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10 de octubre de 2008

DE LOS LIBROS DE AVENTURAS

Empiezo a releer La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, el primer volumen de la colección de obras clásicas de aventuras que EL PAÍS ha editado a principios de este año 2004; he comprado algunas, con la excusa de que pueden servirme como libros de consulta para continuar con la novela que estoy escribiendo, Flores de metal, pero también por simple gusto de tenerlas. Las hay que ya leí hace mucho, o que hubiera deseado leer y no tuve ocasión -es muy posible que no lo haga ahora tampoco.

De Stevenson ha aparecido asimismo, en la colección citada, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, que acabo de terminar. Stevenson fue un autor muy variado en los géneros que abordaba (junto a La isla del tesoro y El extraño caso... tiene también por ejemplo La flecha negra, que imagino una historia medieval al estilo de Ivanhoe y Robin Hood); padeció toda su vida una grave enfermedad pulmonar; ya de niño se vio obligado a permanecer recluido en su casa y en la cama (nada más propicio para entregarse al desarrollo de la imaginación y el ensueño); estudió Ingeniería y Leyes, pero deseaba dedicarse escribir, y lo hizo; viajó mucho, en busca de un clima propicio para su salud, y moriría joven, a los 44 años, en una isla de Samoa, donde se había instalado por el mismo motivo: allí le llamaban tusitala, el narrador de cuentos.

La isla del tesoro, publicada en 1883, está dedicada a Samuel, hijo del primer matrimonio de Fanny Osbourne, una divorciada varios años mayor que el autor escocés, con la que éste se había casado; escribió la novela para entretener al niño, y logró una obra que es indiscutible prototipo del género de aventuras. Lo tiene todo: el protagonista es un muchacho que se aleja de su mundo conocido, cotidiano, para vivir un viaje que no sólo será geográfico sino un transito a la edad adulta (el género está lleno de casos semejantes, de ahí que estas novelas sean leídas sobre todo a comienzos de la adolescencia); el mar, que junto a la selva, el desierto y los países lejanos son los ámbitos fundamentales donde la aventura se desarrolla, ni más ni menos desde que Homero escribió la Odisea, hasta que en el siglo XX pierden su calidad de dimensiones desconocidas, de extrañamiento, y tienen que ser sustituidas en el género de la ciencia ficción, por el espacio estelar y los otros planetas; los piratas; la isla, no sólo lejana y misterioso sino que encierra el tesoro, objetivo en sí mismo perfecto, fascinante, de un buen número de aventuras (el tesoro no es un cofre lleno de billetes, que se asocian al mundo mercantil o si acaso a la novela negra o de ladrones de guante blanco, sino de lingotes, doblones, monedas de oro, joyas, piedras preciosas: ese brillo primario es el que pretenden Jim Hawkins y los piratas, lo que encuentra Aladino gracias a su lámpara maravillosa, lo que oculta la cueva de Alí Babá, lo que permite la venganza de Edmundo Dantés, el Conde de Montecristo, lo que Allan Quatermain persigue al buscar las minas del rey Salomón); un mapa, una quimera, los protagonistas, sus aliados, sus enemigos, la naturaleza salvaje, sin límites ni rutas seguros por las que orientarse: otro adversario más.

Yo debía de tener once o doce años cuando leí por primera vez La isla del tesoro (su lectura me pareció maravillosa). Por entonces estaban de moda las series escritas por Enyd Blyton, sobre todo los libros de Los Cinco, que contaban las aventuras de tres hermanos, su prima (que quería ser un muchacho, usaba nombre de varón y se comportaba como tal) y un perro. Bastaba tener dos o tres libros de la serie para conseguir el resto, intercambiándolos en el colegio. Conservo todavía dos de aquellas novelas: Los Cinco y el tesoro de la isla (es simple coincidencia que el título remita a la obra de Stevenson) y Los Cinco en el cerro del contrabandista, cuya acción transcurre en una enorme casa rodeada de pantanos, y bajo la cual hay un laberinto de pasadizos a los que se llega a través de entrada secretas. Blyton fue una escritora tan conocida como ahora puede serlo J. K. Rowling con sus novelas de Harry Potter (las dos son británicas) aunque no tenía a su alcance las gigantescas posibilidades de propaganda y difusión mundial (otra consecuencia de la globalización) de Rowling. La calidad literaria de las obras de ambas es más o menos discutible, aunque creo que su función primordial fue y es simplemente iniciar en la lectura a los niños.

