cobaltos, negros. Son colores metálicos, fríos: estamos en otro lugar del cosmos, en un mundo envuelto por un mar plasmático que puede crear formas, estructuras que se solidifican y se deshacen (mimoides, simetríadas y asimetríadas), más o menos reconocibles desde los ojos humanos.

Ese océano es un ser vivo, inteligente, pero sus exploradores terrestres no han logrado contactar con él, ni siquiera comprenden qué es y por qué actúa cómo lo hace. “No tenemos necesidad de otros mundos. Lo que nece­sitamos son espejos.”, dice un personaje de la novela. Así es. Los seres humanos imaginamos alienígenas de todo tipo, pero siempre desde nuestro antropocentrismo. Incluso los oankali de la trilogía Xenogénesis de Octavia Butler, que repugnan a primera vista a los terrestres; incluso los insectores que Ender aniquila en la novela inicio de su saga (El juego de Ender, de Orson Scott Card), o los cerdis de la novela posterior, La voz de los muertos; incluso Alien, nuestro ya muy querido octavo pasajero, son reconocibles a nuestra mirada, aunque los temamos o despreciemos, los odiemos o amemos, nos devoren o los destruyamos. Pero Solaris no. Solaris es un enigma total, es una otredad absoluta. Pero quizás lo que nos depare el Universo, si navegamos por él y buscamos y encontramos otras formas de vida, sea eso, algo tan diferente que ni lo podemos comprender o incluso concebir.

Los científicos terrestres no entienden a ese océano, y posiblemente el mar tampoco los entienda a ellos. Sin embargo es más poderoso que los hombres: puede leer, adentrarse en sus mentes, y extraer recuerdos de éstas.

Cuando el astronauta Kris Kelvin llega a la Estación Solaris, suspendida en el aire sobre el océano, encuentra que de tres de sus ocupantes, uno, Gibarian, ha muerto; el otro, Snaut, está aterrorizado, y el tercero, Sartorius, encerrado a cal y canto en el laboratorio. Los dos supervivientes parecen no estar en sus cabales. El relato se acerca por momentos a la historia de terror: la atmósfera es opresiva, claustrofóbica, amenazante. Pro Kelvin descubrirá en su propia experiencia qué ocurre: hay otros habitantes en la Estación, y son literalmente, fantasmas: personas vinculadas a la vida de los humanos, pero que ya han muerto, y reaparecen, para pesadilla o desdicha o felicidad de los terrestres (o todo a un tiempo). Son fantasmas tan alienígenas como el océano que los produce y envía (¿para qué y por qué?: sólo se sabe que a ha sido a partir de que los exploradores bombardearan con radiación el océano); los visitantes están compuestos de partículas subatómicas, neutrinos. Kelvin reencuentra a Harey, su esposa, muerta por suicidio años antes.

Al principio, el miedo y la repulsión que siente por esa visitante inesperada le lleva a intentar eliminarla enviándola en un cohete a orbitar alrededor del planeta.

Pero Harey regresa: parece real, de carne y hueso, y siente, y piensa, y empieza a darse cuenta de quién es y a preguntarse qué es (no un sujeto, sino un objeto tanto de Solaris como de la memoria de Kelvin) y esa condición le hace sufrir, hasta el punto de volver a intentar suicidarse, aunque ahora no puede conseguirlo, porque su especial naturaleza hace que su cuerpo se regenere.

Kelvin no desea ya que Harey se vaya: la pena, la nostalgia, la culpa, y también el amor, también el sueño imposible de una segunda oportunidad para ambos, le hace aferrarse a la compañía de la visitante.

Aunque también es ésta una novela de protagonismo masculino, en que las mujeres son vinculadas al amor, la diferencia con El corazón de las tinieblas sí es aquí apreciable. Harey se convierte poco a poco en un ser activo, pensante, atormentado, conmovedor. Hay un capítulo (“El viudo en el espacio”), dedicado a ella como révenante (la que ha vuelto de la muerte), al libro de Lem y a las dos adaptaciones cinematográficas que se han hecho del mismo en el ensayo de Pilar Pedraza Espectra: descenso a las criptas de la literatura y el cine. (Madrid, Valdemar, 2004)

No desvelaré el final de la historia, lo que sí diré es que cada vez que he leído Solaris me he preguntado qué visitantes vendrían a mí de estar yo en esa estación.

