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2 de septiembre de 2021

"FRÁGILES", DE REMEDIOS ZAFRA

 Remedios Zafra

Frágiles: cartas sobre la ansiedad y la esperanza en la nueva cultura

Barcelona, Anagrama, 2021. 288 p.

 

Termino de leer este libro de Remedios Zafra. De inmediato, me ha hecho recordar otro, con el cual la propia autora lo relaciona: El entusiasmo: precariedad y trabajo creativo en la era digital, de 2017, publicado por la misma editorial Anagrama. El entusiasmo hablaba sobre los modelos actuales de trabajo, en especial los creativos, lo cual puede aplicarse, supongo, tanto a un escritor como a una diseñadora de interiores o publicista. Sin embargo, al leer el libro pensé en la administradora de fincas del edificio donde vivía entonces, una mujer joven, muy eficiente, entregada con pasión a su trabajo, es decir, entusiasta del mismo. Le dedicaba horas y horas, siempre se mostraba dispuesta a hablar con la Junta Directiva de la que yo formaba parte, a ocuparse de las tareas que le encomendábamos, a explicarnos todo lo que necesitáramos saber… Yo leía el libro de Zafra y pensaba en ella, con tantos ánimos y vocación, por mucho que pueda extrañar, ya que ese trabajo no suele ser considerado de los más creativos. No le duró mucho aquello, eso sí: al cabo de meses abandonó la oficina y el equipo donde trabajaba, sobrepasada por las exigencias laborales que se le imponían y decidida a intentarlo por su cuenta.

De situaciones semejantes hablaba El entusiasmo. Y el mismo tema vuelve a aparecer en Frágiles: una gran mayoría de los trabajos actuales, muchos de ellos desempeñados por jóvenes que están en el comienzo de su vida laboral, son precarios y provisionales. Se cobra poco, no se sabe cuándo te pueden despedir o vas a tener que irte, sobrepasado por la exigencia exterior y la autoexigencia, por la obligada hiperproductividad, por el número de horas que hay que dedicarle, que continúan en tu casa. Y todo esto no solo le sucede a los autónomos, sino también, por ejemplo, a los profesores universitarios e investigadores, que incluso con currículos espléndidos se mantienen como becarios y en otras situaciones de provisionalidad curso tras curso.


Algo que me ha gustado mucho de Frágiles, que asimismo estaba en el libro anterior, es el tono. Se trata de un formato epistolar, siempre más cercano a lo íntimo. Pero, dado que en realidad estamos ante pequeños artículos de reflexión, merece la pena destacar ese tono, mezcla de lo público y lo privado, lo laboral y lo doméstico, lo externo e interno, lo racional y lo emocional, en ocasiones cierta suave ternura.

Son muchos los temas que aparecen en el libro, así que voy a enumerarlos. Además del trabajo, está, por supuesto, la relación de este y de nosotros los humanos con la cibernética, el tema en que Zafra es especialista. La tecnología no aparece ni demonizada ni santificada, no es distópica ni utópica. Tiene, como casi todo, sus ventajas e inconvenientes, tanto magníficas posibilidades como peligros. La autora reflexiona, sondea, analiza, propone, pregunta. En estos tiempos de frases lapidarias y posiciones inamovibles, da gusto leer a alguien que piensa y duda. Me interesaría mucho conocerlo que piensa Zafra sobre las redes sociales. Espero encontrarlo escrito en algún otro lugar.

Autoexigencia y presión exterior, trabajos que invaden el hogar o llegan a instalarse en él, sobre todo con la pandemia del COVID-19, cuartos conectados por Internet pero sin posibilidad de un vínculo solidario en defensa de derechos laborales. Soledad, aislamiento y, a la vez, nuevas formas de comunicación global.

¿Y qué pasa con el trabajo gratuito, que muchas veces nos demandan, a las y los escritores, por ejemplo? Prólogos, charlas, conferencias, mesas redondas, artículos, cuentos, que nos servirán, se nos dice, para ganar visibilidad, prestigio, para entablar lazos, conocer gente, hacernos un hueco. Y esto no falta a la verdad, pero ¿hasta cuándo, hasta dónde, en qué momento hay que aprender a decir no? En ese sentido, la asunción del trabajo gratuito, de las solicitudes solidarias a las que nos cuesta negarnos aunque vaya en detrimento incluso de nuestra salud, recuerda mucho, tal y como plantea Zafra, al trabajo realizado por las mujeres durante siglos, el doméstico y de los cuidados.

