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27 de septiembre de 2008

EL GRAN MEAULNES DE ALAIN FOURNIER O EL DOMINIO MISTERIOSO DE LA ADOLESCENCIA



Leo por segunda vez El gran Meaulnes, esa obra bellísima, triste y cruel que escribió el francés Alain Fournier. Publicada en 1913 –un año antes de la muerte de su autor a los veintiocho en la Primera Guerra Mundial– fue su único libro. Pasar a la historia de la literatura por una sola obra no es demasiado común; pero hay otros casos, y envidio a esos autores tal vez más que a quienes poseen una vasta y reconocida producción literaria: el prodigio de lograr la intensidad absoluta en un único texto.

No he conseguido encontrar la novela en la colección Reno (Ediciones G. P.), donde la leí por primera vez. Lástima, porque mi recuerdo de la historia está unido a ese libro barato y de páginas amarillentas, ásperas. Compro ahora la edición de Bruguera, con prólogo de José María Valverde y traducción de éste junto con María Campuzano. Aunque añoro al traductor desconocido de la otra, algunos de cuyos fragmentos he guardado en la memoria con demasiada exactitud como para aceptar la nueva versión, trato de conformarme. Merece la pena sin duda el prólogo de Valverde:

“Ante esta extraña maravilla que es El gran Meaulnes, puede ser lícito, y aun inevitable, presentarla en términos personales, como una experiencia emotiva que, a través del tiempo, se revela aún más romántica en el reencuentro. No ha sido azar, sino destino, mi manera de hallar y recobrar esta obra... Leí El gran Meaulnes cuando tenía yo la misma edad de sus personajes, y me quedó confundida entre mi propia adolescencia, sin recordar bien si era un libro mágico por sí mismo o porque se había identificado con un momento de mi vida –más aún: mi primera noticia del libro había sido al encontrar en mi texto del francés, del Bachillerato, un trozo suyo, el de la pelea en la escuela jugando a caballos y jinetes... Casi cuarenta años después, y al terminar mi colaboración en la traducción de este libro, me he informado mejor sobre el autor y sobre la génesis de El gran Meaulnes, y me he quedado maravillado al ver como se unían la literatura y la vida en él.”

¿Cómo es posible que el prologuista esté describiendo, en sus palabras, mi propia experiencia? Igual que él, yo leí una escena en mi libro de francés del bachillerato; en mi caso, el comienzo del capítulo segundo, en el que el narrador, François Seurel, describe su infancia:

“Antes de que llegara, al acabar las clases a las cuatro, empezaba para mí un largo anochecer solitario.
Entonces, mientras quedaba un poco de luz del día, me iba al fondo del ayuntamiento y encerrado en el cuarto de los archivos lleno de moscas muertas, leía sentado junto a una ventana que daba al jardín.
Cuando ya estaba oscuro y los perros de la granja vecina empezaban a aullar y se iluminaba el cristal de nuestra pequeña cocina, volvía a casa. Mi madre había empezado a preparar la cena. Yo subía tres peldaños de la escalera que iba al desván, me sentaba sin decir nada y miraba cómo mi madre encendía el fuego en la cocina estrecha donde vacilaba la llama de una vela.
Pero llegó alguien que me arrancó de todos esos placeres de niño tranquilo (...) Y ese alguien fue Agustín Meaulnes, a quien los otros alumnos empezaron pronto a llamar «el gran Meaulnes».”


