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Podéis leer buenas narraciones en la Biblioteca de Relatos.

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27 de septiembre de 2015

“DÉJAME ENTRAR”, DE JOHN AJVIDE LINDQVIST

Déjame entrar
2005
Traducción al español para la editorial Edhasa, 2008, de Gemma Pecharromán Miquel. 455 páginas.

Tres son los temas que más me han interesado de la espléndida novela de terror fantástico escrita por el autor sueco John Ajvide Lindqvist, de la cual hay dos adaptaciones cinematográficas bien conocidas, una sueca y otra estadounidense. Yo he visto la sueca, una película muy buena, dirigida por Tomas Alfredson, de 2008, pero creo que precisamente por ello hay que ir al libro, que es todavía mejor. Ha sido una de las lecturas que más me han  impresionado últimamente. Lindqvist vino al Festival Celsius de terror, fantasía y ciencia ficción de Avilés de este año 2015, y me gustó mucho cómo habló, y ya que tenía pendiente leer este libro suyo, aproveché la ocasión para llevármelo con su firma y luego tuve la suerte de encontrar el audiolibro.

Estos tres temas son la monstruosidad, en este caso femenina, y muy vinculadas a ella, la ruptura del binarismo de género supuestamente natural varón/mujer, y la violencia.

Hay dos protagonistas principales, aunque aparezcan otros personajes importantes: Oskar y Eli. Eli es monstruosa (voy a usar el femenino) por tratarse de una vampira, una depredadora que necesita de la sangre de otros humanos para sobrevivir. Además, su identidad de género no es la normalizada, ni siquiera queda clara del todo. Se trata de una monstrua o un monstruo, se mire por donde se mire, desde su cuerpo hasta su mente, ya que no tiene ningún problema en matar para sobrevivir.

El tema de la monstruosidad es fundamental en la historia, pero me gustaría incidir más en el de  la violencia, que  llega a ser verdaderamente extrema, atroz. ¿Pero solo la de los asesinatos? Hay una violencia económica y social que se nos deja ver incluso en esta Suecia rica y próspera, ejemplo de la Europa del bienestar. Nos encontramos en un suburbio cerca de Estocolmo, y allí también hay marginación, del mismo modo que puede aparecer el horror de unas muertes escalofriantes e inexplicables, y hasta lo fantástico, esa brecha en nuestra realidad que nos amenaza, tal vez porque nunca la esperaríamos en un espacio tan realista, desolado y triste.

Aparece el problema  del acoso escolar, muy bien tratado, cuyos límites no se reducen solo al colegio ni se circunscriben a agresores y agredido, sino también a quienes los rodean, a los que no quieren ver lo que sucede o hasta sonríen divertidos; implica a los padres y la educación que dan, y a toda una sociedad no menos agresiva verbal, corporal y moralmente que sus cachorros.

¿Quién es el mayor monstruo aquí, la criatura vampírica que al fin y al cabo no es responsable de su propia condición, aunque bien es cierto que otros personajes, cuando se ven abocados a ese destino, toman otras decisiones? ¿Un sistema  económico extremadamente injusto, una sociedad que margina a los que considera diferentes? ¿Los acosadores escolares o ese entorno que, al igual que ha ocurrido hasta hace muy poco con la violencia machista, consideraban este asunto como algo privado y sin demasiada importancia? ¿Cómo  no  comprender a Oskar, su soledad y su desamparo, y su relación con Eli, tan solitaria y marginada como él? ¿Cuándo es legítima la violencia y cuándo ilegítima?

Aviso a los espíritus y estómagos sensibles, porque la novela es dura. Pero yo no dejaría de leerla por eso. Más dura es la realidad, resulta obvio.      

26 de septiembre de 2015

DOS NOVELAS DE ISMAIL KADARÉ


Si no habéis leído al escritor albanés Ismail Kadaré, como me ha pasado a mí hasta este año, os lo recomiendo con entusiasmo.  He escuchado dos novelas suyas, Abril quebrado (1980) y El cortejo nupcial helado en la nieve (2001), ambas traducidas por Ramón Sánchez Lizarralde, su traductor «oficial», y me han parecido buenísimas.

En primer lugar, por el gran talento narrativo de Kadaré. Sin necesidad de alardes estilísticos, sabe encarnar en una historia y unos personajes concretos problemas mucho más amplios de índole social, cultural,  histórica, y va también más allá, hacia eso que se llama cuestiones universales de la existencia humana.   Presenta limpiamente los hechos e individuos para que nosotros juzguemos, y combina acción y reflexiones, bien lejos de estereotipos y clichés maniqueos.

La historia de Abril quebrado transcurre en Albania, y nos muestra cómo funciona el Kanun, código consuetudinario que rige desde muy antiguo y detallada y escrupulosamente la vida y la muerte, el honor y la venganza, la hospitalidad y otros lazos entre personas en el país, sobre todo en ciertas regiones montañosas. Asimismo, es una obra muy valiosa para analizar el daño que hace el patriarcado y la violencia no solo a las mujeres sino a los propios varones, obligados a un destino del que no son capaces de escapar debido a la presión del grupo y a los lazos de sangre. Sin duda, estos vínculos y este código tan férreos pueden ser asimismo un espacio donde no se teme la soledad, y a veces solidarios y protectores. La visión del escritor albanés se muestra sin embargo bastante crítica. Atención asimismo al personaje del intelectual seducido por tradiciones ancestrales cuya auténtica dimensión violenta, coercitiva e implacable no es capaz de comprender, al contrario que su esposa, mucho más empática.

En cuanto a El cortejo nupcial helado en la nieve, que nos narra uno de los primeros conflictos en Yugoslavia que después devendrían en las guerras de los Balcanes, en este caso el enfrentamiento entre albaneses y serbios en Kosovo, es una lectura muy recomendable para los tiempos que corren. Curioso que en la presentación de la obra que aparece en el propio libro se nos hable de una historia de amor tipo Romeo y Julieta, cuando esta no solo es imposible sino que apenas llega a esbozarse, debido a la separación entre las dos comunidades.  
 La tragedia se va hilvanando con cuentas de sangre y muerte engarzadas por el odio y la venganza personales y colectivas, la represión, y por esas frustraciones y problemas de ego de ciertos individuos que necesitan de algún tipo de poder para crecerse, en una espiral imparable. Triunfan las Furias, las Erinias.

