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25 de junio de 2016

“DESGRACIA”, DE J. M. COETZEE


Termino de leer Desgracia (1999), del escritor sudafricano J. M. Coetzee. Impactada por la dureza de la obra, me ha maravillado también. Una novela magistral. Bien escrita, con limpieza y precisión pero sin frialdad.

Advierto de antemano que este comentario es para quienes ya han leído la obra, pues voy a recordar el argumento y hacer numerosas menciones a los sucesos de la trama.

Desgracia nos presenta a David Lurie, profesor de Universidad, experto en poesía romántica inglesa, que trabaja en Ciudad del Cabo. Divorciado, David soluciona sus necesidades sexuales con una prostituta, hasta que esta decide romper su vínculo, después de que él la descubra en su intimidad familiar. Se ve tentado entonces de seducir a una joven alumna, Melanie, lo cual consigue. Pero esa relación va a traerle serios problemas. El novio de Melanie, con el cual esta se ha peleado, le amenaza, y finalmente David es acusado de faltas administrativas por ponerle una nota a Melanie en una prueba académica a la que ella no ha asistido, pero también de acoso y abuso sexual. En realidad, Melanie ha consentido, sin embargo ella ratifica la denuncia, posiblemente por temor a su novio, a la reacción de su familia y porque esa mentira le beneficia. 

La cuestión sin embargo resulta compleja: David se ha servido de su superioridad  intelectual, de edad, de carácter e incluso de un mejor estado de ánimo para conseguir una relación sexual con la joven. Ante la acusación oficial, calla y acepta, pero se niega a disculparse de una forma convincente, porque no se ha arrepentido, y se declara como un “siervo” o “esclavo de Eros”. Es esa actitud suya, de arrogancia, la que más le perjudica. Se le destituye de su puesto y marcha a pasar una temporada con su hija Lucy, que vive en una hacienda en el campo, donde se dedica también al cuidado de perros. Lucy ha mantenido hasta entonces una relación lesbiana, pero ahora se ha separado de la otra mujer.


En el campo, David se dedica a ayudar a Bev Shaw, amiga de Lucy y que trabaja poniendo fin a la vida de animales enfermos, sobre todo perros.

Pasados unos días, a la casa donde viven Lucy y ahora su padre llegan tres hombres, que roban en la vivienda, agreden y queman a David y violan a Lucy. Posteriormente se sabrá que son conocidos de Petrus, a quien Lucy ha arrendado parte de sus tierras. Cuando tiempo después Lucy le revela que está embarazada y no va a abortar, David intenta convencerla de que deje la granja. Pero ella no quiere. Parece incluso dispuesta a aceptar la oferta de Petrus, que le propone convertirla en su tercera esposa, quedándose con las tierras como dote, situación en que ella podría seguir viviendo en su casa bajo la protección de su arrendado.

Antes de conocer esta noticia, David regresa a Ciudad del Cabo y visita a la familia de Melanie, personas religiosas que le invitan a cenar y le aseguran haberle perdonado; asimismo se ha entrevistado con su ex ­esposa, madre de Lucy.

Un nuevo intento de convivencia entre hija y padre se revela totalmente insatisfactorio para ambos. El ex profesor decide finalmente volver junto a Bev Shaw, para ayudarla en su labor de eutanasia con los perros. En la última escena del libro, ella le pregunta si no quiere quedarse un poco más de tiempo a un perro al que David ha tomado cariño pero está inválido y por ello va a ser sacrificado. El hombre le contesta que renuncia a él.

El resumen es mío y he destacado los hechos que más me interesan.

De una novela como Desgracia podrían realizarse distintos análisis. Por ejemplo desde un punto de vista formal, sobre su estilo o estructura. Desde lo psicológico, habría que profundizar en los caracteres de los personajes.

Yo voy a hablar desde una perspectiva ideológica y feminista, que uso a menudo en mi taller Fantástikas, aunque esta obra no tenga nada que ver con los géneros no realistas.

Un análisis de este tipo es tan parcial como cualquier otro. No pretende en absoluto abarcar todas las posibilidades de lectura. No tiene por qué ser tendencioso ni sesgado. Puede abrir caminos de interpretación que creo interesantes, independientemente de lo bien o lo mal que lo haga yo.

Me centraré en la presentación de las feminidades y masculinidades en la novela, y en las relaciones entre ambas. La perspectiva ideológica traerá aspectos que van más allá de los que acabo de citar.

Me interesa sobre todo un aspecto: la comparación entre el presunto acoso y abuso por el que el profesor Lurie es denunciado y destituido, y la violación de Lucy por parte de tres asaltantes.

Tal como he dicho más arriba, la relación entre David Lurie y la joven alumna Melanie Isaacs no ha sido lograda por parte de él a través de la fuerza física, pero sí que se sirve de su situación de profesor, su mejor estado de ánimo y su experiencia para lograrlo. Se trata de un “abuso de superioridad”, no física repito sino psicológica. De antemano sabe que ese vínculo puede ser peligroso, pero considera que no puede evitar la tentación. Esa pasión ingobernable, aunque “civilizada” porque David es un hombre culto, blanco, educado, ¿no es una versión en baja intensidad del instinto que lleva a los tres asaltantes a violar a Lucy? Sin embargo, en esa violación más que un deseo sexual parece haber un impulso de venganza sobre la mujer blanca e independiente (y lesbiana), que vive sola; venganza y dominación. La actitud de David es más sutil, más egocéntrica.