Igual que Valverde, yo guardaba un recuerdo brumoso de mi primera lectura. Con esfuerzo hubiese podido reconstruir el argumento: Seurel, hijo de un maestro rural, y maestro también, narra su infancia y adolescencia escolares, y la llegada de un nuevo compañero, Agustín Meaulnes, un chico inquieto que le saca de su soledad y pronto se convierte en cabecilla de todos los alumnos. Pero Meaulnes va a vivir –y Seurel a través de él– una aventura más misteriosa y mágica que cualquier juego: un día se escapa de la escuela, y descubre, tras haberse perdido, un lugar, un Dominio extraño, una extraña fiesta de niños y ancianos en un caserón, donde se va a celebrar la boda de Frantz de Galais, hijo del dueño, y donde conoce a la joven Yvonne de Galais, de la que se enamora de inmediato. De regreso a la escuela y a la realidad, Meaulnes y Seurel intentarán en vano encontrar el camino que lleve a Agustín a ese lugar perdido y a la joven Yvonne. El tiempo pasa y Meaulnes se marcha a París, a terminar sus estudios. Será su amigo quien descubra cómo llegar hasta Yvonne, y se lo comunique a Meaulnes. Adultos ya, los enamorados se reencuentran: pero la felicidad no será posible. Una antigua promesa hecha a Frantz de Galais, el hermano de Yvonne, obliga a Meaulnes a alejarse de ésta: no la volverá a ver nunca. Yvonne muere al nacer su hija, quien quedará al cuidado de Seurel y en busca de la cual volverá Meaulnes para llevársela, en el final de la historia.
(Decididamente, el resumen de un argumento no dice mucho; no sé siquiera si servirá para orientar a quienes no hayan leído el libro).

Hay un momento a partir del cual uno se inicia en el hábito de la segundas lecturas; creo imposible que eso ocurra en la adolescencia y primera juventud, cuando los libros se devoran y se busca siempre conocer nuevas historias, nuevos mundos. Pero llega ese momento en que se necesita o se quiere el reencuentro con las obras que sabemos, ya de antemano, que no nos van a decepcionar –aunque sin embargo puede suceder que ahora nos defrauden: nuestro gusto ha cambiado y ya no comprendemos por qué ese texto nos pudo emocionar. Se desea así pues repetir una experiencia placentera, o recuperarla del olvido (acaso esto, el darnos cuenta de que vamos olvidando hasta lo que un día nos conmovió, es lo que nos lleva a volver a algunos libros) o se necesita saber más, comprender mejor la obra.

Más de veinte años después, al releer el libro, ilumino sombras, y no obstante otras permanecen. La novela es, en principio, una historia de aventuras y una elegía de la infancia y adolescencia perdidas, y sin embargo va más allá de todo eso, y de ahí la intensidad de las emociones encontradas que produce su lectura. Hay algo que se intuye subterráneo, oculto, en esos sentimientos transmitidos; es muy posible que el autor lo quisiera así: la obra mantiene, incluso tras varias lecturas, un misterio intacto, complejo, y provoca una sensación de extrañeza, de algo inaprensible, con capítulos llenos de sucesos e imágenes casi oníricas; es como navegar por los meandros de un sueño. Sueño y ensueño están en la base de la historia, extremadamente poética, y también sombría, cada vez más crepuscular según se encamina hacia su fin.

La primera parte, que nos narra desde la llegada de Agustín Meaulnes a la casa y a la escuela de François Seurel, hasta su descubrimiento del dominio misterioso donde participará en la fiesta de disfraces, es la más alegre, al presentarnos un mundo de evasión, un ámbito feliz. Pero incluso ya estas vivencias están oscurecidas por la sospecha de su fugacidad: como los sueños. La entrada en la adolescencia supone el principio del fin de la infancia, paraíso del que pronto seremos desterrados. La aparición de las pulsiones sexuales de ese período –que de hecho ya estaban antes, en esa fascinación de los compañeros de escuela por el gran Meaulnes, tan típica de la edad– lleva al deseo del amor, aunque Meaulnes encuentra y pierde de inmediato a la amada, Yvonne de Galais.