El libro no resulta nada abstruso en sus disquisiciones, algo que se agradece. Puede ser una lectura bastante rápida, lo que tampoco se puede desdeñar, en estos tiempos vertiginosos, no solo de hiperproductividad sino de hiperconsumo, también literario y audiovisual. Consumir series, quitar un volumen más de la lista de obras pendientes, física o digital. No extraña que todo ello nos provoque ansiedad, que esta nos lleve a tomar ansiolíticos, que esa toma nos haga sentir enfermas y sobrepasadas, tristes y frágiles. Frágiles. La parte que dedica Zafra a la discapacidad (su discapacidad, la mía, la de muchas/os otras) me ha tocado especialmente. No es nada fácil hablar de ello. La autoexigencia pide también que, pese a todo, sigamos adelante. No se trata tanto de disimular o de ocultar, sino de una demasiado necesaria superación. Pero intentamos vencer algo de lo que mucha gente ni siquiera se percata y comprende. La discapacidad es en ocasiones invisible, causa angustia. Se exige sea tenida en cuenta por las instituciones públicas y los gobiernos, pero, después, no pensamos en ella al ir por la calle o en el transporte público, al pedirle a alguien que nos haga un trabajo, gratis por supuesto y deprisa. Y, sin embargo, la tecnología, la cibernética, supone un recurso imprescindible para las personas discapacitadas. Gracias a un ordenador, un móvil, una Tablet, un escáner, un audiolibro, un lector de pantalla, un sintetizador de texto a voz, yo puedo escuchar/leer, por ejemplo.

Hay intentos, esbozos de esperanza, al final del libro. Se apela a la solidaridad, el cuidado (autocuidado también, desde luego) y el apoyo mutuo. Intento seguir creyendo en ella esa esperanza, igual que la autora.

12 de agosto de 2021

"EN LA CASA DE LOS SUEÑOS", DE CARMEN MARÍA MACHADO

 


En la casa de los sueños

Carmen María Machado

Barcelona, Anagrama, 2021

320 páginas

 

¿Qué hacemos con este libro? Leerlo resulta una estupenda idea. Está bien escrito, muy bien escrito. Enlaza capítulos de distinta extensión, algunos muy breves, otros más largos, aunque nunca demasiado. El orden no es cronológico ni hace falta. Hay numerosas elipsis que se agradecen, porque no se pierde en detalles irrelevantes. No expone datos concretos sobre la pareja que la autora tuvo. Supongo que se habrá considerado la posibilidad de una demanda, pero lo cierto es también que no hace falta conocer nombres. Lo importante no es el cotilleo, si no el problema en sí. Ignoro si las referencias a lugares son auténticas, aunque de nuevo da igual dónde se encuentra la casa de los sueños. Se trata, ante todo, de un lugar hermoso e idílico, apartado del mundanal ruido, el tópico del locus amoenus, en plena naturaleza, por supuesto. Un sueño que, poco a poco se descubrirá como falso o, más bien, se transformará en pesadilla. No porque la naturaleza en sí esconda peligros y monstruos. El monstruo viene de fuera, es humana. Es la mujer dueña de la casa de los sueños y la pareja de la narradora.

Cuando se conocieron, esta mujer parecía maravillosa. Guapa, rica, amable, seductora, inteligente, culta. Al principio, pretendía mantener una relación abierta, poliamorosa, con su novia de entonces y con la narradora. Luego, opta por vivir solo con esta última. La ama demasiado, dice. La narradora se cree en una nube: por primera vez, se siente deseada sexualmente, amada por completo. Todo le parece espléndido y más aún la futura vida en esa casa. Su autoestima, no demasiado alta, crece. Mejora la relación con su propio cuerpo. Es la felicidad, la plenitud, el júbilo. 