En un artículo sobre Nathaniel Hawthorne, Jorge Luis Borges dice: “En aquel tiempo no había (sin duda felizmente para los niños) literatura infantil”. Aparte de autoras como Blyton o Richmal Crompton con sus aventuras de Guillermo, lo normal es que las colecciones juveniles incluyeran a autores clásicos, entre ellos la mayoría de los que publica ahora EL PAÍS. La editorial Bruguera tuvo una colección ilustrada, Historias Selección, donde junto al texto escrito se incluía también una versión resumida en forma de viñetas de tebeo, supongo que para los más vagos. Historias Selección se diferenciaba en varias series: dedicadas a Julio Verne, Emilio Salgari, Karl May (May era un escritor alemán especializado en el tema del Oeste y en historias orientales, con una producción tan extensa como los dos anteriores, aunque hoy es difícil encontrar datos sobre él en las enciclopedias literarias); Clásicos juveniles; Leyendas y cuentos; Grandes aventuras; Historia y biografía; Pueblos y países; Sissí; e incluso una serie de ciencia ficción, género al que entonces yo no era aficionada, con la excepción de leer a Verne, precursor del mismo. Los libros de Bruguera se editaban siempre igual: tapa dura, de color marrón claro, casi amarillento, y una sobrecubierta de papel con una ilustración en color muy llamativa, magníficamente dibujada, pues era un reclamo para la lectura; el título en letras muy grandes; en el canto del volumen aparecían pintados los rostros de los protagonistas con sus nombres debajo. Fueron los primeros libros que leí. Una amiga de mi tía Rosa, que visitaba a menudo a ésta y a mi abuela, me regaló varios en unas vacaciones: habían sido de su hijo, mayor que yo. En el lote venían varias vidas de santos (Fray Escoba, canonizado como San Martín de Porres; Santa Rosa de Lima; San Juan de Dios; Genoveva de Brabante); una Historia de la India, escrita por un para mí desconocido Erik Whitman, que tengo aún en mi biblioteca (el tal Whitman me sigue pareciendo un escritor de una delicadeza y capacidad narrativa envidiables: ahora mismo, al hojear el volumen, me doy cuenta de que él mismo se encarga de la traducción, así que me pregunto si en realidad no se trataba de un autor español que usó un seudónimo anglosajón porque vendía más; también veo que al comienzo del libro se menciona que éste se publica con licencia eclesiástica: era el año 1968), y Corazón, de Edmundo D´Amicis. un clásico de la literatura juvenil, quizás en exceso sentimental, pero por qué no ha de serlo una obra sin perder calidad literaria.

Poseer aquellos libros fue para mí como lograr el archideseado tesoro: porque hasta entonces sólo me compraban cuentos infantiles y tebeos, en los que me lanzaba a buscar de inmediato no las historietas cómicas, sino los capítulos de novelas de autores famosos, que el tebeo incluía casi siempre: los mismos que publicaba Bruguera en sus Historias Selección (de hecho Bruguera editó también esas versiones en comic completas, en su colección Joyas Literarias Juveniles, que todavía encuentro en el Rastro o en la Cuesta Moyano de Madrid): Verne, Salgari, Dickens, Bulwer Lytton, Mark Twain, Daniel Defoe, Walter Scott, Fenimore Cooper, Sienkiewicz, Alejandro Dumas, además de otros no sé si de segunda fila o que yo no conozco porque no los leí, y de una curiosa concesión a autoras como Harriet Beecher Stowe (La cabaña del tío Tom), Juana Spyri (Heidi) o Louise May Alcott (Mujercitas), que me gustaban también, aunque prefiriera las otras, las de aventuras. Es muy posible que tenga razón Borges abominando de la literatura que se define infantil: hay a veces en ésta algo demasiado ñoño, y una tendencia hacia lo políticamente correcto que suele desvirtuar la auténtica literatura. Todas esas obras que ahora recuerdo tenían elementos didácticos: aparte de iniciar a la lectura, adquirías de paso un buen número de nociones históricas y geográficas, e incluso unos conocimientos literarios bastante amplios. Y para cualquiera que sea apasionado del género, basta con echar un vistazo a la relación de títulos publicados para sentir la misma fascinación que en la infancia: entonces yo hubiera querido leer todos, y hoy lamento no haberlo logrado, porque sé que ahora ya no podría disfrutar igual: el lector adulto ha perdido la inocencia y la capacidad de creérselo todo que tuvo de niño. Veinte mil leguas de viaje submarino, Viaje al centro de la Tierra, El faro del fin del mundo o El soberbio Orinoco, de Julio Verne; Rob Roy, de Walter Scott; Davy Crockett, de Elliot Dooley; De grumete a almirante, de un tal Capitán Marryat; El rey del mar o Los misterios de la jungla negra, de Emilio Salgari; Los naúfragos de Borneo o Safari en el país de las sombras, de Thomas Mayne Reid; Entre apaches y comanches o El tesoro del lago de la Plata, de Karl May.
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He dado en preguntarme cuáles de esos autores escribieron sobre lugares que habían conocido en realidad, incluso sobre experiencias propias, y cuáles sólo de lo que imaginaban (seguramente con la ayuda de otros libros).