21 de septiembre de 2015

“MUERTE DE LA LUZ” DE GEORGE R. R. MARTIN


Muerte de la luz (Dying of the Light) (1977) Traducción de Carlos Gardini.
Publicada en España por la editorial Gigamesh.

Termino de leer Muerte de la luz, la primera obra publicada por George R. R. Martin, una novela de ciencia ficción aparecida en 1977 (veinte años antes de hacerse famoso con su serie de fantasía épica Canción de hielo y fuego). Había escuchado críticas muy favorables sobre el libro y creo que las merece.

La acción transcurre en Worlorn, un planeta moribundo, donde antaño se celebraba un Festival Interestelar. Quedan allí ciudades diversas y extrañas, majestuosas y ahora abandonadas, que representan cada uno de los mundos que participaban en el Festival. Como de costumbre, Martin es muy imaginativo en la invención de nombres y civilizaciones alienígenas. Asimismo hace referencia  a toda una galaxia y sus distintos planetas habitados, cada uno con su población, historia y cultura.

El tema amoroso es importante en el argumento, sin duda, aunque en mi opinión no tanto como se lee por ahí en reseñas del libro, y las relaciones son atípicas en comparación con otras obras de este tipo de literatura, generalmente conservadoras en tales asuntos. Martin nos muestra una institución del planeta Alto Kavalaan, que no consiste en un matrimonio entre varón y mujer, sino en un trío compuesto por dos hombres enlazados por un vínculo de lealtad muy estrecho (no se sabe si su unión es también sexual, pues el autor quizás no se atreve a profundizar en esa cuestión) y que comparten una mujer. La relación entre los varones recuerda la que se sospecha pudo existir por ejemplo entre guerreros de la antigua Grecia.

La novela comienza cuando Dirk t´Larien llega a Worlorn tras haber recibido la «joya susurrante», enviada por una antigua amante suya, Gwen Delvano. Esa joya conlleva una promesa entre ambos, la de acudir cuando el otro la mande, a pesar del tiempo, la distancia o que la relación se haya roto. Dirk, que sigue enamorado de Gwen, descubre que ella se ha unido en un vínculo pseudomatrimonial con el kavalar Jaan Vikary, que a su vez tiene un teyn, un compañero de armas y de vida, Garse Janacek. Ambos proceden de Alto Kavalaan, un mundo férreamente patriarcal, con un código de honor muy estricto que incita a la guerra y a los enfrentamientos personales, reglamentados en duelos. Los kavalares consideran además cuasi-hombres a todos los seres que no pertenecen a su mundo, y los cazan.

Mientras Garse Janacek es un claro exponente de esa cultura, y se siente superior y desprecia a los extranjeros, a las mujeres y a los propios kavalares que no cumplen el código de honor, sin embargo Jaan Vikary pretende transformarlo con ideas más progresistas. Es de este reformador de quien se ha enamorado Gwen, hasta el punto de convertirse en su betheyn, y Jaan por su parte se ha atrevido también por amor a infringir las normas de su sociedad y unirse a ella. Dirk es por otra parte un hombre más interesado por los sentimientos que por las luchas. Y en cuanto a Gwen, amada por Dirk y Jaan pero odiada por Garse, aparece como una mujer fuerte y autónoma.

Resulta interesante leer una obra como esta en una época en que consideramos por ejemplo que los países islámicos son un todo sin matices y sin plantearnos que pueden existir en ellos gentes que disientan, que se aparten de la religión y de las políticas más fundamentalistas y belicosas.

Nuestra perspectiva es la de Dirk, espectador extranjero de unos acontecimientos y de una cultura que juzga muy duramente, sin duda con razón porque también va a ser víctima de la violencia kavalar. Sin embargo, al igual que le ocurre a Gwen, no va a quedar al margen de la práctica de esta. La violencia contamina y corrompe como el dinero y el poder. Pero la alternativa totalmente pacifista, representada aquí por el kimdissi Arkin Ruark, no parece convencer tampoco a Martin, pues presenta al personaje como un intrigante y un falso.

Bien, la buena literatura es la que plantea preguntas más que da respuestas.

Con un estilo lírico y un tono de elegía muy adecuado a este planeta que va a perecer.  La narración profundiza en lo psicológico, en comportamientos y emociones. Muy válida también para estudiar los diversos tipos de masculinidades que presenta, y el tema de la violencia, la xenofobia y las sociedades patriarcales.


La tensión decae un tanto en la parte central de la novela, teniendo en cuenta que es muy fuerte al principio, aunque se recupera al final. No obstante, como escritora me pregunto qué manera habría de construir una historia de acción y aventuras sin utilizar la violencia, sobre todo por parte de los personajes que se oponen a ella. Es algo bien difícil.  

El final por cierto es espléndido.

2 de julio de 2011

NUEVA EDICIÓN DE "SOLARIS" DE STANISLAW LEM

Stanislaw Lem. Solaris. Traducción del polaco a cargo de
Joanna Orzechowska. Introducción de Jesús Palacios. Madrid, Impedimenta, 2011. 292 p.

Una nueva edición de la novela Solaris (1961), del escritor polaco Stanislaw Lem. Se trata de una traducción directa del original en polaco, a cargo de Joanna Orzechowska, licenciada en Filología Hispánica.

Existe otra edición, ya clásica, la publicada por la editorial Minotauro, con traducción de Matilde Horne y F. A. (?), creo que de la versión inglesa de la novela, pues Horne tradujo de ese idioma para Minotauro (y muy bien por cierto) a otros autores como Angela Carter, Le Guin o Tolkien.

Aunque todavía puede encontrarse la versión de Minotauro, reeditada en 2008, me parece recomendable hacerse con uno de los ejemplares publicados por Impedimenta (que ha publicado asimismo otras obras de Lem), tanto para quienes no hayan leído la novela como para los lectores muy apasionados de la misma, entre los que me encuentro.