Y, entonces, empezamos a asistir a un proceso que conocemos bien. Se nos cuenta con un estilo liviano, incluso poético, aunque el contenido se vuelve más y más estremecedor. Primero, viene una reacción inesperada por parte de la mujer de la casa de los sueños, un exabrupto violento que sorprende a la narradora, la cual no sabe qué hacer. No le da importancia. Más tarde, insultos y agresividad verbal, gritos, celos, amenazas. Una escalada que llega a la violencia física, no tanto de golpes contra la narradora sino contra las cosas. La protagonista se ve obligada incluso a encerrarse en el baño, mientras la otra mujer grita y golpea la puerta. No hace falta que te peguen para tener miedo, la amenaza basta. Parece posible que su pareja tenga un trastorno de personalidad y, de hecho, accede a ir a terapia, pero al poco tiempo la deja, asegura que el terapeuta le ha dicho que está perfectamente. En el aislamiento de la casa de los sueños, la felicidad increíble, tanto tiempo anhelada, se corrompe. Resulta difícil de aceptar. Sin duda, hay buenos momentos que contrarrestan la brutalidad de otros. Aun así, nos preguntamos por qué la narradora no dice que ya basta, no huye, no corta la relación, sino que lo hace la dueña de la casa y la otra mujer llora y sufre y quiere volver.

Estamos ante un proceso y una situación que se parecen mucho al de la violencia machista, aunque aquí se llame violencia doméstica o intragénero. “Se repiten los roles patriarcales”, diremos. Sí. La narradora no puede creerse lo que le está sucediendo, trata de buscar justificaciones y excusas. Nosotras, las lectoras, quizás también. Pero nos lo sabemos de memoria: la seductora ha ocultado su verdadero rostro, solo lo muestra con el paso del tiempo. La víctima se encuentra desamparada, aunque sea una mujer culta, con independencia económica. No, no es justamente lo mismo que la violencia machista en una pareja. La mujer de la casa de los sueños repite roles patriarcales, pero no es un varón y le falta el apoyo y la sanción de la familia y sociedad, la mayor fuerza física, la supremacía económica. Sin embargo, ambas violencias se parecen tanto que nos preguntamos: ¿qué hacemos con esto, sobre todo desde el feminismo?

Todas conocemos este tipo de situaciones. Las hemos visto cerca, en amigas por ejemplo. Lo hemos vivido en carne propia. Sabemos que las mujeres lesbianas, sobre todo las más visibles, las feas, las masculinas, han soportado un enorme estigma social. La marginalidad, la abyección, causan graves trastornos de personalidad, incluso problemas de salud mental. Pero la mujer de la casa de los sueños no responde a esas características, no es una gorda lesbiana camionera fea, bruta y con un trabajo precario. No todas las lesbianas responden a ese tópico lesbófobo.

“La violencia es violencia la ejerza quien la ejerza”. Sí y no. Hay agravantes cuando el agresor (o agresora) tienen más poder que la víctima, poder de cualquier tipo: de género, de raza, de clase, de edad, de capacidad física.

“Yo es que soy muy sincera” (horror). “Mi amiga… o Mi admirada líder tienen un problema de formas, lo importante es el contenido”. “Tú también insultas”.

Los seres humanos necesitamos tener un buen concepto de nosotros mismos. Por eso nos es tan difícil admitir nuestra propia violencia y la de nuestras personas queridas, de aquellas a quienes admiramos o que forman parte de nuestro grupo. No a todo el mundo le pasa esto, pero sí a una mayoría de personas. Quizás es una forma de supervivencia psíquica.

“Si las mujeres mandaran, el mundo sería diferente, sería mejor”. Bueno, puede que fuera distinto, tal vez menos violento físicamente. Pero eso se debería al género que se pide abolir, no a motivos biológicos, salvo que creamos que las mujeres nos comportamos así por nuestra condición de madres, que no todas tenemos. Tampoco sabemos cuánto duraría ese estado de menor violencia.

“Las relaciones lésbicas son una alternativa política y personal a la heterosexualidad patriarcal, si no repiten los roles de género tradicionales. La cuestión está en que esas mujeres que entablaran relaciones entre sí fueran también feministas. Esto valdría igualmente para el presupuesto “si las mujeres llegáramos al poder…”, antes comentado. Parece que estamos ante el punto clave, el feminismo. Durante el siglo XX, algunas autoras escribieron utopías feministas en las que imaginaban sociedades solo de mujeres: Charlotte Perkins Gilman y su “Herland” (1905), Joanna Russ en “El hombre hembra” (1975), o James Tiptree Jr.–Alice Sheldon en “Houston, Houston, ¿me recibe?”(1976). Pero esta utopía ¿es creíble ya? Para mí, desde hace mucho, no. En absoluto.