¿Es David un hombre machista o patriarcal? No puede afirmarse que se sienta superior a las mujeres, pero sí utiliza su posición y su estado anímico para ligarse a Melanie. También hay que señalar sus criterios estéticos. David quiere un cuerpo joven. A sus 52 años, se siente camino a la vejez, la decrepitud, y no le agrada en absoluto la idea de enrollarse con mujeres de su edad o mayores, con cuerpos maduros o viejos. David no es malo, no es violento, y al igual que los demás personajes de la novela resulta una persona compleja y con sus contradicciones. Sus instintos están domesticados por la cultura. Se ttrata de un individuo perteneciente a varios grupos de poder, comparta más o menos la ideología de estos: blanco, intelectual, con una situación económica holgada, varón.

Frente a este tipo de masculinidad, aparecen los tres asaltantes y violadores, y el personaje de Petrus. No se nos dice desde el principio que son negros, ni tiene por qué mencionarlo el autor. Lo sabremos más tarde y de pasada. Si esa supuesta omisión nos sorprende, ¿por qué será?

La visión que se nos da de los africanos, tanto de los tres asaltantes como de Petrus, no resulta nada idílica. Son violentos, uno de ellos tiene un serio trastorno mental, Petrus parece taimado y busca su propio beneficio.

En cuanto a las mujeres, la joven Melanie es una muchacha insegura y temerosa, lo cual no mitiga su responsabilidad al ratificar una denuncia en buena parte falsa. Eso se debe a su egoísmo, mal que anida en casi todos los personajes de la novela. De esa condición egoísta se libra un tanto Bev Shaw, una mujer con intenciones ¿humanitarias? que se dedica a ayudar a morir a los perros. De mediana edad, físico poco agraciado según David aunque mantendrá una relación sexual con ella, buscada en este caso por la mujer. 

El tema de los perros es importante. Nos habla de abandono, de enfermedad, muerte y eutanasia. Hay escenas verdaderamente terribles respecto de ellos. David, encargado de llevarlos a incinerar después de que Bev Shaw los sacrifica, se enfrenta a escenas muy crudas. A veces, por ejemplo, hay que romperles las patas a los animales para que puedan entrar bien en la cinta que los llevará a la incineradora. La última escena, no obstante, será también muy significativa, nos presenta quizás la única acción generosa del profesor, el cual siempre piensa ante todo en su propio beneficio. No sé si especular con que se debe a un aprendizaje. En cualquier caso, David también le está viendo las orejas a la muerte, y desde luego a la vejez. Pero en cierto modo, al final comprende y acepte. Se transforma casi en un mendigo, acompañado sobre todo por los perros, dejando pasar el tiempo, tan diferente al pulcro y altivo profesor de Universidad.

Lucy se presenta como la joven que ha dejado la ciudad para vivir en el campo, una colona dedicada a sus tierras y sus perros, que ha mantenido una relación de pareja con otra mujer, circunstancia que para su padre agrava la violación, pues que los violadores fuercen sexualmente a una lesbiana le parece más terrible que si lo hicieran con “una virgen”. Aunque se diría que Lucy no sabe con quienes se la está jugando al obstinarse en permanecer en su granja tras la violación, lo cierto es que lo sabe muy bien. Es una mujer firme, resuelta, fuerte de ánimo y cuerpo, aunque su padre considera que al no cuidarse envejecerá mal y perderá su atractivo.

No resulta fácil de entender la decisión de la joven colona de no denunciar a sus violadores, no abortar, intentar querer a la criatura que va a nacer, incluso plantearse aceptar la propuesta pseudomatrimonial de Petrus, por la cual ella se quedará solo con la casa, pero bajo la protección del hombre, y él con todas las tierras, aunque tampoco Petrus desee una relación sexual.

¿No hay en ella esa permisividad que a veces se da en las personas de izquierdas, incluso en algunas mujeres feministas, hacia individuos de pueblos que han sido oprimidos, permisividad con la cual justifican o al menos excusan en parte actos violentos de estos? ¿Es un tipo creíble de mujer, Lucy? ¿Es compatible el feminismo con sus decisiones? En cuanto al uso de su libertad sobre su propio cuerpo, está claro que sí. En cuanto a que su decisión sea liberadora para ella y para las mujeres en general, algo que se supone desea el feminismo… dejo abierta la cuestión.

Pero falta otra interpretación que, en mi opinión, explica mucho mejor tanto la conducta de Lucy como la de todos los personajes. Una interpretación que no invalida a la anterior, sino la complementa, la amplía.

¿Y si entendemos la obra desde lo simbólico, y a Lucy como la representación encarnada de Sudáfrica después del apartheid? Los dos blancos, padre e hija, han pertenecido al grupo dominante; no sabemos si han apoyado el régimen anterior, han ejercido violencia, o han disfrutado de sus privilegios sin escrúpulos. Pero da igual. Los asaltantes y Petrus son los “salvajes”, los “incivilizados”, han sido sometidos por la violencia pero ellos pueden y quieren ejercerla también. Nada nos recuerda el buen salvaje, desde luego.

Lucy asume el “fruto” de esa violación, la criatura mestiza, se propone intentar quererla, excusa y hasta protege a los asaltantes y a Petrus del castigo que quiere imponerles su padre. ¿Qué nos quiere decir con ello? ¿Qué ninguna violencia ejercida en el pasado puede quedar impune, sin consecuencias, que la venganza y las represalias son inevitables, que solo habrá reconciliación si se han pagado deudas de sangre, que los blancos sudafricanos han de aceptar que esa tierra era también de los africanos negros, y deben compartirla o devolvérsela, como hace Lucy con sus posesiones, y aceptar las reglas de juego de los propietarios restituidos? La respuesta no es fácil.


Una novela compleja y profunda, inquietante, que no creo que deje a nadie indiferente.

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