Igual que en El corazón de las tinieblas, en la novela de Lem se pueden encontrar diversas dimensiones simbólicas.

Como científico, Lem nos habla de ciencia y nos hace una parodia de ella (con sus limitaciones, sus controversias, sus dislates), aunque realmente las bastante extensas disquisiciones sobre qué es Solaris resultan muy interesantes: ciencia ficción dura, pero de la buena. Se nota además que el autor era un hombre amante de las bibliotecas. También nos habla de Dios, de su naturaleza y su condición de creador; de los enigmas del cosmos; de los misterios que nuestros corazones ocultan; del amor; de los sueños, de las vanas esperanzas que sin embargo son necesarias para seguir viviendo.

18 de febrero de 2010

"Venus Barbuda y el eslabón perdido", de Pilar Pedraza


Pilar Pedraza. Venus barbuda y el eslabón perdido. Madrid, Siruela, 2009. (La Biblioteca Azul. Serie mínima, 25). 136 páginas.

Este librito es un nuevo ensayo de Pilar Pedraza, ahora sobre un tema de lo más sugerente: las mujeres barbudas, mujeres pilosas (a causa de la hipertricosis o síndrome de Ambras, enfermedad que conlleva la presencia de pelo en casi todo el cuerpo), y mujeres animales (felinas y lobas). La última novela de la autora, publicada en 2008 por la editorial Valdemar, lleva asimismo como título El síndrome de Ambras, y es la historia de un hombre lobo inglés en la España del siglo XIX.

Como explica la propia autora en su Introducción a la obra, “los integrismos religiosos tienden a hacer desaparecer el pelo de las mujeres bajo tocas, velos y burkas, es decir, lo contrario del peinado, el tocado o el sombrero del arsenal de la belleza laica y de la seducción, donde un rostro de mujer sin su marco de cabello es un rostro asexuado. Pero el pelo debe estar en su sitio: un rostro femenino velludo se considera generalmente transexual o bestial… (…) La mujer barbuda y la gente pilosa son restos de un pasado en el que el cuerpo no era un objeto de la industria cosmética o de la atención filosófica y política como la de la Teoría queer de la era posmoderna, donde la dualidad tradicional del género sexual se diluye en infinitas posibilidades, todas ellas fronterizas.”

Nos encontramos así en una perspectiva de estudio sobre las mujeres en el arte, la mitología, la literatura y sobre todo el cine (al igual que en otros ensayos de la autora), donde se hace visible la misoginia permanente a lo largo de la historia, que nos convierte en una otredad cuya sexualidad debe ser reprimida, y nos obliga a mantenernos dentro de unos cánones morales y estéticos impuestos. Pero también se nos presentan ejemplos y posibilidades de liberación.

La primera parte del libro está dedicado a casos antiguos, míticos e históricos, de mujeres barbudas: es bueno recordar que las divinidades clásicas, grecolatinas, gustaban de los juegos con el sexo y el género, y que homosexualidad y bisexualidad, travestismo, transgenerismo y hermafroditismo no eran elecciones inusuales para ellas, que practicaron lo queer avant la lettre y alegremente hasta que las religiones monoteístas impusieron su férrea opresión heterosexista y dicotómica de género; han sido muchos siglos desde entonces y retomar aquel sendero perdido llevará su tiempo.

El segundo capítulo habla sobre las barbudas en la corte, espectáculos y circo, lugares estos últimos al que todos las hemos asociado generalmente, y donde se las presentaba “en calidad de falso híbrido de animal y humano o de representante del eslabón perdido del darwinismo, en relación con la pretendida mayor proximidad de las mujeres con la naturaleza”. Se nos cuentan también historias concretas, muy curiosas, de mujeres afectadas por una pilosidad excesiva. No es difícil suponer que su anomalía, simple barba o hipetricosis, las hacía ser consideradas freaks, monstruos, objetos de “irrisión o abyección”.

El tema del monstruo es clave en toda la obra de Pilar Pedraza, y sus ensayos sirven muy bien para entender sus novelas, en que estos seres marginales, híbridos, fuera del orden social y natural establecido, campan a sus anchas. Merece la pena destacar, en este capítulo, el apartado dedicado a Jennifer Miller, barbuda estadounidense, y su Circo Queer; se incluye en él una explicación muy básica y clara sobre la teoría queer. En un mundo donde, en efecto, a las mujeres se nos sigue obligando a la tortura de la depilación, Jennifer Miller revindica la barba como instrumento de rebeldía. Hubiera disfrutado mucho en las últimas Jornadas Feministas de Granada, donde las chicas se pintaban bigotes y barbas en una provocación queer y transfeminista.