Saber que nos maltratamos entre nosotras alegrará mucho a los machistas, a los garrulos, a la ultraderecha, a los que claman oponiéndose a la Ley contra la Violencia de Género porque la consideran injusta y discriminatoria hacia los varones. Ocurrirá, en efecto, por eso es mejor afrontar el tema y buscar soluciones. Si hay personas desamparadas ante otros tipos de violencia diferentes a la machista, y que no tienen una legislación específica que las proteja, habría que luchar para que la consiguieran, no para que desapareciesen las medidas especiales de la LCVG.

El amor romántico. Otro de los temas que trata Machado en este libro. La narradora es presa de él, como tantas otras lo hemos sido. El amor como sufrimiento, dolor, pena, desgarro, aflicción. Pese a la actitud violenta de la mujer de La casa de los sueños, la protagonista siente que la continúa amando, que se siguen amando. Quiere seguir con ella, se derrumba cuando es abandonada.

Hace poco ha muerto Raffaella Carrà. Yo la conocía desde niña, pero, en realidad, no le hacía mucho caso. La veía, tan alegre, simpática, con vestidos brillantes y ceñidos, contorsionándose (era una excelente bailarina), con su característico pelo rubio y cantando canciones que me parecían típicas del verano. Y, sin embargo, ahora las escucho: “para hacer bien el amor hay que venir al sur. Lo importante es que lo hagas con quien quieras tú”; “…y si te deja, no lo pienses más, búscate otro más bueno, vuélvete a enamorar”. No decía: “quiero emborrachar mi corazón para apagar un loco amor, que más que amor es un sufrir”; “ya no puedo rebajarme ni pedirle ni llorarle ni decirle que no puedo más vivir. Desde mi triste soledad veré caer las hojas muertas de mi juventud”. Pero nos enganchaba mucho más el tango que la propuesta de Carrà, una mujer libre. Ese amor ha sido una trampa para muchas heterosexuales o lesbianas.

Sabemos lo difícil que es salir de una relación de maltrato, porque la otra persona nos echa la culpa de todo y la creemos. Porque pensamos que tiene un problema psicológico, pobrecilla, es una enferma y puede curarse. Porque creemos que cambiará. La historia de siempre.

Ser víctima de maltrato, de discriminación, de opresión, no nos convierte en seres de luz, ni siquiera en buenas personas. También podemos ser y convertirnos en victimarias, como lo hace la mujer de la casa de los sueños. En estos momentos, parte del feminismo se está comportando con enorme crueldad, brutalidad y violencia contra las mujeres trans. No lo ven, no quieren verlo y se excusan con la violencia que también se da desde la otra parte. El problema de las víctimas es caer en el victimismo. Este consiste en no ver más que a través de esa condición, considerar que nuestra situación es siempre la peor de todas, que nuestros derechos son los más importantes, pero quedan sistemáticamente relegados, que tenemos que dedicarnos en exclusiva a ellos porque caso contrario nadie lo hará e incluso que todo el mundo quiere quitárnoslos.

Estas son las reflexiones que me ha traído la lectura de En la casa de los sueños. Ya he dicho, y repito, que desde el punto de vista literario merece mucho la pena como lectura.

8 de julio de 2021

"LOS OJOS BIZCOS DEL SOL", DE EMILIO BUESO

 Este es el prólogo que he escrito para la edición en un solo volumen de la trilogía de Emilio Bueso "Los ojos bizcos del sol", publicada por Gigamesh en 2021 y compuesta por las novelas "Transcrepuscular", "Antisolar" y "Subsolar". 


Esta trilogía nos cuenta un viaje largo y difícil. Como el de la Odisea. Ya saben ustedes que los griegos lo inventaron todo en literatura y, después, no hemos hecho más que repetirlo. Y, claro, no solo viajarán los protagonistas. También los lectores. De ahí que pueda venirles bien que este prólogo les haga las veces de mapa, o de brújula.

