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6 de junio de 2017

"EL CUENTO DE LA CRIADA", DE MARGARET ATWOOD

El cuento de la criada, de Margaret Atwood
I
La novela

«Subo y penetro en la oscuridad del interior; o en la luz».
Margaret Atwood, El cuento de la criada.

En 1985, la escritora canadiense Margaret Atwood (Ottawa, 1939) publicó la novela The Handmaid’s Tale, traducida en castellano como El cuento de la criada y que apareció en España por primera vez en 1987, en la editorial barcelonesa Seix Barral, con traducción de Elsa Mateo Blanco igual que en las siguientes ediciones de la obra en otros sellos: Ediciones B en 2001, Punto de Lectura en 2002 y Bruguera en 2008. Incluso en la más reciente edición en Salamandra la traducción es la misma, ignoro si revisada aunque he cotejado el nuevo libro con el texto de Seix Barral y en principio parecen idénticas.

Sobre la novela, asimismo traducida a otros muchos idiomas y una de las más famosas de la autora (Premio Príncipe de Asturias 2008) se han hecho diversas adaptaciones: radiofónica, teatral, operística y cinematográfica. Esta última versión en cine se tituló en español El cuento de la doncella y fue una coproducción germano-estadounidense, dirigida por Volker Schlöndorf y estrenada en 1990, con Natasha Richardson, Faye Dunaway y Robert Duvall como protagonistas. En 2017 se ha emitido por HBO en España una serie televisiva basada también en la novela, sus intérpretes son Elisabeth Moss, Yvonne Strahovski y Joseph Fiennes.

Posiblemente el estreno de esa serie de televisión ha influido en la reedición de la obra de Atwood por la editorial Salamandra, que añade una introducción actualizada de la propia autora. En todo caso, que una editorial se interesara de nuevo por esta novela era muy necesario y sorprende que no haya ocurrido antes, dado que los temas que trata son de plena actualidad, cuestión sobre la que hablaré en una segunda parte de este artículo, al relacionar el libro con el tema de la gestación humana por pago o contrato.

La primera pregunta que cabe hacerse es si se trata de una novela de ciencia ficción, anticipación futurista, «política-ficción», o eso que ha dado en llamarse «ficción especulativa», además de lo que sí es claramente, una distopía. Con cuidado de no hacer más que los spoilers inevitables, que aparecen por otra parte en la solapa del libro, hay que partir de que la historia se sitúa en el futuro de unos Estados Unidos que se han convertido en una dictadura teocrática llamada República de Gilead. La autora explica en el texto introductorio que ubicó la acción de la novela en Cambridge, Massachusetts, donde se encuentra la Universidad de Harvard, no desde luego de manera gratuita, sino precisamente por la existencia de esta Universidad, símbolo de la racionalidad y libertad, aunque su origen fue religioso. Más aún, en Nueva Inglaterra estuvo uno de los enclaves del puritanismo que llevó a la persecución y caza de brujas, cuyo ejemplo más conocido es el de los juicios de Salem a finales del siglo XVII. A este respecto, aconsejo la lectura del ensayo feminista de Silvia Federici Calibán y la bruja: Mujeres, cuerpo y acumulación originaria (2004, publicada aquí por Traficantes de Sueños), donde se muestra la importancia de esa caza de brujas como método de represión sobre las mujeres y forma de implantación de un patriarcado capitalista o capitalismo patriarcal, tanto monta monta tanto.

En ese porvenir pesimista, tenebroso («como una solidificación, un coágulo de la noche»), que encontramos en las páginas del libro, las mujeres han vuelto a quedar sometidas por completo a los varones, sin derechos legales de decisión sobre sí mismas y sin libertad. Existe un grave problema de infertilidad humana y por ello a una serie de mujeres (jóvenes y sanas) se las destina a la procreación, son las «Criadas». Los hijos e hijas que paren pasarán a pertenecer a las «Esposas» y sus maridos, los cuales previamente han inseminado, por el procedimiento tradicional, convertido en un ritual de violación legalizada, a las Criadas. También están las «Marthas», quienes se ocupan de las tareas domésticas, y las «Tías», mujeres muy parecidas a monjas, que instruyen convenientemente en la obediencia a las futuras Criadas. Los varones son los que detentan el poder aunque su protagonismo en la novela no es tan relevante como el de las mujeres de todos los grupos.

Ahora bien, ¿trata Atwood de anticipar el futuro? Ella misma explica en la introducción, texto al que pertenecen todas las citas que hago, que no quería narrar sobre nada que no hubiese ocurrido ya en el pasado. De hecho, la mayor parte de la ciencia ficción habla del presente, de los temores y esperanzas que las creadoras/es tienen en el momento en que escriben, de lo que han conocido de modo individual o como sociedad. «No, no es una predicción porque predecir el futuro, en realidad, no es posible. Hay demasiadas variables y posibilidades imprevisibles. Digamos que es una antipredicción: si este futuro se puede describir de manera detallada, tal vez no llegue a ocurrir. Pero tampoco podemos confiar demasiado en esa idea bienintencionada». No, porque «el orden establecido puede desvanecerse de la noche a la mañana. Los cambios pueden ser rápidos como el rayo. No se podía confiar en la frase: “Esto aquí no ocurrirá”. En determinadas circunstancias, puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar». Eso da miedo. Mucho miedo. Solo de pensarlo. A las mujeres nos ocurre, cuando imaginamos tan solo que pueda volver el patriarcado más férreo.