Empecemos: Edgar Rice Burroughs (1875-1950), estadounidense, autor de muchas novelas de ciencia ficción (una larga serie de aventuras cuya acción transcurre en Marte), aunque debe su fama a haber creado un mito contemporáneo (me atrevería a decir que tal vez no creó, sino encontró el mito, que ha existido siempre en el imaginario colectivo, a la espera de ser recuperado: de ahí la potencia de su éxito, su máxima difusión; un caso semejante al de Drácula y su creador Bram Stoker: ambos personajes son conocidos, sobreviven incluso sin necesidad de recordar quién era aquel que los escribió): Tarzán de los Monos, la utopía del retorno del hombre a la selva primigencia (desde luego africana), a la inocencia y simplicidad, paraísos perdidos (aunque sin embargo el Tarzán de Burroughs -a diferencia de, sobre todo, el interpretado en el cine por Johnny Weissmuller- muestra desde el primer libro de la serie una capacidad para desarrollar su inteligencia y convertirse en el rey de la jungla que en la vida real sería imposible: un niño creado entre monos ni siquiera llegaría a hablar). Como Robinson Crusoe, Tarzán esconde una ideología racista (las dos historias quieren demostrar la supremacía del hombre blanco sobre otras etnias) y clasista (el origen de Tarzán es aristocrático); la diferencia está en que Robinson ha nacido y crece en la sociedad civilizada, la lleva dentro, y aunque el azar le lleva de regreso a la naturaleza, no así a la inocencia del salvaje.
Burroughs fue militar en su juventud, y después periodista durante la Segunda Guerra Mundial, policía, minero de oro, cow-boy, dependiente en una tienda. Pero nunca estuvo en África.

Jack London (1876-1916). Estadounidense también, fue marinero, se enroló en una expedición para cazar focas en el Ártico, trabajó como corresponsal de guerra, se convirtió en vagabundo y estuvo en la cárcel (no sé en qué orden exactamente hizo todo eso). En su aspecto era un yanqui prototípico, rubio y guapo (y alcohólico); se construyó un pensamiento donde mezclaba el socialismo con ideas racistas. Sus novelas (Colmillo blanco, La quimera del oro, La llamada de lo salvaje) son un trasunto tanto de su modo de pensar como de sus vivencias. En 1916, a los cuarenta años, se suicidó.

Joseph Conrad (Jozef Teodor Honrad, 1857-1924). Polaco. Nació en una familia noble de la Polonia ucraniana, territorio que se anexionó la URSS, por lo que la familia tuvo que exiliarse. Se alistó muy joven en la marina francesa y después en la británica, en la que llegó a ser capitán. Es reconocido como un autor clásico en lengua inglesa, idioma que aprendió en la edad adulta. Obras como Lord Jim o El corazón de las tinieblas no son puramente imaginarias: de hecho Conrad navegó por ejempló a través del río Congo, travesía que sirve como hilo argumental de la segunda obra citada, un libro denso, untuoso en la oscuridad de sus imágenes (a diferencia de su versión cinematográfica, Apocalipsis Now, donde la fotografía es intensamente luminosa, una luz oriental que llena todo el espacio, casi con desmesura; el horror que transmiten ambas es idéntico, desde luego). Por cierto, recomiendo muy encarecidamente la traducción que hace el escritor mexicano y premio Cervantes Sergio Pitol de El corazón de las tinieblas, para la editorial Lumen (1999); Pitol también tradujo maravillosamente Otra vuelta de tuerca, de Henry James.

Herman Melville (1819-1891), nacido en Nueva York, el autor de Moby Dick; además de empleado de banca, viajante, peón y maestro de escuela, fue grumete y marinero, en navíos mercantes, de guerra y balleneros; conoció bien los mares de Sur, que describe en muchas de sus obras.