Solaris es una obra maestra de la ciencia ficción, y de toda literatura. Es por ello uno de los mejores ejemplos para recordar de nuevo que la ciencia ficción ha producido obras inolvidables, y desde luego mucho mejores de lo que creen quienes no conocen el género.

Espléndidamente escrita (aunque no es una lectura fácil ni cómoda, por su densidad y profundidad), ofrece entre el horro y la ironía una historia de la posible colonización humana del Cosmos (aunque nada más lejos del space opera), junto a una compleja especulación filosófica.

El libro incluye un prólogo de Jesús Palacios, uno más que añadir a la solarística, que es, como el propio Palacios explica, el arte y la ciencia de intentar entender Solaris, el planeta, pero también Solaris, el libro. Merece la pena leer ese prólogo que nos introduce en el significado de la obra y nos advierte, a los lectores, viajeros a Solaris como el protagonista de la novela, que vamos a encontrarnos con monstruos, monstruos que podrían ser los nuestros, los que más queremos o tememos, que a veces es lo mismo.

Explica Palacios que Solaris trata sobre la imposibilidad humana de comprender y comunicarnos con una posible criatura verdaderamente alienígena, pues sería una otredad tan absoluta, tan diferente y extraña en su naturaleza exterior e interior, que no habría acercamiento posible. También están en estas páginas el enigma del Cosmos, de Dios, la pregunta de si los humanos somos siquiera capaces de comprendernos entre nosotros, y a cada uno de nosotros mismos.

Nota de contracubierta del libro:
Impedimenta se complace en presentar, por primera vez en traducción directa del polaco, Solaris, la mítica novela que consagró a Stanisław Lem como autor de culto. Un texto hoy en día considerado un clásico sin paliativos de la literatura moderna. Kris Kelvin acaba de llegar a Solaris. Su misión es esclarecer los problemas de conducta de los tres tripulantes de la única estación de observación situada en el planeta. Solaris es un lugar peculiar: no existe la tierra firme, únicamente un extenso océano dotado de vida y presumiblemente, de inteligencia. Mientras tanto, se encuentra con la aparición de personas que no deberían estar allí. Tal es el caso de su mujer —quien se había suicidado años antes—, y que parece no recordar nada de lo sucedido. Stanisław Lem nos presenta una novela claustrofóbica, en la que hace un profundo estudio de la psicología humana y las relaciones afectivas a través de un planeta que enfrenta a los habitantes de la estación a sus miedos más íntimos.

Biografía del autor. Nota de solapa interior del libro
Stanisław Lem nació en la ciudad polaca de Lvov en 1921, en el seno de una familia de la clase media acomodada. Aunque nunca fue una persona religiosa, era de ascendencia judía. Se matriculó en la Facultad de Medicina de Lvov hasta que, en 1939, los alemanes ocuparon la ciudad. Durante los siguientes cinco años, Lem vivirá con papeles falsos como miembro de la resistencia, trabajando como mecánico y soldador, y saboteando coches alemanes. Al final de la guerra, Lem regresó a la Facultad de Medicina, pero la abandonó al poco tiempo debido a diversas discrepancias ideológicas y a que no quería que lo alistaran como médico militar. En 1946 fue «repatriado» a la fuerza a Cracovia, donde fijaría su residencia. Se considera de modo unánime que su primera novela es El hospital de la transfiguración, escrita en 1948 pero no publicada en Polonia hasta 1955 debido a problemas con la censura comunista. De hecho, esta novela, recientemente publicada por Impedimenta, fue considerada «contrarrevolucionaria» por las autoridades polacas. No fue hasta 1951, año en que publicó Los astronautas, cuando por fin despegó su carrera literaria. Las novelas que escribió a partir de ese momento, pertenecientes en su mayoría al género de la ciencia-ficción, harían de él un maestro indiscutible de la moderna literatura polaca: La investigación (1959, Impedimenta, 2011), Edén (1959), Memorias encontradas en una bañera (1961), Relatos del piloto Pirx (1968), Congreso de futurología (1971). Su obra maestra fue Solaris, escrita en 1961, y se publica por primera vez en traducción directa del polaco. Lem fue, asimismo, autor de una variada obra filosófica y metaliteraria. Destaca en este ámbito, aparte de su obra Summa Technologiae (1964), la llamada «Biblioteca del Siglo XXI», conformada por Vacío perfecto (1971), Magnitud imaginaria (1973), Golem XIV (1981) y Provocación (1982), en su mayor parte publicadas por Impedimenta. Lem fue miembro honorario de la SFWA (Asociación Americana de Escritores de Ciencia- Ficción), de la que sería expulsado en 1976 tras declarar que la ciencia-ficción estadounidense era de baja calidad. Falleció el 27 de marzo de 2006 en Cracovia a los 84 años de edad, tras una larga enfermedad coronaria.

También puedes leer en este blog una comparación entre esta obra de Lem y El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad.


20 de mayo de 2011

"UNA HISTORIA DE AMOR Y OSCURIDAD", DE AMOS OZ

Amos Oz. Una historia de amor y oscuridad. (2002 del original).
Madrid, Siruela, 2004. Traducción del hebreo de Raquel García Lozano. 640 p. (Nuevos Tiempos, 41)

Foto: Amos Oz

"… mi madre me dijo que (…) los libros pueden cambiar con los años igual que las personas (…), pero la diferencia está en que casi todas las personas al final te abandonan a tu suerte, cuando llega un día en que no obtienen de ti ningún provecho, ningún placer, o ningún interés o al menos algún buen sentimiento, mientras que los libros jamás te abandonan. Tú los abandonas a ellos a veces, y algunos incluso los abandonas durante muchos años, o para siempre. Pero ellos, los libros, aunque los hayas traicionado, jamás te dan la espalda: en completo silencio y con humildad te esperan en la estantería. (…) No se quejan. Hasta que una noche, cuando de pronto necesitas uno, aunque sea a las tres de la madrugada, aunque sea un libro que has rechazado y casi has borrado de tu mente, no te decepciona y baja de la estantería para estar contigo en ese duro momento. No echa cuentas, no inventa excusas, no se pregunta si le conviene, si te lo mereces y si aún tienes algo que ver con él, sencillamente acude de inmediato cuando se lo pides. Jamás te traicionan."