En la segunda parte se nos relata la búsqueda del camino hacia el dominio perdido, ya que Meaulnes no sabe dónde está ni cómo llegó allí. En esa indagación le ayuda su amigo Seurel; pronto reaparece, disfrazado de cómico, Frantz de Galais, cuya boda con Valentine, una joven costurera, no llegó a celebrarse en la fiesta donde Meaulnes participó por azar; por ello ha huido de su casa y vaga por el mundo. Frantz es un personaje extraño, desequilibrado, un tanto incomprensible en su actitud, y mientras Seurel es amigo y confidente del protagonista, el joven De Galais se convertirá en una de las fuerzas negativas que desencadenen la tragedia final, al exigir a Meaulnes la promesa de que acudirá en su ayuda cuando le necesite, y al darle una pista falsa sobre el paradero de Yvonne. Meaulnes marcha a París para terminar sus estudios y para intentar, en vano, encontrar allí a aquella. Cuando tanto Seurel como Meaulnes han abandonado la persecución del camino que llevaría hasta Yvonne, el primero consigue, por casualidad, saber de ella e incluso la conoce en persona. De inmediato comunica a Meaulnes la gran noticia. Pero éste parece aquejado de un extraño tormento, un remordimiento misterioso, que el hecho de ver de nuevo y por fin a la señorita De Galais no consigue disipar.

“¿Por qué el gran Meaulnes estaba ahí como un extraño, alguien que no ha encontrado lo que buscaba...?” –se pregunta el narrador, su amigo Seurel– “Esa felicidad, tres años antes, no la habría podido soportar sin espanto, sin locura quizá. ¿De dónde venía, pues, ese vacío, ese alejamiento, esa incapacidad de ser feliz que había en él en ese momento?”.

El reencuentro se produce, pero nada es semejante a lo que Agustín ha preservado con tanto ahínco en la memoria: el dominio misterioso, el caserón donde sucedió la fiesta, han sido vendidos; sus dueños, el señor De Galais y su hija, están arruinados; Frantz no ha vuelto junto a ellos; todo se ha degradado, excepto Yvonne, “la joven más hermosa que pueda haber en el mundo” dice Seurel. “Nunca había visto tanta gracia unida a tanta gravedad. (...) Era la más grave de las muchachas, la más delicada de las mujeres. Una espesa cabellera rubia le caía sobre la frente, y el rostro dibujado con tanta delicadeza, modelado tan finamente (...) En su tez purísima, el verano había puesto dos toques rosados...”.

Finalmente, Agustín Meaulnes parece vencer sus temores y pide en matrimonio a Yvonne; se casan. Pero ya desde el día de la boda la paz y la felicidad de los amantes se presentan precarias, amenazadas por presagios inconcretos (una amenaza que pronto se concretará) y sobre todo, acompañadas de una tristeza que, en realidad, está presente en la historia desde el principio, y va derivando incluso hacia el patetismo (pathos = enfermedad: pues hay algo que se intuye casi morboso en ese sentimiento).

Entonces vuelve a entrar en escena Frantz de Galais; viene a exigir a Meaulnes que cumpla su promesa: debe dejar todo lo que ahora tiene para ayudarle, para buscar a su novia, Valentine, a la que él no consigue encontrar.

“¿Qué pasó entonces en ese corazón oscuro y salvaje?” –se pregunta Seurel refiriéndose a su gran amigo– “Muchas veces me lo he preguntado... ¿Remordimientos ignorados? ¿Miedo de ver desvanecerse de pronto entre sus manos esa felicidad inaudita que tenía tan apretada? ¿Y entonces, tentación terrible de tirar inmediatamente por tierra, enseguida, esa maravilla que había conquistado?”.

En la mañana siguiente a la noche de bodas, Meaulnes abandona a su esposa y marcha a cumplir su promesa; Yvonne, que ve su angustia, su inquietud, el remordimiento misterioso que le aqueja, le exhorta a partir.

