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14 de septiembre de 2008

AUTORAS ESPAÑOLAS DE CIENCIA FICCIÓN


¿Por qué las narradoras españolas no han escrito apenas ciencia ficción? En principio, porque en España no ha existido una tradición importante de cultivar el género, que ha tenido un desarrollo mucho más amplio en los países anglosajones, aunque también en algunos de lengua hispana como Argentina o México. Sin embargo, sí ha habido en nuestro país un número suficiente de autores como para hablar de una ciencia ficción (CF) autóctona, y en determinados momentos muy interesante: por ejemplo de finales del siglo XIX hasta los años treinta del XX -hasta la 2ª República-, una serie de escritores anarquistas y socialistas abordaron la literatura de anticipación y de crítica social, mediante la utopía libertaria: prácticamente olvidados hasta hoy, sus obras están empezando a recuperarse, pero entre ellos no hay ninguna mujer.

Lo que sí ha existido en España es una gran afición lectora, que se desarrolla sobre todo a través de revistas especializadas y antologías de relatos. Pero todo parece limitarse a un círculo reducido -y cerrado, hasta el punto de convertirse en guetto- de lectores muy adictos que sólo se comunican entre sí, y autores que escriben para ese círculo. ¿Por qué? Como aficionada que comparte el entusiasmo y la fidelidad de los míos por la CF, me temo que se la sigue considerando un subgénero de escasa o nula calidad literaria, pura evasión para un público juvenil, o demasiado centrada en el tratamiento de los temas científico-tecnológicos, y, desde luego, con un inconfundible sabor americano, espejo directo del cine, donde, salvo honrosas pero escasas excepciones, pocas son las películas que no sean acción y aventuras Star Wars. Esa consideración de la CF como una narrativa aparte, inferior a la literatura general (la “gran literatura”) no se da sin embargo en otros géneros como la novela negra y policíaca, acaso porque se sabe que éstas son, al menos, de adultos. Más aún: es frecuente que la generalidad del público ni siquiera tenga claros los límites del género de CF, y considere como tal cualquier argumento que salga del realismo estricto: desde Harry Potter a Drácula.

Entonces ¿qué es la ciencia ficción, ese género del que pueden encontrarse antecesores tan antiguos como Tomás Moro o Cyrano de Bergerac, aunque su gran desarrollo, su época más propia, ha sido el siglo XX -no sabemos qué pasará en éste?

Definir la CF siempre ha sido difícil: abarca un conjunto demasiado amplio y heterogéneo de obras. Anticipación del porvenir, ficción especulativa no sólo sobre ese futuro -en su desarrollo científico y tecnológico, pero también político, social, humano-, sino sobre otros mundos, otras dimensiones de la realidad. “No parece haber género mejor equipado que la ciencia ficción para explorar el inmenso continente de lo posible”, decía J. G. Ballard. “Literatura del extrañamiento cognoscitivo”, define el crítico Darko Suvin: extrañamiento porque elige una ubicación espacio-temporal y unos personajes radicalmente distintos del marco empírico de la literatura naturalista; cognoscitivo porque se trata de justificar racionalmente lo extraño. Ese intento de verosimilitud científica o racional delimita el género, y lo diferencia y separa del resto de la literatura fantástica. En las obras de fantasía –desde los cuentos de hadas a las novelas góticas, desde El Señor de los Anillos a las igualmente voluminosas trilogías de la serie Dragonlance- se nos presentan mundos que de antemano sabemos que pertenecen al ámbito de lo irreal, irracional o maravilloso; en Frankenstein, sin embargo, considerada la primera obra de ciencia ficción contemporánea -aun mezclada con el género de terror- Mary Shelley escribe una historia en la que los conocimientos científicos de la época sirven para hacer creíble lo fantástico.

Incluso los menos aficionados al género podrían recordar ejemplos de su capacidad profética: Julio Verne, cómo no; los robots de Capek; la clonación... Cierto que otras invenciones se han quedado en tales: la máquina para viajar en el tiempo, acaso uno de los deseos más reincidentes del ser humano, y que ha dado lugar a las historias más seductoras. Y sin duda también la verosimilitud científica es muchas veces una mera convención más que un intento riguroso. Pero ¿no ocurre lo mismo con otros géneros como la novela histórica, donde los autores se permiten asimismo todo tipo de licencias e inexactitudes? En su espléndido prólogo a las Crónicas marcianas de Ray Bradbury -una de las pocas obras de CF reconocidas por su calidad literaria fuera del género- J. L. Borges se pregunta: “¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo “fantástico” o a lo “real”, a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte”.