Sobre el trágico y complejísimo conflicto de Oriente Medio se ha escrito mucho, y sin duda obras muy interesantes. Sorprende sin embargo que en general la sociedad española conozca tan poco y tan mal los orígenes y la realidad presente del problema palestino-israelí. Por eso merece la pena leer libros como esta novela autobiográfica de Amos Oz, escritor israelí, que nos ofrece una visión no polarizada del conflicto. Precisamente la polarización sobre este tema, desde luego en la derecha política pero también incluso en parte del activismo de izquierdas, es una muestra de que no hay un conocimiento suficiente de la cuestión, y así las posturas se vuelven cada vez más radicales, más incapaces de la escucha y el diálogo, de admitir la visión de la otra parte. Al decir esto no estoy defendiendo en absoluto una imparcialidad o ecuanimidad totales, pues en el enfrentamiento entre israelíes y palestinos, y aunque haya que ser críticas con las dos partes, para mí resulta más que evidente la desproporción de fuerzas y de violencias, y es a Israel a quien hay que condenar más, y con motivos más que suficientes.

Amos Oz nació en Jerusalén en 1939. Sus ascendientes eran judíos rusos y polacos, que llegaron a Palestina cuando ésta se encontraba bajo mandato británico. Tiene una extensa obra, novelas, relatos, poesía, ensayo, es periodista y un hombre de izquierdas comprometido con el pacifismo (de hecho fue uno de los fundadores del movimiento pacifista israelí Shalom Ajshav, Paz Ahora). En sus obras de ensayo ha escrito reiteradamente sobre la cuestión palestino-israelí. Los premios y reconocimientos literarios que se le han hecho son numerosos: recibió el Premio Príncipe de Asturias en 2007, por ejemplo.

Una historia de amor y oscuridad es una novela autobiográfica, larga, entretenida, bien escrita, y, como cabe esperar en este tipo de obras, una historia familiar, referida a cuatro generaciones, los antepasados del escritor; nos habla también de su propia infancia y juventud, y de la muerte por suicidio de su madre, un hecho que le marcó profundamente.

Y el libro nos sirve también para conocer mucho de la historia del Estado de Israel, incluso la etapa anterior a su creación.

La cultura judía, el sionismo y el antisemitismo están presentes en muchas de las páginas del libro, y asimismo se nos cuenta la formación de un escritor, su pasión por la literatura. Por cierto, me ha encantado comprobar que algunas de las lecturas infantiles de Amos Oz eran las mías, y en concreto le gustaba mucho una novela que ha sido siempre de mis favoritas: Miguel Strogoff, de Julio Verne.

Aprovecho para recomendar un par de obras sobre el conflicto entre Israel y Palestina, aunque, como ya he dicho, sin duda hay muchas más obras interesantes.

- Merece la pena leer el libro del premio Nobel Mario Vargas Llosa: Israel y Palestina: paz o guerra santa. Madrid, Santillana, 2006. 187 p.
Se trata de una serie de artículos publicados previamente en El País. Se leen muy bien, son muy interesantes, y el escritor es capaz, aun declarándose admirador de Israel, de criticarlo con la dureza necesaria por su violencia hacia la población palestina. Tiene la ventaja, este libro, de que deja calladas a las gentes proisraelíes a ultranza, puesto que a Vargas Llosa no se le puede considerar precisamente un activista radical propalestino.

- La obra de la profesora de historia y ensayista israelí Idith Zertal, La nación y la muerte: la Shoá en el discurso y la política de Israel. Madrid, Gredos, 2002. 350 páginas, un libro muy interesante y documentado sobre la utilización de la Shoá, el Holocausto, por parte del sionismo y del Estado israelí.

He extraído algunos fragmentos de la obra que me han parecido especialmente interesantes, por si queréis leerlos:

20 de marzo de 2010

El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, y Solaris, de Stanislav Lem


Stanislaw Lem. Solaris. Barcelona, Minotauro, 2008. Traducción de Matilde Horne y Francisco Abelenda. 240 p.


Joseph Conrad. El corazón de las tinieblas. Traducción de Sergio Pitol. Barcelona, Lumen, 1999. 155 p. (Palabra en el tiempo, 104)

El corazón de las tinieblas. Traducción de Araceli García Ríos e Isabel Sánchez Araujo. Madrid. Alianza Editorial, 2010. 208 p. (El libro de bolsillo. Biblioteca de autor, 306)



Éramos vagabundos en medio de una tierra prehistórica, de una tierra que tenía el aspecto de un planeta desconocido. Nos podíamos ver a nosotros mismos como los primeros hombres tomando posesión de una herencia maldita, sobreviviendo a costa de una angustia profunda, de un trabajo excesivo.Joseph Conrad. El corazón de las tinieblas.

El hombre se había lanzado al descubrimiento de otros mundos y otras civilizaciones, sin haber explorado ín­tegramente sus propios abismos, ese laberinto de oscuros pasadizos y cámaras secretas, sin haber penetrado en el misterio de las puertas que él mismo ha conde­nado.Stanislav Lem. Solaris.

En la literatura, como en la vida, las comparaciones pueden ser odiosas, sobre todo si hablamos de calidad literaria; pero hay sin embargo ocasiones en que relacionar dos libros nos aporta una profundización mayor en ambos: pues toda obra esta conectada, en su tema, su argumento, su trama y su urdimbre, su estilo, sus personajes, a otros libros, a la red total de la literatura.

Voy a comparar dos novelas: El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, y Solaris, de Stanislav Lem.
Ambos escritores eran polacos. Curiosamente nacieron en ciudades que actualmente pertenecen a Ucrania.