Unos y otros van a hacer un recorrido por territorios que no conocen, en busca de un objeto robado. Un grupo de aventureros se enfrentará a grandes peligros, derivados de una naturaleza poco hospitalaria y de otros seres vivos que, con frecuencia, los querrán mal. Es un argumento de tradición clásica. Y la trama, única y lineal, camina del presente hacia el futuro.

Quien empiece a leer la trilogía va a inmersionar en un ámbito prodigioso, espectacular. Bellísimo y terrible. Enorme. Aquí no se construye una casa, sino una catedral. Más aún, un planeta entero. Imagino horas y horas de cavilaciones por parte del autor. No sé si noches en vela, pero sí llevarse la historia a la cama y, a la mañana siguiente, a la ducha. Jornadas de planificación, de escritura y corrección. Y documentarse mucho, muy necesario para lo maravilloso y para la ciencia ficción, por aquello de la coherencia interna y la verosimilitud.

Todos los dioses sufren en las cosmogonías: la creación de un mundo es como un parto. Hasta el dios judeocristiano tuvo que descansar el séptimo día. De modo que, si Bueso ha jugado a ser dios, ha pagado el precio. Se nota que se lo ha currado. Todo: desde los grandes espacios hasta los más pequeños detalles. Cada elemento tenía que encajar con los otros. Y los ha manejado con precisión de orfebre.

Ahora tengo que advertir a los lectores que van a caminar, cabalgar, volar y navegar por tierras raras, a meterse en sus entrañas: no es una lectura ligera. Por el contrario, exige un esfuerzo. Sé que no son tiempos propicios para tales tareas. Tenemos demasiado que leer, pilas de libros pendientes. No es fácil elegir el próximo o darle prioridad a uno concreto. Y más si te dicen que cuesta. Pero hay momentos para comer hamburguesa o pizza con cocacola, huevos con patatas fritas y cerveza (comidas que no menosprecio), y hay momentos para la alta cocina y el buen vino. Este último tipo de bocado requiere horas de preparación y paladares dispuestos a saborearlo con paciencia y parsimonia. También se puede acabar con el plato de una tacada, por supuesto. Sepan que aquí degustarán cocina experimental de lujo.

Ya he contado que van a encontrarse un planeta muy peculiar. A causa del acoplamiento de marea, presenta siempre la misma cara a su sol (igual que la Luna respecto de la Tierra). Como consecuencia, uno de los polos, el Agujero del Mundo, permanece en la penumbra o en las tinieblas, con temperaturas frías extremas, y otro, el Desierto del Mediodía, está abrasado por un sol permanente. Solo resulta posible una vida algo amable en la franja ecuatorial del planeta, el Círculo Crepuscular, donde se inicia la historia del primer volumen, Transcrepuscular. Conoceremos las otras dos vastas zonas en los siguientes volúmenes: la congelada y oscura, en Antisolar; la ardiente, en Subsolar.

Bueso crea y describe la vegetación, impactante, hiperbólica; las montañas, los valles, los ríos, los volcanes, los pantanos, las arenas ardientes, los hielos y sus luces, los eclipses, las profundidades oceánicas y sus monstruos abisales; las ciudades del planeta, las costumbres, ritos, atuendos, idiomas, vehículos, comidas. Y sus habitantes. Estos merecen mención aparte. No todos los pobladores de ese mundo son humanos. Decir que hay animales no resulta una buena definición. Más bien se trata de criaturas portentosas, desde nuestro punto de vista. Desmesuradas, dignas de causar estupor, maravilla. Realmente, los humanoides de allí devienen, al lado de ellas, tristes y vulgares primates.

En la trilogía, la ciencia ficción escora hacia lo maravilloso. Eso sí, no esperen encontrar una Alicia en el país de las maravillas, o acaso sería un reverso muy oscuro. Claro que todo lo que sea convertir a esa niña en un grupo de facinerosos me encanta. Tampoco hay un Gulliver, protagonista de una obra magistral y nada infantil, por cierto. La obra de Bueso deriva hacia lo maravilloso, sí, pero, a la vez, es ciencia ficción potente, muy elaborada.