La tercera parte “se ocupa de las fantasías de la cultura sobre la mujer animal, especialmente la felina y la loba (...). Nuevos mitos, o mitos reciclados como el de la mujer pantera o las adolescentes lobas, sirven de vehículo de cosificación o de liberación de las mujeres, según el punto de vista de los textos que las configuran.”
Siempre es un placer revisar gracias a la autora películas inolvidables como La mujer pantera de Jacques Tourneur, de 1942, cuya elegancia, complejidad y profundidad nos sigue admirando.

En el libro se nombra asimismo una película que yo había olvidado por completo, La mujer pirata, también de Jacques Tourneur (1951) pero que me dejó impactada en mi adolescencia, al descubrir una historia en que la protagonista era ella, y no él.


Pedraza analiza también En compañía de lobos, película basada en relato de Angela Carter. Podéis encontrar en este blog relatos y reseñas de esta escritora británica, cuyas fantasías están por fortuna muy lejos de esas historias góticas lights para chicas que se venden ahora como rosquillas. La ficción de Carter y la de Pedraza tienen elementos en común que podrían ser objeto de un estudio más largo y detallado. Son obras duras y maduras, de calidad, sin concesiones a la literatura como negocio.

Terminamos con las palabras de Pedraza en su colofón Fin de trayecto:
Todas las que se han asomado a estas páginas han sido espléndidas mujeres reales o imaginarias, que nunca sirvieron de modelo social (…). Hemos tratado de explicar la fascinación que aún ejercen y cómo nos ayudan a detectar la abyección de lo diferente y la animalización y cosificación de la mujer, a conocernos a nosotros mismos y a reconocer lo importante que resulta volver una y otra vez al tema de la construcción social y cultural de la identidad, aunque obtengamos de ello más preguntas que respuestas consolatorias.”

Nos alegramos de ello. Es bueno hacerse preguntas. Mejor que saberlo todo. Lo segundo lleva al fanatismo, y lo primero, al aprendizaje y al conocimiento. Libros como éste ayudan a ello.

Otros ensayos de Pilar Pedraza:
-La bella, enigma y pesadilla: (esfinge, medusa, pantera). Barcelona, Tusquets, 1991. 269 p. (Ensayo, 13)
-Espectra: descenso a las criptas de la literatura y el cine. Madrid, Valdemar, 2004. 374 p. (Valdemar intempestivas, 12)
-Máquinas de amar: secretos del cuerpo artificial. Madrid, Valdemar, 1998. 297 p. (El Club Diógenes, 103)
-La mujer pantera: Jacques Tourneur (1942). Valencia, Nau Llibres; Barcelona, Octaedro, 2002. (Guías para ver y analizar cine)

Más sobre esta autora en este blog: Pilar Pedraza.

27 de diciembre de 2009

JORNADAS FEMINISTAS ESTATALES DE GRANADA 2009

El feminismo del futuro será transfeminista o no será?

Ciertos dualismos han persistido en las tradiciones occidentales; han sido todas sistémicas para las lógicas y las prácticas de dominación de las mujeres, de las gentes de color, de la naturaleza, de los trabajadores, de los animales, en unas palabras, la dominación de todos los que fueron constituidos como otros, cuya tarea es hacer de espejo del yo. Los más importantes de estos turbadores dualismos son: yo/otro, mente/cuerpo, cultura/naturaleza, hombre/mujer…”
Donna Haraway. Manifiesto cyborg; Ciencia, Tecnología y Feminismo Socialista a finales del siglo XX. (1985)


(Fotos de Ela R que R)

Treinta años después.
Treinta años después de las Jornadas Feministas que se realizaron en Granada en 1979, y supusieron la escisión entre el feminismo autónomo y el feminismo de doble militancia, y nueve años más tarde de las últimas Jornadas estatales (Córdoba, 2000; yo trabajaba entonces en la Biblioteca de Mujeres de Madrid, y participamos con la ponencia Bibliotecas de Mujeres en red: preservar nuestra memoria desde el feminismo), este Encuentro al que hemos acudido unas 3000 mujeres me anima a pensar y esperar que ha supuesto y significará una trans-formación, convulsión y revulsión para el Movimiento Feminista, al menos en ciertos temas, importantes por demás.