Joseph Conrad nació en Berdyczów (entonces dominada por el ejército ruso), el 3 de diciembre de 1857 (fallecería en Inglaterra en 1924). Su nombre de origen era Józef Teodor Konrad Korzeniowski, y adoptó el de Joseph Conrad al nacionalizarse británico; eligió el inglés como lengua de escritura. Sus padres fallecieron siendo él aún niño; el padre fue un nacionalista que luchó por la liberación de Polonia, ocupada entonces por tres potencias que se habían repartido su territorio: Rusia, Prusia y Austria. Conrad fue educado entonces por su tío; estudió en Cracovia y a los 17 años se enroló en la marina mercante francesa.
Fue un hombre de mar, un aventurero. En 1889 viajó al Congo, donde conoció las atrocidades que cometían los colonos contra la población nativa. Conrad calificó aquella empresa como “la más vil rapiña que haya jamás desfigurado la historia de la conciencia humana y la exploración geográfica”. Fue este viaje el que le inspiró El corazón de las tinieblas.

Stanisłav Lem nació el 12 de septiembre de 1921 en Lwów, entonces Polonia y actualmente Ucrania, y murió en 2006 en Kraków, Polonia. Inició estudios de medicina, pero la Segunda guerra mundial le obligó a interrumpirlos. Durante la guerra fue miembro de la resistencia polaca. Su familia, católica pero de ascendencia judía, logró salvarse del Holocausto. En 1944 el ejército de la URSS toma la ciudad y Stanisłav es repatriado a Cracovia, donde retoma sus estudios de medicina en la especialidad de Psicología. En 1948 abandona la carrera por sus discrepancias ideológicas, y evitando así la incorporación forzosa a filas como médico militar. No fue un adepto al régimen socialista, lo que como es de suponer le ocasionó problemas.

A diferencia de Conrad, Lem fue sobre todo un intelectual. Es considerado uno de los mejores escritores de ciencia ficción, y uno de los pocos autores de habla no inglesa que ha alcanzado fama mundial en ese género.

Sus libros tienen un fuerte contenido filosófico, y especulan sobre cibernética y nuevas tecnologías, sobre la naturaleza de la inteligencia, las posibilidades de comunicación y comprensión entre seres racionales; asimismo sobre las limitaciones del conocimiento humano y el lugar de la humanidad en el universo.

Ambos, Conrad y Lem, escriben novelas de lectura no precisamente fácil, complejas, duras, desoladoras: el hombre del siglo XIX publica, en 1899, El corazón de las tinieblas, una odisea que transcurre en África, en Congo, un país que tiene aún mucho de desconocido y extraño; pero esa odisea es mucho más que el recuerdo de un viaje autobiográfico del autor, pues su carácter simbólico se eleva desde las primeras frases.
Un viaje de exploración, de conocimiento –y desconocimiento-, una odisea también es la narrada en Solaris (1961), por ese otro polaco que ya no podía situar un territorio inexplorado, ignoto, en nuestro propio mundo, como hacían los escritores de aventuras del siglo anterior. A mitad del siglo XX, es la ciencia ficción, los viajes siderales y la colonización de nuevos mundos lo que reemplaza a las tradicionales odiseas terrestres.

Básicamente, hay un elemento común en ambos textos: el enfrentamiento del ser humano con una naturaleza extraña, más fuerte que los hombres, una otredad absoluta, aterradora por ello y porque nos desvela que ni siquiera somos capaces de explorar y conocernos a nosotros mismos.

El corazón de las tinieblas.
¡Es curiosa la vida... ese misterioso arreglo de lógica implacable con propósitos fútiles! Lo más que de ella se puede esperar es cierto conocimiento de uno mismo... que llega demasiado tarde... una cosecha de inextinguibles remordimientos.

A bordo de un barco, el Nellie, en la desembocadura del Támesis, durante un crepúsculo, el marinero Marlow (alter ego del autor) cuenta a unos amigos su viaje hasta África y por el río Congo: una travesía que será una sucesión de experiencias rayanas en el absurdo, incluso en la alucinación surrealista, y al final de la cual encontrará a Kurtz, agente comercial al servicio de la compañía europea que ha contratado a Marlow; Kurtz es su mejor agente, el que más marfil consigue y envía. Es además una figura enigmática y ambigua, sin duda poderosa, fascinante a la vez que terrible para todos quienes le conocen. Marlow lo hallará enfermo y demente, y lo verá morir en el viaje de regreso.

Mientras que Marlow, como Lord Jim, otro personaje de Conrad, es un hombre íntegro, y su ética y su dignidad le permiten sobrevivir –aun con ciertas secuelas–, a ese viaje a los infiernos en que se convierte la travesía por el río Congo, Kurtz no lo logra: ha llegado a África impulsado por ideales de progreso y por la idea de una necesaria tarea civilizadora hacia los nativos (aunque éstos no se la hayan pedido), pero sucumbe al ansia de poder, de riqueza, a la vanidad de ser idolatrado, al hechizo del mal, y sobre todo, a la propia selva, pues ésta “había logrado poseerlo pronto y se había vengado en él de la fantástica invasión de que había sido objeto. Me imagino que le había susurrado cosas sobre él mismo que él no conocía, cosas de las que no tenía idea. Al quedarse solo en la selva había mirado a su interior y había enloquecido
La novela puede leerse como una crítica a la colonización del Congo, a sus excesos y horrores, a la brutalidad de los europeos hacia los nativos. No obstante esta visión crítica, la novela de Conrad ha sido considerada racista, debido a cómo habla de los nativos africanos.
El escritor y crítico nigeriano Chinua Achebe, en su ensayo Una imagen de África: racismo en «El corazón de las tinieblas» de Conrad (An Image of Africa: Racism in Conrad's "Heart of Darkness"), negaba que se pudiera considerar "obra de arte" una novela que reducía a los africanos a una condición infrahumana. Pese a que esta lectura de Achebe ha sido a su vez criticada alegando que distorsiona de la verdadera(¿?) intención de Conrad, en mi opinión el racismo existe, aunque la obra esté magníficamente escrita y tenga dimensiones simbólicas que van mucho más allá de la visión del autor sobre los africanos o los colonizadores europeos. En realidad Conrad no muestra piedad ni por unos ni por otros: indígenas y extranjeros están prisioneros en un mundo de pesadilla, caos y degradación.