A lo largo de las tres novelas encontramos el viaje del héroe (en este caso, de un grupo de antihéroes), space opera y aventuras, épica, espada y brujería, road movie o historia de carretera, wéstern, travesías submarinas... y más.


La épica de Los ojos bizcos del sol no tiene mucho que ver con la de El Señor de los Anillos. Se nota desde el título: un sol bizco carece de la solemnidad propia de Tolkien. Estaríamos más bien ante una antiepopeya. Sin embargo, poco a poco, la aventura acaba por elevar a sus protagonistas, al menos por encima del común de los mortales que se quedan en casa. No esperen tampoco encontrar aquí a los miembros de la Compañía del Anillo. Para nada.

Bueso no es el George R.|R.|Martin español ni va a ganar tanta pasta. Pero la trilogía lleva la impronta de su autor y está muy bien que sea así. A lo mejor les gusta a ustedes, los engancha de inmediato, desde la página primera, como me ha pasado a mí. A lo mejor no entienden nada y lo dejan. A lo mejor no lo soportan, les irrita, les encabrona. Y no es una disyuntiva. Pueden ocurrir las dos cosas al mismo tiempo. Yo he caído fascinada, me he leído cada volumen dos veces y en ningún momento he querido dejar la historia, pero, en ocasiones, me daban ganas de tener en las manos la edición ómnibus para tirársela al autor a la cabeza.

Si hubiera que poner advertencias de sensibilidad en la trilogía, y yo no soy partidaria de ellas, ocuparían un buen párrafo.

Sé que Bueso es un provocador. Me di cuenta en Cenital, la primera novela suya que leí, una distopía social más o menos ecologista. No me gustó mucho, la verdad. Luego, continué con Esta noche arderá el cielo, que me interesó por la escritura y por los paisajes desolados, las carreteras que no llevaban a ninguna parte, las auroras boreales, el frío. Entendí, asimismo, que el elemento macarra era característico del autor. Y que manejaba la inverosimilitud de tal modo que la aceptabas, con cierto asombro al principio, pero tragándote después un pacto de ficción que no hubieras consentido si no encajara de alguna manera más profunda y consistente. Con Diástole me hice fan de ese estilo.

En esta trilogía me ha costado un poco más deglutir ciertas decisiones de Bueso, apostaría que claramente meditadas y no exentas de riesgo.

Me gustó que el autor me llevara a ese mundo con un sol bizco y una luna verde, un clima despiadado y una colección memorable de bichos. Moluscos, arácnidos, crustáceos, insectos: invertebrados que viven en simbiosis con los otros pobladores antropomorfos. Pero encontrarme con que, en un planeta tan flipante y distinto al nuestro, exista la prostitución tal como aquí en la Tierra, me desconcertó e irritó. Mucho. No por puritanismo, sino por política. Porque me gustaría un esfuerzo para imaginar otra situación. Cosas mías feministas, pero es que el prólogo me lo han pedido a mí y no puedo callarme. Jodido patriarcado, ¿no hay manera de librarse de él en ningún lugar de la galaxia, de esta o de otras?

Otra cuestión es la del lenguaje coloquial. Al ser un registro cotidiano, además de cultural y diacrónicamente localizado, puede ocurrir que saque de la narración cuando esta es histórica o de ciencia ficción. Bueso ha caminado por el filo de la navaja.

Tuve que habituarme a los personajes, aun dándome cuenta de que eran antihéroes, hasta ahí llego sola, y que, por tanto, no había razón para entusiasmarse con ellos, y menos para tomarles cariño. El Trapo, que ya sabrán quién es si leen la trilogía, se me atravesó. (Asqueroso machista no humano. Lamento hablar de más.) Pero al final he llegado a tenerle cierta simpatía. Y al resto también. Con el Alguacil me identifiqué enseguida, porque he trabajado justo de lo mismo, alguacila, en los juzgados de Madrid.