Una simple ojeada a la ingente producción del francés Julio Verne (1828-1905), quien firmaba contratos con su editor por los cuales debía entregar un número determinado de novelas al año, hace comprender que poco tiempo le quedaba para viajar a los exóticos lugares donde sitúa sus libros de aventuras. Pero este burgués positivista, que estudió Leyes, era capaz de describir con minuciosa verosimilitud paisajes y costumbres que no conocía en persona. Valga como ejemplo la travesía de Miguel Strogoff, el correo del zar, desde Moscú, en la Rusia Europea, hasta Irkutsk, en el corazón de Siberia. Miguel Strogoff es, para mí, una de las mejores novelas de aventuras escritas nunca, acaso y sobre todo porque el héroe es capaz de enfrentarse no sólo a la naturaleza y a los enemigos sino al sufrimiento (y la heroína no cumple un papel secundario, limitado a lo romántico, sino es también compañera y colaboradora en esa aventura).

Pero el caso que más interesante me parece es el de Emilio Salgari (1862-1911). Este italiano nacido en Verona, y cuya biografía es demasiado breve en las enciclopedias, y por lo tanto sólo queda rastrearla en Internet, representa el tipo de autor que convierte sus sueños en novelas, y sus personajes –héroes temerarios, bellos, fuertes, aristocráticos–, en proyecciones de lo que él hubiera deseado ser. Más aún: llega a inventarse su autobiografía, un pasado apócrifo en que dice haber viajado por los mares de Oriente donde luego reinará Sandokán, el Tigre de la Malasia. Parece que en realidad sólo navegó una temporada en un navío escuela, sin alejarse de los límites del Mediterráneo. Incluso a la hora de morir quiso encarnar sus fantasías literarias: acuciado por las deudas y terriblemente abatido por la enfermedad mental de su esposa, se suicida haciéndose el harakiri; deja más de 80 novelas y de un centenar de relatos de aventuras.

Desde luego, si quiero escribir una historia de piratas aunque éstos naveguen por el espacio, no sólo tendré que volver a La isla del tesoro; también me serían muy útiles las obras de Salgari, sobre todo El corsario negro: el pirata es aquí un hombre que oculta su pasado, un aristócrata convertido en filibustero para vengar la muerte de su hermano.

El héroe enmascarado, ya sea mediante un disfraz (el Zorro) o un cambio de identidad (el Corsario Negro, el Conde de Montecristo) es tema recurrente en el género, y quiero llevarlo a Flores de metal a través de Edmei Konda. Ya sea por hacer justicia, o por venganza, o por ambos motivos, el protagonista se ve obligado a hacerse pasar por lo que no es realmente (un pirata, un archimillonario misterioso), a elegir un seudónimo y ocultar su pasado verdadero, su identidad auténtica.

Pero también está el caso del héroe que trata de demostrar no sólo a los otros, sino a sí mismo, su valor; el hombre caído en desgracia, y en la peor de las culpas: la cobardía o la traición. Es lo que le ocurre a Lord Jim, de Joseph Conrad, que deberá redimir con su vida un acto cobarde; y al protagonista de Las cuatro plumas, magnífica novela del británico A. E. W. Mason (1865-1848), con un muy buen análisis psicológico de los personajes, donde un joven cuya familia ha pertenecido tradicionalmente al ejército, renuncia a su cargo de oficial por miedo a la falta de valor, cuando su compañía está a punto de ser destinada a la guerra de Sudán. Acusado de cobarde por sus amigos y su prometida, quienes le entregan cuatro plumas blancas como símbolo de esa falta, Harry Feversham iniciará un largo y solitario viaje de incógnito por África, para salvar la vida de sus amigos en el momento preciso y devolverles la pluma recibida (Las cuatro plumas es una obra ambigua: cuestiona el ideal de valor propugnado por el ejército, pero no se atreve, quizás, o no puede llegar más lejos, de modo que al final el protagonista no sólo persigue su redención personal, sino reintegrarse en la sociedad; por otra parte el imperialismo británico no es puesto en duda en ningún momento.)

Lola Robles, 2004

Si quieres escuchar el bellísimo "Tema de Nadia", compuesto por Vladimir Cosma, para la serie televisiva Miguel Strogoff (1975), dirigida por Jean Pierre Decourt, pincha aquí abajo:
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