Por añadidura, es ésta una novela masculina, en la cual las mujeres quedan relegadas al papel de la espera, el amor (la prometida de Kurtz, por ejemplo), o, en palabras del propio Marlow:
Ellas, las mujeres quiero decir, están fuera de aquello, deberían permanecer al margen. Las deberíamos ayudar a permanecer en este hermoso mundo que les es propio y asumir nosotros la peor parte.”
(…)
Es extraordinario comprobar cuán lejos de la realidad pueden situarse las mujeres. Viven en un mundo propio, y nunca ha existido ni podrá existir nada semejante. Es demasiado hermoso; si hubiera que ponerlo en pie se derrumbaría antes del primer crepúsculo. Alguno de esos endemoniados hechos con que nosotros los hombres nos las hemos tenido que ver desde el día de la creación, surgiría para echarlo todo a rodar

Este paternalismo relega a las mujeres a un mundo de sueños e idealizaciones. Es lo que ha hecho el patriarcado cuando pretendía ser benévolo con nosotras. Si hubiera que eliminar de la historia de la literatura, negándolas la consideración de obras de arte, a todas las novelas machistas o misóginas ¿con cuántas nos quedaríamos?

Más allá de estas consideraciones sociales e históricas, el carácter simbólico, de fábula moral, de la novela de Conrad es tan poderoso que se alza por encima de todo, de ahí la fascinación que produce la obra (¿fascinación por lo bello aunque sea abominable?).

Conrad nos habla del hombre (varón, ya hemos visto) enfrentado a una naturaleza primigenia, a la anarquía y el misterio de la Tierra aún no dominada: la selva es libre, oscura, monstruosa, y frente a esa jungla africana cuya fuerza resulta todavía incontrolable, cuyo poder y vastedad desata instintos olvidados, la integridad humana es puesta a prueba, en la ausencia de presiones sociales, pues esa ausencia conduce a la pérdida del autocontrol, y a ser devorado por la oscuridad, la barbarie, la bestialidad, la locura, el mal, el horror que Kurtz nombra en su agonía.

Dice Marlow:
Nunca lo entenderéis. ¿Cómo podríais entenderlo, teniendo como tenéis los pies sobre un pavimento sólido, rodeados de vecinos amables siempre dispuestos a agasajaros o auxiliaros, caminando delicadamente entre el carnicero y el policía, viviendo bajo el santo terror del escándalo, la horca y los manicomios? ¿Cómo poder imaginar entonces a qué determinada región de los primeros siglos pueden conducir los pies de un hombre libre en el camino de la soledad, de la soledad extrema donde no existe policía, el camino del silencio, el silencio extremo donde jamás se oye la advertencia de un vecino generoso que se hace eco de la opinión pública? Estas pequeñas cosas pueden constituir una enorme diferencia. Cuando no existen, se ve uno obligado a recurrir a su propia fuerza innata, a su propia integridad. Por supuesto puede uno ser demasiado estúpido para desviarse... demasiado obtuso para comprender que lo han asaltado los poderes de las tinieblas.”

El corazón de las tinieblas está escrita con un lenguaje impropio para una historia de viaje y de aventuras, un lenguaje de la aflicción, profundamente emotivo; con un ritmo y una sonoridad asombrosas en un autor para quien el inglés no era su lengua materna, música que logra conservarse bastante bien en las dos traducciones al castellano que yo he leído (la de Sergio Pitol para Lumen, y la de Araceli García Ríos e Isabel Sánchez Araujo, para Alianza Editorial). Tiene descripciones bellísimas, de una visualidad deslumbrante (de luces y sombras, blancos y negros, blancuras que resplandecen, oscuridad que destella), de una densidad y untuosidad que nos envuelven como una tela de araña, y nos conduce in crescendo en una atmósfera opresiva, ominosa, de alucinación y pesadilla.

Conrad habla de la soledad, de lo siniestro (aquello que debería estar oculto pero que ha salido a la luz), de la libertad (y recuerdo aquí la frase con que la poeta argentina Alejandra Pizarnik acaba su magnífica obra La condesa sangrienta, sobre la asesina húngara Erzébet Báthory: “ella es una prueba más de que la libertad absoluta de la criatura humana es horrible”). Y nos habla de lo tenebroso entendido como el mal (la violencia, la codicia, o también el vacío que llevan dentro algunos hombres, y puede llenarse de esas tinieblas); o eso/ese extraño que encontramos en el mundo, en los otros, pero también, siempre, en nuestro propio interior.

Solaris, la soledad
El océano vivía, pensaba, actuaba. El "problema Solaris" no podía desecharse como absurdo. Nos en­contrábamos al fin con una Criatura. La partida "per­dida" ya no estaba perdida... Ya nadie podía du­darlo. De buena o mala gana los hombres tendrían que prestar atención a ese vecino a años luz de dis­tancia, situado no obstante dentro de nuestra esfera de expansión, y más inquietante que todo el resto del universo.

Solaris no es una historia en blanco y negro, como la novela de Conrad, sino en color: dos soles, uno rojo y otro azul, iluminan el planeta y la Estación del mismo nombre, con tonos anaranjados, violetas, cárdenos, escarlatas, plateados, cobaltos, negros. Son colores metálicos, fríos: estamos en otro lugar del cosmos, en un mundo envuelto por un mar plasmático que puede crear formas, estructuras que se solidifican y se deshacen (mimoides, simetríadas y asimetríadas), más o menos reconocibles desde los ojos humanos.

Ese océano es un ser vivo, inteligente, pero sus exploradores terrestres no han logrado contactar con él, ni siquiera comprenden qué es y por qué actúa cómo lo hace. “No tenemos necesidad de otros mundos. Lo que nece­sitamos son espejos.”, dice un personaje de la novela. Así es. Los seres humanos imaginamos alienígenas de todo tipo, pero siempre desde nuestro antropocentrismo. Incluso los oankali de la trilogía Xenogénesis de Octavia Butler, que repugnan a primera vista a los terrestres; incluso los insectores que Ender aniquila en la novela inicio de su saga (El juego de Ender, de Orson Scott Card), o los cerdis de la novela posterior, La voz de los muertos; incluso Alien, nuestro ya muy querido octavo pasajero, son reconocibles a nuestra mirada, aunque los temamos o despreciemos, los odiemos o amemos, nos devoren o los destruyamos. Pero Solaris no. Solaris es un enigma total, es una otredad absoluta. Pero quizás lo que nos depare el Universo, si navegamos por él y buscamos y encontramos otras formas de vida, sea eso, algo tan diferente que ni lo podemos comprender o incluso concebir.