Precisamente las Crónicas marcianas son un ejemplo de ciencia ficción no científica, por completo inverosímil: y sin embargo es imposible no dejarse conmover por esa parábola en que los marcianos, los alienígenas, son los extraños, y al mismo tiempo, nosotros mismos.

Pero volviendo a mi pregunta ¿por qué las narradoras españolas no se han dedicado apenas a la ciencia ficción?, nos encontramos con un obstáculo añadido a la escasez de una tradición propia y al desconocimiento del género en nuestro país. Y es que, incluso en la literatura anglosajona, donde tiene su origen la CF contemporánea y además con una obra escrita por una mujer, Mary Shelley, las autoras han sido una minoría durante gran parte del siglo XX. Sólo a partir de los años sesenta (aunque hubiera autoras en las décadas anteriores: para una cronología es imprescindible el prólogo de Pamela Sargent a la antología Mujeres y maravillas) las escritoras acceden a la CF en un número ya destacable.

En España, sin embargo, ni siquiera durante la segunda parte del XX se produce ese aumento. A lo largo del siglo, sin duda la fuerza de la tradición realista en nuestra literatura es tan aplastante que apenas deja lugar para un género como éste. Pero aun teniendo en cuenta el escaso número de escritores que lo cultivan, no deja de sorprender que entre ellos no haya prácticamente ninguna mujer que publique con asiduidad hasta los años 80: será Elia Barceló. Antes de ella, las pocas incursiones de las autoras españolas en la CF se limitaban a una o como mucho dos o tres narraciones cortas, o novelas juveniles.

Sí hay una escritora que publicó más, María Guera, (en colaboración con su hijo Arturo Mengotti), de 1968 a 1971. Guera y Mengotti son autores de casi una docena de relatos (aparecidos en Nueva Dimensión, una revista fundamental para la difusión de la CF en España), de estilo un poco antiguo y algo ampuloso, pero con una notable imaginación y unos argumentos -cercanos al terror- muy originales; merecería la pena reeditarlos, y saber más acerca de esa colaboración literaria madre-hijo (las colaboraciones son muy frecuentes en el género, casi siempre por parte de matrimonios, y en algunos casos queda la duda de si ciertas autoras no se han visto obligadas a escribir junto con sus maridos para poder publicar, o la sospecha de que hayan sufrido el síndrome María Lejárraga: valga la pena como ejemplo Catherine L. Moore, una escritora estadounidense muy prolífica, pero alguna de cuyas obras en colaboración han sido publicadas sólo con el nombre de su marido, Henry Kuttner).

También hay que mencionar a autoras catalanas (es en Cataluña donde parece haber existido un mayor interés por el género, reflejado no sólo en un porcentaje más numeroso de autores y autoras, sino también en el hecho de que gran parte de las editoriales de ciencia ficción han tenido su sede en Barcelona): Montserrat Galicia, ejemplo de escritora de ciencia ficción juvenil; Montserrat Julió, que publica una novela de anticipación, Memorias de un futuro bárbaro (1976); Rosa Fabregat, con Embrión humano ultracongelado núm. F-77 (1975); y Teresa Inglés, que representa ese caso de una autora de evidente calidad (tiene un relato magnífico, "El jardín de alabastro" (1977), e incluso una pequeña pieza de teatro de ciencia ficción, "Complemento: un hombre: fábula didáctica en dos actos y un epílogo" ) pero cuya obra se queda en ciernes; y Blanca Martínez, que vive y ha publicado en México un libro de relatos, Cuentos del Archivo Hurus (1998), y una novela, La era de los clones (1998).

Pero lo que se echa de menos al hacer esta revisión de las escritoras españolas que han abierto camino a las más jóvenes es la presencia de una autora que haya escrito una obra lo suficientemente sólida y continuada para servir de algún modo como referente de las nuevas creadoras: en lengua castellana, sólo la argentina Angélica Gorodischer, nacida en 1929 y cuya producción abarca tanto novelas como relatos, alcanza esa categoría de autora consagrada en el género fantástico. Por otra parte apenas encontramos escritoras de literatura general que hayan abordado el espacio de la CF aunque sea ocasionalmente (incursión que sí se da con frecuencia en la literatura anglosajona): uno de los pocos intentos es Temblor, de Rosa Montero, aunque se trata de una novela de fantasía más que de ciencia ficción.