François Seurel, que ya es maestro como su padre, se convierte en confidente de Yvonne; ella le informará al poco tiempo de que está embarazada. Yvonne muere al dar a luz, sin que Meaulnes haya regresado y sin que haya tenido la menor noticia de él. Seurel queda al cuidado de la niña. Entonces descubrirá un cuaderno escolar de Agustín, una especie de diario donde aquel revela su secreto: durante su estancia en París, cuando fue a buscar a Yvonne, conoció casualmente a Valentine, y convencido de que no encontraría a la señorita de Galais, entabla con la joven costurera un extraño y deprimente noviazgo que cuando está a punto de acabar en boda se frustra. Ese es el remordimiento que guardaba Meaulnes. El único modo de compensar su falta es reuniendo a Valentine y Frantz.

Y lo consigue: convertido en “un buen mozo barbudo, vestido como un cazador o un furtivo” regresa trayendo a ambos y encuentra a Seurel, la noticia de la muerte de Yvonne, y a su hija.
Y Seurel, que va a quedarse solo, termina así:

Comprendí que la niña había encontrado al fin el compañero que esperaba oscuramente. La única alegría que me había dejado el gran Meaulnes, sabía muy bien que había vuelto para quitármela. Y le imaginaba, por la noche, envolviendo a su hija en un capote y partiendo con ella hacia nuevas aventuras”.

Hermosa, triste y cruel, he calificado esta novela que suele considerarse para adolescentes. ¿Y acaso la adolescencia no es así, acaso los cuentos infantiles no abundan en motivos crueles, y los sueños no son, con mucha frecuencia, una confusa mezcla de imágenes tanto placenteras como terribles?

Sin duda releer El gran Meaulnes en la edad adulta permite una visión mayor, más crítica; pero quien haga esa lectura en la adolescencia no dejará de percibir, intuir el contenido latente que hay en ella, aunque aparezca de modo velado, sugerido, como un esbozo, una bruma.

Para desvelar ese trasfondo oculto, e igual que José María Valverde, el prologuista y traductor, he buscado datos sobre Alain Fournier, el autor, y es cierto que asombra cómo se unen la literatura y la vida en él.

Alain (Henri-Alban) Fournier nació en 1886 en la Chapelle d´Angillon, en una comarca del centro de Francia; su padre era maestro rural. Hizo sus estudios secundarios en París y luego se preparó para una Escuela Naval, que dejó un año más tarde para estudiar Filosofía y finalmente Letras, con el objetivo de dedicarse a la enseñanza; en este último período conoció al escritor Jacques Rivière (casado después con la hermana de Fournier, Isabelle, a la que dedica la novela); ambos autores mantuvieron una importante correspondencia.

A los 19 años, en 1905, y en París, conoce a una joven, Yvonne de Quiévrecourt, en un barco sobre el Sena, de la que se enamora inmediatamente, aunque no habla con ella; lo hará otro día, unos breves minutos; no hubo más; años después supo que se había casado y tenía hijos. Un enamoramiento así puede ocurrirle a cualquiera; pero a Fournier ese encuentro lo deja marcado para el resto de su vida (esa huella, esa obsesión, están en sus cartas, aunque con el tiempo ni siquiera es capaz de acordarse claramente de la imagen real de aquella mujer), y lleva a la figura de esa amada efímera a su gran novela. Tuvo amores reales: Jeanne, una modista, y una actriz casada, Simone. Pero sin duda la realidad no era lo suyo. En 1913, pocos meses después de reencontrar a Yvonne de Quiévrecourt, ya esposa y madre, publica El gran Meaulnes, que tuvo mucho éxito y con los años se convertiría en un clásico de la literatura francesa. En 1914, tras haber sido movilizado como combatiente en la 1ª Guerra Mundial, Fournier muere en acción de guerra. No había cumplido aún los 28 años.
(Sin duda el hombre real, con su muerte prematura, con esa historia de amor imposible y tan fugaz, la sensibilidad exacerbada que se refleja en su obra, su romanticismo descabellado e insensato, es tan trágico y fascinante como los personajes de su escritura).