Los científicos terrestres no entienden a ese océano, y posiblemente el mar tampoco los entienda a ellos. Sin embargo es más poderoso que los hombres: puede leer, adentrarse en sus mentes, y extraer recuerdos de éstas.

Cuando el astronauta Kris Kelvin llega a la Estación Solaris, suspendida en el aire sobre el océano, encuentra que de tres de sus ocupantes, uno, Gibarian, ha muerto; el otro, Snaut, está aterrorizado, y el tercero, Sartorius, encerrado a cal y canto en el laboratorio. Los dos supervivientes parecen no estar en sus cabales. El relato se acerca por momentos a la historia de terror: la atmósfera es opresiva, claustrofóbica, amenazante. Pro Kelvin descubrirá en su propia experiencia qué ocurre: hay otros habitantes en la Estación, y son literalmente, fantasmas: personas vinculadas a la vida de los humanos, pero que ya han muerto, y reaparecen, para pesadilla o desdicha o felicidad de los terrestres (o todo a un tiempo). Son fantasmas tan alienígenas como el océano que los produce y envía (¿para qué y por qué?: sólo se sabe que a ha sido a partir de que los exploradores bombardearan con radiación el océano); los visitantes están compuestos de partículas subatómicas, neutrinos. Kelvin reencuentra a Harey, su esposa, muerta por suicidio años antes.

Al principio, el miedo y la repulsión que siente por esa visitante inesperada le lleva a intentar eliminarla enviándola en un cohete a orbitar alrededor del planeta.

Pero Harey regresa: parece real, de carne y hueso, y siente, y piensa, y empieza a darse cuenta de quién es y a preguntarse qué es (no un sujeto, sino un objeto tanto de Solaris como de la memoria de Kelvin) y esa condición le hace sufrir, hasta el punto de volver a intentar suicidarse, aunque ahora no puede conseguirlo, porque su especial naturaleza hace que su cuerpo se regenere.

Kelvin no desea ya que Harey se vaya: la pena, la nostalgia, la culpa, y también el amor, también el sueño imposible de una segunda oportunidad para ambos, le hace aferrarse a la compañía de la visitante.

Aunque también es ésta una novela de protagonismo masculino, en que las mujeres son vinculadas al amor, la diferencia con El corazón de las tinieblas sí es aquí apreciable. Harey se convierte poco a poco en un ser activo, pensante, atormentado, conmovedor. Hay un capítulo (“El viudo en el espacio”), dedicado a ella como révenante (la que ha vuelto de la muerte), al libro de Lem y a las dos adaptaciones cinematográficas que se han hecho del mismo en el ensayo de Pilar Pedraza Espectra: descenso a las criptas de la literatura y el cine. (Madrid, Valdemar, 2004)

No desvelaré el final de la historia, lo que sí diré es que cada vez que he leído Solaris me he preguntado qué visitantes vendrían a mí de estar yo en esa estación.

Igual que en El corazón de las tinieblas, en la novela de Lem se pueden encontrar diversas dimensiones simbólicas.

Como científico, Lem nos habla de ciencia y nos hace una parodia de ella (con sus limitaciones, sus controversias, sus dislates), aunque realmente las bastante extensas disquisiciones sobre qué es Solaris resultan muy interesantes: ciencia ficción dura, pero de la buena. Se nota además que el autor era un hombre amante de las bibliotecas. También nos habla de Dios, de su naturaleza y su condición de creador; de los enigmas del cosmos; de los misterios que nuestros corazones ocultan; del amor; de los sueños, de las vanas esperanzas que sin embargo son necesarias para seguir viviendo.

8 de marzo de 2009

MIGUEL STROGOFF, DE JULIO VERNE


Hace unos días y por motivos que no vienen al caso, tuve que revisar la bibliografía de Julio Verne, y recordé, cómo no, los buenos ratos de mi infancia y adolescencia que pasé leyendo al autor francés precursor de la ciencia ficción del siglo XX. Y me he acordado también de la que es para mí una de sus mejores obras. Es un libro de aventuras que en principio no tiene relación con la anticipación científica. Pero yo voy a intentar esa relación. Se trata de Miguel Strogoff.

Antes de que existieran Internet y el correo electrónico, el Skype, los móviles y sms, incluso el teléfono, la cosa estaba bastante difícil cuando había que enviar un mensaje a larga distancia, sobre todo en condiciones adversas, tipo guerra. Y este era el caso de la Rusia presoviética donde sitúa Verne su historia, en un momento en que hay una invasión de los tártaros en Siberia, y el Zar necesita mandar una carta al Gran Duque, su hermano, sitiado en la ciudad de Irkutsk; la línea telegráfica está cortada. La única solución posible para el Emperador es recurrir a uno de los integrantes del cuerpo militar de correos del zar: el joven siberiano Miguel Strogoff, un dechado de virtudes heroicas: guapo, noble, bondadoso, valiente, etc (bueno, realmente tras la lectura resulta un tipo bastante majo). El correo tendrá que recorrer –buscándose la vida en tren, en coche de caballos o a pie–, los más de mil quinientos kilómetros que separan Moscú, la capital rusa, de Irkutsk, en el corazón de Siberia. Es el camino que hicieron los concursantes televisivos del programa Destino Pekín, pero el protagonista de Verne no se quejó tanto.

Si considero Miguel Strogoff una de las mejores novelas de aventuras escritas nunca, se debe acaso y sobre todo a que el héroe es capaz de enfrentarse no sólo a la naturaleza (un paisaje, la estepa siberiana, sobrecogedora por su inmensidad, y que el protagonista sabe respetar, porque ha nacido en ella), o a sus enemigos, sino al sufrimiento: fatiga, hambre, sed, humillación, torturas, son adversarios más difíciles que un rival armado. Y la protagonista femenina, Nadia, no cumple un papel secundario, limitado sólo a lo romántico, sino que es compañera activa y colaboradora indispensable en la aventura. Un gran acierto de Verne.