No obstante, ya he anticipado que a partir de la década de los 80 encontramos a una autora que empieza a publicar regularmente, y que sin duda se ha convertido en la más reconocida de las nuevas creadoras. Elia Barceló, alicantina, profesora de Literatura española en la Universidad de Innsbruck, Austria, tiene un buen número de cuentos y artículos editados en revistas y fanzines especializados; un libro de relatos, Sagrada (1989); y dos novelas cortas: El mundo de Yarek (Premio Internacional UPC de ciencia ficción 1993) y Consecuencias naturales (1994). De hecho, no resulta arriesgado decir que Barceló es la escritora española de ciencia ficción más destacada del siglo XX, y que, a comienzos del XXI, sigue estando, si no sola, sí a muchos volúmenes publicados de distancia del resto de autoras actuales.

Que son pocas, además. La historia se repite: la práctica mayoría de los libros que he ido recopilando para escribir este artículo son novelas cortas o antologías de relatos donde raramente se incluye a más de una mujer. Puedo citar a Georgina Burgos Gil, Mercé Roigé, Adolfina García, Susana Vallejo, Luna García y García, Alejandra Medina, Susana Sussmann... Casi todas estas autoras son noveles, y es muy posible que no logren publicar de nuevo más allá de esa novela corta o esos pocos relatos. Ni siquiera es fácil localizar sus datos biográficos, su fecha de nacimiento o su nombre auténtico, si escriben con seudónimo. ¿Descuido de los editores, o desinterés de las propias creadoras, mucho menos frecuente, por cierto, entre los escritores varones?

Carme Abella (de nuevo una autora catalana), con quien contacté tras la lectura de su relato “Melas, el zafiro de poniente”, incluida en la antología Visiones 2000, de la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción, y sobre todo de su novela corta Terra non descoperta, un texto muy interesante y con un argumento muy original dentro de la CF, que aborda el tema de los sueños y la realidad, me comenta “durante un tiempo intenté colocar alguno de mis relatos en diversas editoriales, pero el tipo de género y el ser yo una completa desconocida no me abrieron ninguna puerta y desistí de mi empeño". Con estas palabras explica la situación de las nuevas autoras que intentan acceder al mundo editorial. Evidentemente, su lucha no es muy distinta de la que vive cualquier escritor o escritora novel, sea cual sea el tipo de literatura que elija. Pero en el caso de la CF, hay un problema más: las editoriales siguen prefiriendo publicar autores anglosajones, y raramente apuestan por la ciencia ficción escrita en castellano. Sobre todo las editoriales grandes, con más capacidad de difusión: Timun Mas, Minotauro, Martínez Roca, Bruguera, son un territorio vedado a españoles; otras, también de las poderosas, como Ediciones B o Ultramar, sí se han atrevido -pero excepcionalmente- a incluir en sus colecciones especializadas a creadores de nuestro país: por ejemplo Elia Barceló publica su libro de relatos Sagrada en Ediciones B.

Así, para las autoras que empiezan las posibilidades de publicar se reducirían a las editoriales más modestas (tipo editorial Miraguano con su colección Futurópolis, que dedicó sus últimos números a la ciencia ficción española) o a intentarlo de la mano de editores independientes. Y, sobre todo, a incluir relatos en las revistas y fanzines especializados, que parecen haber sido y ser aún, en España y en los países anglosajones, un imprescindible camino de iniciación para muchos creadores del género. Eso sí: quiero señalar aunque sea de paso que no estoy hablando de comenzar escribiendo relatos para terminar en la novela: muy por el contrario, uno de los mayores méritos de la ciencia ficción es la importancia que le da al relato, y el buen puñado de autores de calidad que lo han cultivado, entre ellos escritoras como James Tiptree Jr. (seudónimo de Alice Sheldon), Ursula K. Le Guin o Angélica Gorodischer.

Claro que ocurre que estas aventuras editoriales independientes y las revistas y fanzines suelen tener -salvo escasas y admirables excepciones- una vida corta, y además llegan a convertirse en un maremágnum donde sólo los muy aficionados pueden navegar sin problemas. De no serlo -y lo digo por experiencia propia- quien intente encontrar un espacio de publicación ha de realizar una labor casi detectivesca para simplemente localizarlo.