Volvamos a ésta, a la novela. Dice Jose Mª Valverde: “Al final la tragedia queda vibrando, abierta: un sueño de la adolescencia, un momento alucinado, la entrada en un caserón que parece hechizado, pueden transformar una vida, dejando una herida de nostalgia que no se cerrará nunca, ni aún con el hallazgo del ser amado y buscado”. Pero ¿cuál es la tragedia en la novela, por qué ese tono continuamente elegíaco, desgarrado?¿Por la pérdida, la nostalgia de la infancia? ¿Pero acaso no consigue el protagonista, Meaulnes, ese alter ego ideal del autor –aventurero, fuerte, imperioso– encontrar a la amada perdida, ideal también, ser correspondido por ella e incluso casarse? ¿Es por la muerte de Yvonne?

El propio Fournier explica en una carta a su amigo Jacques Rivière:
“Meaulnes, el gran Meaulnes, el héroe de mi libro, es un hombre cuya infancia fue demasiado bella. Durante toda su adolescencia, la arrastra tras él. Por momentos, parece que todo ese paraíso imaginario que fue el mundo de su infancia va a surgir al final de sus aventuras (...) Pero sabe que ese paraíso no puede existir ya. (...) Ahí está el secreto de su crueldad. Descubre la trama y revela la superchería de todos los pequeños paraísos que se le ofrecen. Y el día en que la felicidad innegable, ineluctable aparece ante él, y le muestra su rostro humano, el gran Meaulnes huye, no por heroísmo, sino por terror, porque él sabe que la verdadera alegría no es de este mundo.”

Y su personaje, Agustín, dice en la novela, poco antes del reencuentro no esperado con Ivonne:
Ciertamente me habría gustado volver a ver una vez a la señorita de Galais, solamente volverla a ver. Pero estoy persuadido ahora de que, cuando descubrí el dominio sin nombre, yo estaba a una altura, en un grado de perfección y de pureza que ya nunca alcanzaré. En la muerte sólo volveré a encontrar la belleza de aquel tiempo...”

La infancia como un espacio, dominio de pureza primigenia, y el amor idealizado tanto como esa edad: amor como proyección de un anhelo, creación de la fantasía, encarnado en el personaje de Yvonne. Ahora bien, ésta cumple a la perfección el anhelo, el sueño. Y de nuevo la pregunta: ¿porqué, entonces, huye Meaulnes? ¿De dónde viene su desasosiego, los problemas morales que le aquejan, esa impotencia fatal para ser feliz?

Sólo yo soy culpable” –dice en la novela Yvonne de Galais– “Piense en lo que le hemos dicho (...) Le hemos dicho: Aquí está lo que has buscado durante toda tu juventud, ¡aquí está la muchacha que estaba al final de todos los sueños! El que empujamos así por los hombros ¡cómo no iba a sentirse invadido de vacilaciones, y luego de temor, y luego de espanto, y no iba a ceder a la tentación de escapar!”
Y Seurel responde:
“–Yvonne –dije muy bajo– sabe muy bien que usted era esa felicidad, esa muchacha.
–¡Ah! –suspiró ella– ¡Como he podido tener por un instante ese pensamiento orgulloso! Ese pensamiento es causa de todo (...) en el fondo, yo pensaba: puesto que me ha buscado tanto y le amo, no podré menos que hacerle feliz. Pero cuando le vi junto a mí, con toda su fiebre, su inquietud, su remordimiento misterioso, comprendí que yo no era más que una pobre mujer como las demás.
–No soy digno de ti –repetía él, cuando amaneció y se acabó nuestra noche de bodas.
Y yo traté de consolarle, de tranquilizarle. Nada calmaba su angustia. Entonces dije: Si hace falta que te vayas, si he llegado a ti en el momento en que nada podría hacerte feliz, si hace falta que me abandones algún tiempo para volver después tranquilo junto a mí, soy yo la que te pide que te vayas
...”