¿Es El cuento de la criada más bien narrativa especulativa? Si entendemos «ciencia ficción» como una historia en la que aparecen entidades científicas y tecnológicas, desde luego que esta no lo es, pues la autora explica que en ningún caso ha querido recurrir a ese tipo de inventos, «cachivaches» llega a llamarlos. Pero para quienes entendemos la ciencia ficción en un sentido amplio, a partir de un nóvum que consiste en un cambio notable respecto de nuestra realidad espacio-temporal y que no solo puede venir de la ciencia y la tecnología sino también darse en los campos antropológico, biológico, lingüístico, espiritual, etc., nóvum a partir del cual se especula, sí nos encontramos ante una obra de ciencia ficción. Y puede considerarse a la vez «política-ficción», como lo fue 1984 de George Orwell, e igualmente incluirse en la ficción especulativa, considerando esta un conjunto de obras de reflexión y no de mero entretenimiento y aventuras, un corpus donde pueden entrar también narraciones de fantasía o lo maravilloso (China Miéville) o fantásticas (los relatos de Jorge Luis Borges).

De modo que podemos llamar a esta novela de Atwood ciencia ficción en un sentido amplio o literatura especulativa. Tampoco importa demasiado, aunque por supuesto estos géneros tienen el mismo derecho a ser catalogados y analizados como la narrativa realista.

De lo que no cabe duda es de que se trata de una distopía, con una acusada perspectiva feminista, lo primero porque nos sitúa en un futuro donde se han recrudecido los problemas y males de nuestro presente: una dictadura con una fortísima represión y anulación de derechos y libertades individuales, sobre todo de las mujeres: el patriarcado regresa a una de sus versiones más extremas. Divide a las mujeres en grupos enfrentados. Ninguna opresión se consigue si una parte de las personas sometidas no colabora, por miedo o porque obtiene ciertas ventajas. No es agradable abordar esta cuestión, pero de nada sirve evitarla. Dice Atwood: «Sí, las mujeres se agrupan para atacar a otras mujeres. Sí, acusan a las demás para librarse ellas: lo vemos con absoluta transparencia en la era de las redes sociales, que tanto favorecen la formación de enjambres. Sí, aceptan encantadas situaciones que les conceden poder sobre otras mujeres, incluso (y hasta puede que especialmente) en sistemas que por lo general conceden escaso poder a las mujeres: sin embargo, todo poder es relativo y en tiempos duros se percibe que tener poco es mejor que no tener ninguno». Claro que son los varones quienes detentan el verdadero poder en esta historia, aunque no todos ellos, por supuesto, ya que también se someten entre sí, unos a otros.

Esta obra no es feminista solo porque muestra esa situación de poder de unos y de sometimiento o colaboración de otras, sino porque aborda una de las cuestiones básicas para comprender la razón de la existencia del patriarcado: el control de la reproducción humana, la procreación. Lo único que no pueden hacer la mayoría de los hombres es gestar y parir, con lo cual necesitan inevitablemente mujeres fértiles. Desde luego, la intervención masculina es también necesaria, pero el trabajo que supone esa participación es mínimo si se compara con el que realizan las mujeres. De ahí que el control de la descendencia haya sido un objetivo imperioso de los varones (para asegurar su paternidad) y de los sistemas económicos que han requerido fuerza de trabajo, la cual durante siglos ha tenido que ser humana (y no artificial, digamos, como es ahora la tendencia). Estamos ante uno de los temas que más ha desarrollado la teoría feminista. En El cuento de la criada, el control de la reproducción se lleva cabo mediante la coerción, algo que ha ocurrido de muy diversas formas a lo largo de la historia. Lo único que hace Margaret Atwood es mostrarlo como una situación extrema, aberrante, insoportable. En la segunda parte de este artículo trataré de plantear cómo ha cambiado y se ha camuflado en pocos años el planteamiento del patriarcado y el capitalismo sobre este tema y también cómo en determinadas zonas del mundo las criaturas ya no son tanto fuerza de trabajo (eso queda para los países más pobres) sino objetos de consumo.

Asimismo aparece en la novela el tema de la religión, aunque creo que  resulta menos vívido y convincente que la cuestión reproductiva. Es una religión puritana, occidental, que la escritora plantea como de reciente creación, de modo que no caigamos en la tentación de compararla con ninguna otra en particular, porque Atwood deja claras dos cosas: que no está hablando ni de comunistas ni de musulmanes, y que «…el libro no está en contra de la religión. Está en contra del uso de la religión como fachada para la tiranía: son cosas bien distintas».

En este contexto, la protagonista ( cuyo nombre auténtico no conoceremos, solo sabremos que se le ha impuesto el de Offred, traducido en español como Defred para conservar su significado de posesión, «de + Fred», aunque pierde por otra parte la semejanza con la palabra inglesa offered, «ofrecida», que nos remitía a la idea de víctima entregada a un sacrificio) nos ofrece su testimonio, recuerda su pasado de libertad y después ya de prisionera, a la vez que relata su presente, sus vivencias concretas, muy concretas, porque hay una atención minuciosa a los detalles, los objetos, vestidos, movimientos, lo cotidiano, los sentimientos y reflexiones. No, no es ciencia ficción de evasión y entretenimiento.


La historia está muy bien escrita, con una estructura compleja y bien trabada. El primer final que encontrarán me parece espléndido y dejo abierto a discusión si el apéndice era necesario. No es una narración en absoluto maniquea, además. Ni todos los varones son malos (el comandante parece incluso bastante infantil) ni todas las mujeres simples víctimas, ya lo he comentado. De ese modo, lo que hubiera podido ser un panfleto ideológico se convierte en una obra madura, compleja y con claroscuros, como la propia vida. Una de las mejores novelas de ciencia ficción que he leído.

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