Si bien y por supuesto se trataron temas imprescindibles como la violencia contra las mujeres, sexualidad, salud, cuidados, maternidad, emigración, interculturalidad, educación, ecofeminismo, prostitución, aborto, trabajo, crisis económica, globalización, derechos humanos, y pacifismo-antimilitarismo (y hubo un especial recuerdo durante todas las Jornadas para Aminetu Haidar), lo cierto es que el tema estrella de las Jornadas fue el de la identidad de género y el planteamiento de un feminismo no binario.

Un nuevo lenguaje, un nuevo feminismo.
Si antes de las Jornadas a muchas nos sorprendió leer que se hablaría de Identidades fronterizas. Devenires y luchas feministas: Las (tecno-bio) políticas de los cuerpos: (des)Identidades de Género, Trans, Lésbicas, Intersex, Queer, Fronterizas, Nómadas, Cyborg, Postfeministas, Postidentitarias, Postcoloniales, Inapropiables…, no menos nos sentimos en principio confundidas ante ponencias, mesas redondas y talleres con títulos como “Aullidos de cuerpos insumisos” (Medeak); “Construcciones múltiples de cuerpos y de géneros” (Kim Pérez y Elizabeth Vasquez Blanco); “La masculinidad de las biomujeres: marimachos, chicazos, camioneras y otras disidentes” (Raquel Platero); “Estrategias y aplicaciones de un feminismo no binario” (Conjuntos Difusos); “Translesbianismo y otros deseos transdiversos” (Juana Ramos); “Identidades en tránsito: entre el sujeto político ilustrado y la multiplicidad formativa de los géneros. La teoría política lesbianista” (Massmedeak); “Feminidad hiperbólica o feminidad contestataria: un feminismo de tacón de aguja asesino” (Itziar Ziga).

Yo asistí a dos mesas redondas:
“(Des) identidades sexuales y de género”, con la activista transexual Juana Ramos; Elvira Burgos; y Gracia Trujillo, una investigadora que sabe explicar con gran claridad cuestiones tan complejas.
y
Reflexiones feministas sobre el no binarismo”, con Kim Pérez, cuya explicación sobre los conjuntos difusos, concepto de las matemáticas y que aplicó a la cuestión de las identidades de género, nos sacó de la confusión; Belissa Andía (Secretariado Trans de ILGA), Miquel Missé (Guerrilla Travolaka) y Miriam Solà (Colectivo Medusa).

Ambas mesas fueron muy emocionantes, por el testimonio personal que nos dieron las ponentes, por su vehemencia y por lo que nos enseñaron.

Si yo salí impactada y conmovida, y a la vez feliz por lo que esos discursos y planteamientos pueden aportar al feminismo del siglo XXI, no fui la única. El impacto general fue tan rotundo que feministas veteranas y activistas jóvenes discutíamos a favor y en contra en pasillos, baños, sobremesas, en la fiesta, en el autobús de regreso.

El haber incorporado rápidamente y con mucho humor los nuevos términos que se escuchaban: biohombres y biomujeres, tecnomadres, transgéneros…, es un dato evidente de la repercusión del nuevo lenguaje. El humor no pretendía ridiculizar, en la mayor parte de los casos, la innovación lingüística: las feministas, que hemos trabajado durante años por un lenguaje inclusivo para las mujeres, no sexista, del que aún hoy se sigue haciendo mofa, sabemos de la importancia de subvertir el idioma para cambiar la realidad.

Que bastantes de nosotras no entendiéramos a veces esas nuevas palabras y expresiones fomentó no sólo el debate sino el intercambio de opiniones y conocimientos. Y que algunas pidieran por favor un diccionario, me recordó un magnífico relato hiperbreve de la escritora argentina de fantástico Ana María Shua, Los peligros del mar, que puede leerse en este mismo blog (como siempre arrimo el ascua a mi sardina literaria).