Resulta comprensible que los viajeros de esta misión, voluntarios o forzados, no sean muy normales. Lo aprendí en el espléndido relato de Ursula K.|Le Guin “Más vasto que los imperios y más lento”: para marcharse en una nave espacial rumbo a las estrellas, sabiendo que, si regresas, habrán pasado muchos años, hay que estar pirado. Los que se embarcan o se ven metidos en la travesía de Los ojos bizcos del sol son antisociales, lumpen, escoria de la sociedad. Lo son o se vuelven así más pronto que tarde, cuando llevan camino suficiente para caer en la condición de proscritos. Y ojo con las mujeres del grupo, poderosas, rotundas y que no se dejan arredrar. Me gustan. El equipo inicial se hace y se deshace, sus integrantes se pelean, se reconcilian, habrá traidores y amantes y amigos y rivales.

Se dan, en el grupo y en la larga travesía, momentos para la lucha, para el avance, para la huida, el descanso, la esperanza, la melancolía, el descubrimiento, para follar, dormir, comer, discutir, odiarse y reconciliarse.

Suelo llegar tarde a las novedades literarias, dado que no siempre hay edición digital, que necesito por problemas visuales. Además, soy despistada y no me entero de las publicaciones más recientes, los cotilleos y las polémicas. Pero sí supe de las ediciones especiales de Transcrepuscular y Antisolar, de las ediciones oro y plata. En su momento no los pillé. Ahora pienso buscarlos y conseguirlos por medios lícitos o ilícitos. En cuestión de libros, todo vale. De cualquier manera, hay que ver la parte positiva de que los lea cuando ya no están en las mesas de novedades. Viene bien recordarlos al cabo de unos meses, o años. Ahí aparezco yo. Ha habido edición oro y plata; después, otra más sencilla y económica; hasta audiolibros de las dos primeras novelas. Y, finalmente, esta edición ómnibus.

¿La obra vale para cualquier tipo de lector o es una pura fricada? Me gustaría saber qué puede sentir un lector no acostumbrado a los géneros no realistas al enfrentarse a ella. ¿Se preguntará si el autor se ha tomado un tripi? ¿Le explotará la cabeza?

Lo mejor de la trilogía es, precisamente, su apuesta arriesgada en un mundillo literario donde se tiende a lo fácil y cómodo, a lo comercial. Pese a mis reticencias ideológicas y mis gruñidos de cabreo, me he metido tanto en esta historia que he tenido auténticos momentos de agobio, tan atrapada como los propios personajes. Y ha merecido la pena.

El estilo de Bueso me parece deslumbrante. De manera literal. Las imágenes, los claroscuros, las pinceladas, los colores. Y, también, las sensaciones táctiles, las atmósferas, los olores y ruidos. Esos paisajes desolados y duros, inhóspitos, gélidos o abrasados. En esos momentos, disfruto con arrebato. Me parece que el autor llega a alcanzar lo sublime, aunque lo mezcle con lo detestable y lo grotesco, algo muy propio, por cierto, de los románticos. De los románticos del siglo xix, rebeldes, iconoclastas, defensores de lo irracional, irreverentes. Los que preferían las tormentas a las playas tropicales de arenas doradas y mares esmeraldas. Nada de palmeras, mejor rocas, un mundo mineral, inorgánico. La extraña naturaleza de ese planeta inventado por Bueso, sus pobladores, sobre todo los no humanos, se convierten en un placer salvaje. Me ha dado mucha envidia la invención de los putos caracoles, las hermosas libélulas voladoras y hasta las babosas, que ya quisiera tener una. Porque no son como las que conocemos, no. Solo puedo añadir que son hiperbólicas.

Si lo que pretendía el autor, además de crear un mundo y que alucináramos con él, era incomodar, dar una patada en las tripas a quien leyera, sacarlo de su zona de confort, irritarlo y cabrearlo, lo ha conseguido. Y no, no estoy hablando de lo políticamente incorrecto, sino de lo desagradable, lo duro, lo grotesco, lo que molesta por su crudeza. Para que todo ello compense, hay que escribir bien. Provocar lo puede pretender cualquier gañán. Bueso es inteligente, conoce el oficio y trabaja mucho. Y creo que puede hacerlo mejor todavía.

Fascinación y rechazo, pues. Poesía y macarrismo. Imágenes que, con frecuencia, recuerdan a los cómics (hay uno sobre Transcrepuscular). Y resonancias con Calvino, por las ciudades que aparecen; con Pilar Pedraza; con Anna Kavan, cuya obra de culto, Hielo, tiene mucho en común con los paisajes de Antisolar.