En sus comentarios a la edición francesa (Fayard) de El gran Meaulnes, el crítico Daniel Leuwers opina en efecto que Yvonne de Galais está íntimamente ligada a la infancia considerada como algo maravilloso, y al sueño más que a la realidad; por eso su destino sólo puede ser la muerte: para conservar la maravilla, la pureza de esos sueños amorosos que se fabrican en la niñez y adolescencia; para que el tiempo y la vida no los devasten, los corrompan, Yvonne debe morir: su figura, su ideal, se mantendrán así incólumes, y sólo dejará a su hija, a la que Meaulnes volverá a buscar y a llevarse, porque le devuelve a ese dominio perdido de la infancia. Yvonne es así una víctima expiatoria, que por amor acepta ese sacrificio.

Pero fijémonos no tanto en la idea de “maravilla” como en la “pureza” que identifican, en palabras de Leuwers, la infancia y el amor representado por Yvonne de Galais; y recordemos la descripción de ésta: rubia y blanca, los ojos azules, frágil, casi etérea, “tez purísima”, “perfil tan puro”: es la donna angelicata del Renacimiento, la mujer soñada por los prerrafaelitas[1], y una figura, una representación física y moral que se encuentra a lo largo de toda la historia de la literatura (de la literatura masculina, hay que especificar): desde la amada inaccesible del amor cortés hasta el Romanticismo, en oposición a la mujer carnal, la pecadora, Eva, María Magdalena, Helena de Troya y asimismo un largo etcétera.
(El movimiento prerrafaelita, de finales del siglo XIX, representado en pintura por Dante Gabriel Rosseti, Burne Jones y otros, alcanza en literatura a autores como el italiano D´Annunzio, el poeta colombiano José Asunción Silva, y en España al Valle-Inclán de la Sonata de primavera y Sonata de otoño, y más lejos aún, a Juan Ramón Jiménez en su primera etapa poética; en Francia su apogeo se sitúa entre los años 1885 y 1895; Fournier es un continuador del mismo. El tema lo desarrolla ampliamente Hans Hinterhäuser: “Mujeres prerrafaelitas”, en Fin de siglo: figuras y mitos. Madrid, Taurus, 1980 (pp. 91-121)

Basta leer a un poeta como el español José de Espronceda para hacerse una idea muy clara de lo que estoy hablando: pocas palabras he encontrado como las suyas que expliquen la cuestión con tanta vehemencia como crudeza, aunque sea en verso:

Más ¡ay! que es la mujer ángel caído
o mujer nada más y lodo inmundo
...”
(Canto a Teresa)

Mujeres vi de virginal limpieza
entre albas nubes de celeste lumbre;
yo las toqué, y en humo su pureza
trocarse vi, y en lodo y podredumbre.
Y encontré mi ilusión desvanecida
y eterno e insaciable mi deseo;
palpé la realidad y odié la vida;
sólo en la paz de los sepulcros creo
."
(A Jarifa en una orgía)

La profunda misoginia de estos versos deja poco que añadir; y si bien es cierto que Espronceda lleva al límite esa dicotomía mujer virginal/mujer caída, (hasta el punto de que el crítico Wardropper dijo de él que “sus sueños estaban muy cerca de ser sueños de psicópata”) también lo es que esa oposición se encuentra, aunque sea de un modo más recatado, en Fournier: Yvonne de Galais frente a Valentine, la joven costurera (y antigua novia de Frantz) con la que Meaulnes mantiene una relación amorosa (el autor proyecta con bastante claridad a Yvonne de Quiévrecourt y es fácil sospechar que también a Jeanne, la modista con la cual sus biógrafos dicen que tuvo una liaison, del mismo modo que se transpone a sí mismo en Meaulnes, el héroe al que está destinada la aventura; en Seurel, quien mejor encarna la vida real, el hombre que posiblemente hubiera llegado a ser de no morir; y en el bohemio Frantz de Galais, en el cual las emociones y la infantilidad no están en absoluto refrenadas). Valentine parece ser la excusa para la huida de Meaulnes, que debe ayudar a Frantz y reparar su falta ¿contra el honor de la muchacha? Pero ¿no será que Meaulnes ha traicionado, es infiel de alguna manera a su amor ideal y puro, el de Yvonne, iniciando esa relación con Valentine? ¿No sentiría eso mismo también el propio Fournier en su propia vida?