Aun fascinada por toda esta creatividad y aportes lingüísticos, mi activismo pacifista en Mujeres de Negro, desde donde abogamos por un lenguaje no violento, me lleva eso sí a cuestionar el uso de términos militaristas o agresivos, más allá de que comprenda y esté de acuerdo con la reapropiación de palabras estigmatizadas que plantea el discurso queer y transfeminista (bollera, marica, y similares). No me veo por ahí gritando “soy una zorra, soy una perra”; no está una ya para esos trotes; disiento de su objetivo, del mismo modo que me planteo serias dudas sobre la posición queer y transfeminista en temas tan complejos como la prostitución.

Pero creo que muchas fuimos conscientes de que estamos ante un feminismo insurgente, trans-gresor, como siempre ha sido y debe ser el feminismo, que va a trans-tornar lo que se ha hecho inevitablemente fijo, establecido, institucionalizado. La gente joven viene con nueva fuerza y nuevas ideas, aunque algunas estén por desarrollar.

Evidentemente, se ha suscitado y continuará existiendo controversia y polémica, e incluso enfado y rechazo: por ejemplo la presencia en las Jornadas de mujeres y hombres transexuales, de algunos biohombres, de personas transgénero, ha sido cuestionada y deberá ser debatida, encajada y asimilada para futuras ocasiones, porque es deseable suponer que no supondrá una invasión patriarcal, sino la irrupción de una diversidad cuya riqueza y potencia puede beneficiarnos a todas.


Transfeminismo, transgénero, queer
Ya en las Jornadas de Córdoba, en 2000, hubo presencia de mujeres transexuales (nacidas biohombres pero para quienes su verdadero género es el de mujer). El acercamiento no fue fácil pero sí importante. Las reticencias del feminismo hacia las personas transexuales tuvieron en su momento su lógica, dado que la transexualidad tradicional reafirmaba los roles de género normativos y patriarcales, llevándolos hasta un extremo en verdad hiperbólico. Por fortuna eso ha ido cambiando y las propias personas trans han cuestionado esos roles y su binarismo radical.

Así en Granada hemos contado no sólo con mujeres trans sino también con hombres, y hemos escuchado y aprendido sobre la transfobia y la necesidad de despatologizar la transexualidad, tema este último muy importante, pues la psiquiatría y psicología tradicionales, al considerar la transexualidad como una patología (disforia de género), encubren un reforzamiento de los estereotipos normativos sobre masculinidad y femineidad. No es éste un asunto colateralem>científico.

Ciertos sectores del feminismo consideraron incluso la transexualidad femenina como una colonización o apropiación por parte de los hombres del cuerpo de las mujeres, al reproducir esos estereotipos y roles más convencionales: una perversa estrategia del patriarcado. De hecho, todavía hoy entre algunas feministas españolas pueden escucharse opiniones semejantes, o la idea de que las transexuales siguen teniendo una mentalidad masculina. Estas afirmaciones suponen la creencia en el biologicismo de la diferencia varón/mujer, lo cual para muchas otras feministas es básicamente inaceptable, pues supondría la imposibilidad práctica de cambiar realmente tanto a hombres como a mujeres.

Lo cierto es que ya en el Encuentro de la Red Internacional de Mujeres de Negro, realizado en Valencia en 2007, tuve la oportunidad de asistir a la irrupción de varones en un Congreso en principio sólo para mujeres, hombres éstos que acompañaban a las activistas de MdN de Belgrado, grupo en el cual ellos colaboran (a este respecto puede leerse el artículo de Boban Stojanovic. “Mujeres de Negro: un espacio seguro para hombres diferentes”). Las activistas serbias, al igual que el grupo palestino Aswat (que incluye en su colectivo a “arab gay women, lesbians, inter-sex, queers, transexual, transgender and bisexual women”) trabajan estos temas en situaciones desde luego mucho menos cómodas que la nuestra. La presencia de estos hombres (alguno de ellos, para qué negarlo, bastante más femenino que yo) en el Encuentro, suscitó asimismo una fuerte polémica.

Así pues, hagámonos a la idea: como se escuchó en las Jornadas, posiblemente el feminismo del siglo XXI será transfeminista o no será. En cualquier caso, será otro, un nuevo feminismo. Siempre pasa. La renovación es inevitable, y además, necesaria.

El transfeminismo puede entenderse como una aplicación de la teoría queer y el discurso transgénero a la teoría feminista y viceversa, además de incluir las categorías de clase y etnia-raza de las mujeres, en busca de un feminismo no clasista ni etnocentrista.