Esta escasez de posibilidades de publicar me lleva a otra pregunta, quizás la más importante: si las grandes editoriales apuestan por lo seguro, editando única o fundamentalmente a autores anglosajones, ¿no se deberá que la mayoría del público lector prefiere a éstos por algún motivo, que no tiene por qué ser la calidad literaria?

Me atrevo a dar una respuesta personal: durante muchos años yo también he leído en exclusiva a los grandes autores extranjeros, y no me ha sido fácil adentrarme en la CF española. Y es que, como lectora, antes de interesarme en su estudio crítico, la ciencia ficción fue un mundo de evasión pura: difícilmente podía así aceptar una historia que sucediera en Madrid, por ejemplo, en vez de en Nueva York o Marte, o personajes que se llamaran de Marta o Pablo o Rodríguez. Desde luego las editoriales tampoco se han esforzado mucho en acercar la ciencia ficción española a sus lectores, demostrándoles que puede ofrecer la misma capacidad imaginativa que la de fuera: y de ese modo estamos en un círculo vicioso.

Nos queda Internet, por supuesto. La Red es un espacio ideal para la CF, y así lo demuestra el gran número de sitios web dedicados a la difusión de la misma: una auténtica gozada para los adictos. Como vía alternativa de publicación, sus posibilidades son también muy alentadoras, aunque estén comenzando a explorarse. Falta todavía que un público mayoritario se acostumbre a buscar, explorar y leer en el medio electrónico, y a aceptar que ese medio es totalmente compatible con el libro tradicional. Para las autoras noveles, Internet ofrece una libertad casi total, si recordamos ese camino de obstáculos ya mencionados que supone el intento de publicar en las editoriales de papel.

Susana García, una autora barcelonesa que escribe relatos de CF (uno de ellos, “¿Evolución?”, publicado en la antología Visiones 2000) me cuenta que ha llevado a la Red cuentos y hasta una historia por capítulos, Crónicas aeroespaciales. Asimismo codirige de forma aficionada, desde 1998, una revista de escritura creativa, NITECUENTO, viejo recurso de los autores que empiezan, pero que siempre supone mucho esfuerzo y trabajo, y una apuesta sincera por la escritura.

Igual que Susana García se embarca en la empresa de publicar una revista de escritura creativa, Pily B. (Pilar Barba Lara), también autora de relatos, tiene su propia página web dedicada a la ciencia ficción y fantasía: NGC 3660, donde publica sus cuentos. También ha publicado en forma de autoedición una novela, X indefinida, con argumento basado en la serie Star Trek.

Creo además que el ciberespacio no sólo es un lugar totalmente abierto para quien desea publicar, sino que cambiará la forma de escribir: ciberliteratura, hipertexto, son términos que ya no nos suenan tanto a ciencia ficción. La Red supone un más allá de la forma de escribir tradicional, de las palabras en líneas rectas y páginas numeradas: el hipertexto es un nuevo paisaje, una retícula de hebras y enlaces, conexiones, con la posibilidad de convertirse en un producto multimedia e interactivo. En su obra de ensayo Ceros + Unos: Mujeres digitales + la nueva tecnocultura, la ciberfeminista estadounidense Sadie Plant crea precisamente un hipertexto para desarrollar estas ideas. Ceros + Unos reflexiona sobre la relación entre las mujeres y la técnica; no es un texto de fácil lectura, pero su audacia formal me parece indispensable, en este tiempo cibernético, y vale tanto para el ensayo como para la ficción.

Pero ¿hasta qué punto interesan a las escritoras españolas de CF los avances tecnológicos como vehículo y nuevo espacio narrativo, o como tema de su obras? ¿Nos interesa realmente especular sobre las posibles consecuencias, negativas o beneficiosas, de la técnica y de la ciencia? Es cierto que la CF casi nunca es científica, y que la ciencia y técnica reales no deben servir como pauta para juzgar lo que al fin y al cabo es sólo literatura, y que, de hecho, ha dado a luz las especulaciones más disparatadas. También es verdad que hay una parte del género que reflexiona sobre temas sociales, políticos y de relaciones humanas, y ha dado lugar a obras como 1984 de George Orwell, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, o casi toda la producción de una autora tan prestigiosa como Úrsula K. Le Guin.