Y solo les menciono que el final sorpresa es de olé y olé.

Por cierto, ¿es la simbiosis (uno de los grandes temas de la trilogía) una colonización o una espléndida posibilidad evolutiva? ¿Nos vuelve dependientes o mejora nuestras capacidades? ¿Hay que combatirla o intentar adaptarse?

Ya me contarán.


26 de junio de 2021

"IDENTIDADES CONFINADAS: LA CONSTRUCCIÓN DE UN CONFLICTO ENTRE FEMINISMO, ACTIVISMO TRANS Y TEORÍA QUEER", DE LOLA ROBLES



            

Edita ÚteroLibros.

2021.

En librerías especializadas: Mujeres y Cía la Librería, Enclave de Libros, Librería Berkana, Librería de Mujeres, Librería Muga (Vallecas), Mary Read Librería, Librería Cómplices de Bzarcelona. 

Un libro para explicar un tema y un conflicto. Para plantear preguntas  y reflexiones. ¿Es la ley trans una amenaza y peligro para el feminismo y las mujeres? ¿Nos borrará como categoría humana? ¿Hay que reibnvidicar la categoría de sexo en vez de la de género? ¿Es incompatible el feminismo y la teoría queer? ¿Es lo mismo lo trans y lo queer? ¿La transexualidad es “sentirse” mujer y hombre?

Comencé a escribir este libro durante el primer confinamiento a causa de la pandemia del COVID-19, tras el decreto del estado de alarma en España, a mitad de marzo de 2020, aunque antes ya había investigado sobre el tema. A lo largo de mes y medio de clausura estricta, leí mucho y empecé a redactar.

¿Por qué he decidido llamar a mi obra “Identidades confinadas”? He tenido mis razones. La primera de ellas, fue, justamente, ese período en el que empecé a escribir, un tiempo extraño, distópico y crítico. La segunda, porque el término “confinadas” me parecía bastante adecuado al tema que iba a tratar. Cierto que las identidades trans o queer pueden entenderse como identidades al margen, expulsadas o desterradas de la normalidad o, más bien, nunca admitidas en ella, “fuera de”. “Confinadas” remite a un recinto, una prisión, un adentro, mientras que yo voy a hablar de una exclusión, pues un sector del feminismo no admite lo trans y lo queer en su territorio. Pero, con esa no admisión, ese sector transexcluyente confina a estas personas, seres humanos, en la otredad, lo inexplicable, lo patológico, lo amenazante, lo monstruoso, lo inasumible. Las confina en lo abyecto (lo que, según el prefijo latino –ab, se separa y aleja, añadiéndose el verbo iacere, echar, arrojar, lanzar). Y, a su vez, ese sector feminista se enclaustra en el miedo, la verdad absoluta, el rigorismo y el sectarismo (secta, otro confinamiento). Se protege como de un presunto virus. Por supuesto, ellas no lo consideran así y exponen sus razones. Trataré de resumir sus planteamientos.

Este libro se dirige a cualquier feminista interesada, también a las que no estén de acuerdo conmigo y, no obstante, quieran leerme para contrastar opiniones e incluso para saber si hay algo en lo que llegaríamos a un acuerdo, por eso he querido dejar clara, desde el principio, mi posición. Por supuesto, y con todos mis respetos, a las personas trans. Asimismo, a cualquier persona, activista social o no, LGTBQIA o no, interesada en esta cuestión.

 

Índice de la obra.

─Nota preliminar.

─¿Es posible un feminismo transinclusivo y queer/cuir?

─El modo de debatir y la violencia en los debates.

─Los términos a debate.

─Historia de un conflicto.

─Afloran a la luz.

─De sujetos políticos.

─Cuestiones pendientes.

─Algún día se pondrá el tiempo amarillo sobre mi fotografía.

─Leyes a favor de los derechos de las personas trans en España. Los proyectos de “ley estatal e integral trans”.

─ El deporte como ejemplo de cuestión a solucionar.

─Punto y final, puntos suspensivos…

─Agradecimientos.

─Bibliografía citada.

─Bibliografía complementaria.