Transgénero es un término que implica un conjunto más amplio que transexual. Por trangénero se entendería aquella persona que no se siente identificada por completo o permanentemente con el género que se asigna a su sexo biológico, rompiendo así correspondencia dicotómica biomujer (hembra) = género femenino, biohombre (macho) = género masculino, que ha sido la normativa en las sociedades patriarcales. Se plantea así el género como un continuum y no una dicotomía o binarismo radical, natural, esencial y estable. Las personas trangéneros pueden ser transexuales; bigéneros; pueden negar su pertenencia a ninguno de los dos géneros; pueden variar en distintos momentos de su vida su identificación con uno o con otro, o sentirla en diferentes porcentajes… La mayoría de estos términos está aún por terminar de definir, y esto no es en absoluto algo negativo. La identidad o (des)identidad de género no implica una determinado orientación sexual, que es otra cosa (definirse como lesbiana, homosexual, bisexual, heterosexual, asexual o polisexual).

En cuanto a la teoría queer (que propone en buena parte los mismos planteamientos que he tratado de resumir), sorprende el desconocimiento y los prejuicios que tienen aún hacia ella muchas feministas en España. Ese desconocimiento y prejuicios (causa-efecto uno de los otros, como suele ocurrir) me recuerdan, cómo no, a los que sufren otros géneros, los fantásticos. En ambos casos aún queda mucho trabajo para dar a conocer y contrarrestar ideas falsas.

El activismo queer nace en Estados Unidos a finales de los años ochenta, tiene como referencia el pensamiento y la obra de autoras como Teresa de Lauretis, Monique Wittig, Judith Butler, Michel Foucault, Donna Haraway, y en España Beatriz Preciado, y «supone una ruptura (auto)crítica, desde dentro pero desde los márgenes, del movimiento de gays y lesbianas y su defensa de la normalización e integración de las minorías sexuales», explica Gracia Trujillo Barbadillo en su artículo “Desde los márgenes: prácticas y representaciones de los grupos queer en el Estado español”, en la antología de textos El eje del mal es heterosexual: figuraciones, movimientos y prácticas feministas queer (Madrid, Traficantes de Sueños, 2005).

Con raíces pues tanto en el movimiento de liberación gay-lesbiano, que paulatinamente se irá convirtiendo en LGTBQ (lesb-gay-transexual-bisexual-queer), como en el feminismo, la teoría queer integra asimismo el anarquismo, el anticapitalismo, antimilitarismo y antirracismo, y cuestiona la idea de una identidad de género y sexo estables y naturales, y niega las categorías dicotómicas, los dualismos: mujer/varón, femenino/masculino, heterosexualidad/ homosexualidad, por considerarlas construcciones culturales e ideológicas. Frente a esos binarismos, lo queer reivindica la multiplicidad, la flexibilidad, y a la vez lo raro, lo inapropiado, la parodia para hacer visible que el género es una perfomance, la marginalidad, la incorrección política y la malsonancia (la reapropiación con orgullo de los insultos hacia los diferentes, por ejemplo), la provocación, y asimismo la producción de un saber propio.

Las personas queer se convierten así en sujetos incómodos y no adaptados, no clasificados, no apropiados en las categorías binarias de sexo/género, lo que ha hecho estallar no sólo el esencialismo del sistema patriarcal, sino aquel en el que devienen a partir de cierto momento el feminismo y los movimientos de liberación gay-lésbicos.

Otra muy clara explicación de la teoría queer es la que da la escritora y ensayista Pilar Pedraza en su obra Venus barbuda y el eslabón perdido (Madrid, Siruela, 2009). Explica que el nombre “procede de la palabra inglesa queer: «raro», usada para aludir a los homosexuales, pero va más allá y relativiza la noción de género, en el sentido de que ni la opción sexual ni la identidad sexual de las personas son naturales, sino el resultado de una construcción social, y que no existen papeles sexuales esencial o biológicamente inscritos en la naturaleza humana, sino formas de desempeñarlos que pueden variar. Lo importante –y polémico– de la Teoría queer es que rechaza la clasificación de los individuos en categorías como hombre o mujer, heterosexual u homosexual, y adopta una postura original y provocativa al afirmar que las identidades sociales no son normales sino anómalas y cambiantes. La Teoría queer critica además las clasificaciones de la psicología, la filosofía y la sociología tradicionales, basadas habitualmente en el uso de un solo criterio –sea la clase social, el sexo, la raza o cualquier otro– y sostiene que las identidades se elaboran de manera más compleja como intersección de múltiples grupos, corrientes y criterios.”