También me llama la atención el tema de la ceguera. La literatura muestra una curiosa fascinación por los ciegos, y más curioso aún que lo haga en libros de aventuras como éste o Las cuatro plumas. Aunque la ceguera de Strogoff se resuelve con un tour de force bastante inverosímil, es indudable que el personaje perdura en nuestra memoria literaria precisamente por ese tiempo en que se ha visto abocado a la oscuridad y no obstante persiste en el empeño de cumplir su misión.

Probablemente a la mayoría de jóvenes de ahora, conectados permanentemente a un artilugio electrónico, esta novela les parezca tan anticuada y remota como la historia paleolítica de El clan del oso cavernario. ¿Qué le parecerían a Verne todos los inventos para la comunicación con que contamos hoy?

Lola Robles
Marzo 2009

10 de octubre de 2008

TOLKIEN EN EL CREPÚSCULO



Y ahora que el relato camina hacia su fin descendiendo por una pendiente de suave tristeza (porque la tensión prolongada a lo largo de tantas páginas, más de mil, llegó ya, hace unos cuantos capítulos, a su punto máximo, estalló como una tormenta, y después sólo ha quedado el epílogo, la despedida), ahora sabes que te falta poco, uno, dos días, para el momento de cerrar el libro por última vez, y quedarte meditando con la mirada fija en el aire, un vacío dentro de ti. Habrá acabado la aventura, y nunca podrás repetirla del mismo modo; durante unos momentos sopesarás el grueso volumen (tomo tercero, El retorno del rey), lo apretarás entre las manos, para colocarlo luego en su lugar en la estantería, y se quedará allí (aunque lo busques de vez en cuando para releer una frase o quitarle el polvo); allí, en el pasado. Y es que, aun si dejaras transcurrir años que te trajesen el olvido y una tarde del futuro abrieras otra vez el libro, ya no sería igual; en este tipo de historias, fundamentadas en los hechos, en la espera y el misterio, en la sorpresa, no es posible volver a sentir una ansiedad idéntica, el mismo deseo de continuar la lectura para desvelar enigmas, la misma tensión ante cada intrincado peligro. No es posible, porque recordarás la solución final de todos los secretos, sabrás qué encierra El Señor de los Anillos tras su título.

Acuérdate, hace unos meses, cuando lo compraste. Tendrías que preguntarte primero qué te llevó a elegir ese libro y no otro, quizás precisamente el título sonoro, tan perfecto, uno de esos nombres que incitan a la lectura por sí solos, por su belleza. Pues bien, elegiste El Señor de los Anillos por lo que ese título te sugería, no sólo porque alguien te lo hubiese recomendado, sin que supieras de qué trataba y a pesar de los tres tomos.

Y al otro día empezaste a leer; siempre resulta difícil comenzar un libro, todo es demasiado nuevo, se tarda en habitar una historia como en relacionarse con una persona desconocida de quien no sabes virtudes ni defectos ni costumbres, no puedes saber si pasará rápidamente por tu vida o acabarás queriéndola o detestándola. Y sin embargo continuabas capítulo tras capítulo, junto a Frodo y Sam, los hobbits, esos pequeños seres que viven en la paz de la Comarca, en la monotonía de una felicidad cotidiana, y que se convierten de pronto en héroes involuntarios (porque no parecen estar hechos en absoluto para la lucha y la aventura); junto a enanos y elfos y hombres, en el viaje a través de la Tierra Media para salvar su mundo, para destruir el Anillo, en la lucha contra Sauron, el Señor Oscuro, y no tardarías en darte cuenta de que estabas atrapada, que ya no podías abandonarlos en el camino; y por la noche, a la luz de la lámpara de tu cuarto, abrías cada vez con más ansiedad el libro, devorabas páginas, te olvidabas del sueño, de que había que madrugar. Y como en otros tiempos, como en aquellos años en que una novela era sólo un instrumento de placer y olvido (no el modelo de una época literaria ni una estructura ni un estilo ni una obligación para un examen), era una historia real, tanto o más que tu propia vida, por la sencilla razón de que era más hermosa, y la leías con inocencia, ojos muy abiertos, manos crispadas, sucesivos sobresaltos y alivios; como entonces has podido verlo todo en tu habitación: los peligros, las victorias, los magos y los orcos, los bosques de Lothlórien, y las tinieblas de Mordor, el País de las Sombras; y entrecortado el aliento, sin parpadear siquiera, has asistido al final de la batalla: "...Y al volver la mirada hacia el sur, hacia el país de Mordor, los Capitanes creyeron ver, negra contra el palio de las nubes, una inmensa forma de sombra impenetrable, coronada de relámpagos, que invadía toda la bóveda del cielo; se desplegó gigantesca sobre el mundo, y tendió hacia ellos una gran mano amenazadora, terrible pero impotente: porque en el momento mismo que empezaba a descender, un viento fuerte la arrastró y la disipó; y siguió un silencio profundo."

Derrotado Sauron, Señor Negro, ¿qué nos queda? La narración declina hacia la muerte, no sólo de sí misma, sino del mundo narrado: los amigos se separan, comienza una época nueva en la Tierra Media, la de los hombres, una época de ocaso. Y dentro de algunos capítulos, para ti la aventura habrá acabado también; como Frodo, partirás de los Puertos Grises, alejándote para siempre, hacia el Oeste, hacia la realidad.

Disfruta, puedes todavía, de los últimos momentos. Cuando el libro se quede silencioso, en vano te fatigarás leyendo concienzudos ensayos sobre la vida de Tolkien, ese anglosajón católico que se entretenía inventando lenguas; sobre el significado último de su obra (el crepúsculo de un mundo que se aleja con nostalgia de días dorados, la lucha eterna entre el Bien y el Mal, el Poder encarnado en el Anillo que corrompe a todo aquel que lo desea); en vano, porque ninguna de esas teorías te permitirá recuperar esta emoción que ahora sientes, esta intensidad. En vano, así que déjate llevar sin más reflexiones, abre de nuevo el libro, continúa leyendo esta tarde, en la luz que aún queda junto a la ventana de tu cuarto.


Lola Robles, 1994