Y es que, más allá de la oposición sueño/realidad, encontramos otras: una diferencia social entre las dos mujeres, ya que Yvonne pertenece a una clase más elevada que la joven costurera, y, ay, en el amor ideal la clase también cuenta, y sobre todo amor carnal/amor platónico. Creo revelador el hecho de que sea precisamente tras la noche de bodas (momento en que el amor idealizado se transforma en realidad concreta, sexual) cuando Meaulnes huye. ¿No podría entenderse un rechazo inconsciente hacia la sexualidad, derivado de ese complejo de Peter Pan que encadena a protagonista y autor a su infancia? Así, aunque de un modo consecuentemente más infantil también, más pudoroso, Fournier expresa las ideas románticas que en Espronceda son ya de modo cristalino escapismo adulto y misoginia pura y dura. Si las mujeres sólo podemos ser ángeles o demonios, vírgenes o putas, si basta con que el hombre mantenga una relación sexual con la mujer amada para que ésta corrompa su pureza (“Mujeres vi de virginal limpieza (...) yo las toqué, y en humo su pureza trocarse vi, y en lodo y podredumbre”), si la realidad destruye siempre los sueños, entonces sólo la muerte puede liberar de esa vida frustrante (“sólo en la paz de los sepulcros creo”) o redimir a la mujer de su degradación (Hay otro ejemplo muy interesante de este motivo, presentado de modo tan poético como en el caso de Fournier: La dama del alba, de Alejandro Casona). Lo malo es que no somos nosotras las que elegimos esa salida, sino el imaginario masculino. Sáquense las consecuencias oportunas.

Pese a lo terrible, lo cruel que hay en el libro, sé que una y otra vez que lo lea no dejará de conmoverme, incluso de hacerme llorar: por ella, Yvonne de Galais, cuando leo su muerte: allí está sólo Seurel para cargar con su cuerpo escalera abajo de la casa familiar, porque –la realidad está ahí también– no se puede bajar el ataúd por un pasillo demasiado estrecho. “Pronto tengo los brazos rotos por la fatiga. A cada escalón con ese peso en el pecho, estoy un poco más sin aliento (...) sus cabellos rubios me entran en la boca, cabellos muertos que tienen un gusto de tierra. Ese gusto de tierra y de muerte, ese peso sobre el corazón, es todo lo que queda para mí de la gran aventura, y de ti, Yvonne de Galais, muchacha tan buscada, y tan amada...”; por Seurel, ese triste maestro en un triste, gris, perdido pueblo de provincias, narrador, espectador de un drama de otros (su propio drama, su amor secreto por Yvonne quedan delicada, discretamente relegados). Y sin duda también porque, al tratar de la materia de los sueños, la historia nos deja, terminada la lectura, la melancolía, la tristeza profunda de confirmar que hacerlos realidad es imposible.

Lola Robles, 2005
(Este artículo fue publicado en: INTERSUBJETIVO: revista de psicoterapia y salud, vol. 7, núm. 1 (jun. 2005), p. 107-115)

(Posteriormente a la publicación de este artículo localicé la edición de El gran Meaulnes en la colección Reno, de Ediciones G. P., con traducción de Gerardo Silva, cuya portada aparece como ilustración a este artículo)

Referencias bibliográficas:
Alain Fournier. El gran Meaulnes. Esplugas de Llobregat, Barcelona, Ediciones G. P., 1976 (Libros Reno, 551) de Gerardo Silva.
Alain Fournier. El gran Meaulnes. Barcelona, Bruguera, 1983 (Libro amigo). Prólogo de José María Valverde. Traducción de María Campuzano y José María Valverde.
Alain Fournier. El gran Meaulnes. Madrid, Cátedra, 2000 (Letras Universales, 292). Edición y traducción de Juan Bravo Castillo.

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