¿Y es todo esto algo realmente nuevo en el feminismo?

Lo masculino y lo femenino son correlativos que se contienen y se complementan. Sé que es así: la cualidad y la negación de la cualidad están indisolublemente entrelazadas. Pero no sé en cambio en qué consiste la naturaleza de lo masculino y la naturaleza de lo femenino, si involucran al macho y a la hembra (...) Aunque he sido hombre y mujer, no conozco todavía la respuesta a estas preguntas. Todavía me dejan perplejo”.
Angela Carter. La Pasión de la nueva Eva. (Barcelona, Minotauro, 1982)

Posiblemente casi todas las feministas conocemos la famosa frase de Simone de Beauvoir: “no se nace mujer, se llega a serlo”. Posiblemente todas las feministas lesbianas sabemos por experiencia propia o ajena que homosexualidad/heterosexualidad no son categorías estancas y opuestas, sino un continuo con gradaciones y múltiples posibilidades (los “conjuntos difusos” de los que se ha hablado en Granada, conjuntos sin límites precisos, concepto que puede aplicarse tanto a la orientación sexual como a la identidad de género). Así pues, en el pensamiento queer, transgénero, transfeminista o como quiera llamarse, no hay nada tan radicalmente nuevo.

Pero lo cierto es que el feminismo ha necesitado, durante mucho tiempo, usar el concepto de género “mujer” (o mejor dicho, “mujeres”, abarcando la diversidad entre nosotras), para revalorizarlo y reivindicarlo, frente a la opresión y el menosprecio con que nos ha tratado el patriarcado. Feminismos como el de la diferencia han hecho aportes valiosísimos a la lucha de las mujeres. El problema está cuando esa categoría “mujer” se convierte en un esencialismo irreductible.

El activismo lesbiano, del mismo modo, también ha tenido que definir claramente a las lesbianas (separándose tanto del propio feminismo que postergaba sus reivindiciones concretas y su especificidad, como de los gays, que, al ser mayoría en los movimientos de liberación, solapaban la problemática de las mujeres homosexuales), para, pues, visibilizarnos y luchar contra nuestra doble opresión, como mujeres y como lesbianas. Pero nosotras sabemos que siempre ha habido lesbianas masculinas, antes y todavía llamadas “butch” o “camioneras”. El rechazo hacia esa masculinidad por una parte se ha debido a considerarla una falta de autovaloración en una sociedad en la que resultaba más fácil identificarse con el género que tenía el poder (los hombres); y por otra a no querer reproducir los roles y jerarquías de dominación heterosexistas entre nosotras; a tratar de combatir los prejuicios sociales, pues desde estos ha sido muy cómodo y muy interesado identificar a las lesbianas como marimachos; también ha existido una concepción en exceso idealista por parte de las feministas heteros y gente progresista varia, al pensar que gays y lesbianas debíamos construir relaciones mejores que las tradicionales o incluso las suyas propias (craso error: la orientación sexual nada tiene que ver con la ideología de la persona lesbiana o gay, y ser oprimid@ por tu opción sexual no siempre supone comprender o luchar contra otras opresiones).

No obstante, y aunque, repito, en lo queer, transgénero o transfeminista no existe mucho que no se haya dicho antes, lo importante es la recuperación de ciertas ideas por estos nuevos movimientos y discursos, sobre todo en manos y mentes de la gente más joven.

Más allá de la polémica hombres sí/hombres no en los Encuentros o grupos de mujeres, un posible feminismo no binario sería en mi opinión un avance, un paso más allá, un camino hacia un futuro esperemos que mejor. Al deconstruir la idea de género como binaria-esencial-natural-fija, lo que este nuevo feminismo propone es un mundo en el que, no existiendo identidades inmutables y opuestas, monolíticas, homogeneizadas, polarizadas, y por ende jerarquizadas, sino conjuntos difusos, diversidades, multiplicidades, flexibilidades, opciones diversas, no exista tampoco dominación.

La ciencia ficción, por supuesto, ha soñado ya mundos semejantes, en la pluma de escritoras como Ursula K. Le Guin y su espléndida obra La mano izquierda de la oscuridad.


Conclusiones personales
El feminismo ha sido mi casa y mi tabla de salvación como mujer. Aunque personalmente siempre he preferido y elegido un activismo basado en la identidad ideológica antes que la de opción sexual (pues sólo si esta identidad personal deviene política es cuando me interesa y la comparto, lo que no ha ocurrido me muchas ocasiones), encontrarme hace unos años con la teoría queer, y ahora, con un posible transfeminismo, ha supuesto para mí una nueva liberación personal, al permitirme ver como algo perfectamente aceptable ser feminista y definirme como mujer transgénero (eso sí, difusa).

Por otra parte, como activista pacifista-antimilitarista, me atrevo a plantear que estas nuevas concepciones refuerzan ese activismo: no sólo porque los ejércitos y las guerras han sido siempre una de las más feroces expresiones del patriarcado y del pensamiento binario, sino que la visión dicotómica (los nuestros frente al otro, el enemigo, el diferente, el ajeno, el extraño, el peligroso, el culpable, el traidor) está en la base de los nacionalismos, los fundamentalismos, los conflictos entre grupos humanos e incluso interpersonales.


Literaturas queer.
Hay una literatura y cultura feminista y lesbiana, pero ¿existe una literatura y cultura queer? En su espléndido artículo “Literaturas queer: una lección olvidada de Barrio Sésamo” (en Teoría queer: políticas bolleras, maricas, trans, mestizas. Madrid, Egales, 2005), Marcelo Soto dice que no, que esa literatura falta. Y más aún: que la escritura queer debería, para serlo en coherencia con sus planteamientos, trastocar, subvertir, demoler el orden ordenado, racional, patriarcal, tanto de los contenidos como de las formas literarias. Ya sabemos: no se puede destruir la casa del amo con el lenguaje del amo, parafraseando a Audre Lorde. Soto cita en su artículo a autoras como Virginia Wolf, Djuna Barnes, Gertrude Stein, Adrienne Rich, Alice Walter, Gloria Anzaldúa, Audre Lorde; o Monique Wittig (aquella que dijo que “las lesbianas no son mujeres, ya que la noción misma de mujeres sólo adquiere significado en sistemas de pensamiento heterosexuales”); añade que “el gran escritor queer español” es Leopoldo María Panero.

Se trata pues no tanto de recalificar simplemente obras pasadas como textos queer, sino de usar la revisión queer como una herramienta de lectura.

Yo añadiría, en una posible y primera selección queer, Confesiones de una máscara, de Yukio Mishima, o La balada del café triste, de Carson McCullers.

Y ya en el campo de los géneros fantásticos (a los que está dedicado este blog), terrenos tan libres y propicios para especular sobre todo tipo de posibilidades nuevas, queda aún mucho por decir, desde la creación y desde la crítica. Algunos humildes intentos pueden encontrarse en este blog: Las otras: feminismo, teoría queer y escritoras de literatura fantástica; y La pasión de la nueva Eva, de Angela Carter.


Puesto que todavía estoy aprendiendo sobre estos temas de los que he escrito, de antemano pido disculpas por mis posibles errores. Agradeceré cualquier corrección o rectificación al respecto, comentario, aporte o controversia.

Más información y textos de las ponencias en la web Federación estatal de organizaciones feministas.
Como complemento a esta entrada y para quien le apetezca, puede leerse:
–Un breve texto, “Los peligros del mar”, de la escritora argentina Ana María Shua.
Un relato de ciencia ficción para mí muy queer y bastante perverso, “El doctor pájaro-ratón”, del escritor estadounidense Reginald Bretnor.
–Un transtexto mío, “Mi primera comunión”, que formó parte de la exposición hudud: fronteras, género y arte, realizada en la Librería Traficantes de Sueños, de Madrid, del 17 de diciembre de 2007 al 5 de enero de 2008.

Lola Robles, diciembre 2009

30 de agosto de 2009

EL TAPIZ DEL VAMPIRO, de Suzy Mckee Charnas


El tapiz del vampiro. Madrid, Alamut, 2009. 248 p.

Se ha reeditado un libro clásico de tema vampírico, El tapiz del vampiro de la autora estadounidense Suzy Mckee Charnas. Publicada por primera vez en 1980, y no tan conocida para la mayoría del público como las obras de Anne Rice, Laurell Hamilton o Stephenie Meyer, la novela de Charnas es sin embargo un hito imprescindible en este género, y va dirigida a adultos.