El ¿problema? está en que siempre se ha dicho que las mujeres, como autoras de ciencia ficción, preferimos invariablemente este último tipo de temas. No puede negarse: ciencia y tecnología han sido durante muchos siglos tradicionales dominios masculinos de pensamiento y actividad, y sólo cuando nosotras podamos acceder plenamente a ellos pasarán a formar parte también de nuestro imaginario.

Me preocupa casi más echar de menos, en los productos de esa imaginación literaria de las mujeres al abordar la ciencia ficción, subgéneros como el ciberpunk, corriente estética inaugurada por William Gibson con su novela Neuromante (1984), y que une elementos de la novela negra, la música y el cine, para presentar una sociedad -reconocible, futuro inmediato y casi siempre oscuro- dominada por la informática. Universo ciber: ciberespacio, cibernauta, cibersexo; y ciborg: "A finales del siglo XX -nuestra era, un tiempo mítico-, todos somos quimeras, híbridos teorizados y fabricados de máquina y organismo; en una palabra, somos cyborgs", dice Donna Haraway, en su Manifiesto para cyborgs, un texto bastante críptico y sin duda raro. Esa cualidad, la rareza, puede adaptarse muy bien a la ciencia ficción y literatura fantástica, y dar lugar a obras tan personales -y que desbordan toda clasificación de género- como la de Ángela Carter en lengua inglesa. En España sin embargo sólo encuentro como ejemplo actual de autora de culto, singular y rara, a Pilar Pedraza, con su literatura gótica desde luego nada convencional. ¿Un ejemplo difícil de seguir? ¿El mundo editorial de nuestro país no es en absoluto propicio para las extravagancias, lo diferente, o es que las autoras seducidas por lo fantástico no se atreven a serlo?

Sí hay una particularidad muy destacable en la ciencia ficción escrita por autoras españolas, y que se encuentra asimismo en la CF anglosajona: el tratamiento del tema del género. En realidad no podía ser de otro modo. Las escritoras en lengua inglesa descubrieron ya hace mucho que la CF es un espacio ideal para especular sobre un futuro distinto para las mujeres, para presentar alternativas al mundo patriarcal y a los valores culturales y la sexualidad institucionalizados. De ese modo, las escritoras han revolucionado un género que, cultivado por varones, no se ha caracterizado precisamente por su fervor feminista, y muy por el contrario ha presentado a las mujeres mediante los más consabidos estereotipos.

En la ciencia ficción española actual he encontrado dos novelas cuyo tema central es el género: Consecuencias naturales, de Elia Barceló y Planeta hembra, de la madrileña Gabriela Bustelo (autora también de la novela Veo, veo).

Barceló, que ya había mostrado su interés por cuestionar y subvertir los estereotipos de género en los relatos de Sagrada, relata en Consecuencias naturales el encuentro de una nave terrestre con habitantes de otro planeta, Xhroll, un mundo donde, respecto a las mujeres y varones, nada es lo que parece. Se trata de una historia divertida y ligera, sin excesivas pretensiones literarias.

Por su parte Gabriela Bustelo presenta, en Planeta hembra, un futuro terrestre donde las mujeres -las Hembras- han tomado el poder y sometido a los varones, que intentan rebelarse. Esta inversión social es un planteamiento ya conocido en la ciencia ficción, igual que otros motivos que aparecen en la novela, como la prohibición de los libros y el arte, o la sustitución de la reproducción humana natural por la ingeniería genética. Pero lo que se podría entender en principio como una parodia de la sociedad pasada y actual -mostrando su absurdo precisamente a través de ese método de inversión- no parece ser la novela sino una crítica, velada y ambigua, a un feminismo mal entendido -es decir, como versión opuesta, pero idéntica en el fondo, del machismo. El problema está en que ese no entendimiento se encuentra en la mente de la autora, que nos describe unas mujeres poderosas bastante inverosímiles: clónicas, yuppies, adineradas y ¡lesbianas por obligación! En fin, la novela es un ejemplo de la ley de Sturgeon: cuando a este autor del género le preguntaron por qué abundan en la CF tantas obras de mala calidad, respondió: “bien, el noventa por ciento de todo es basura”.

Para que exista ese diez por ciento de obras de CF con la suficiente calidad literaria sería necesario, entonces, que hubiera un número mucho mayor de narradoras jóvenes dedicadas al género. Para que se diera ese aumento de escritoras, la ciencia ficción debería ser más conocida por las lectoras, y más importante aún, que encontrasen en ella elementos y temas que interesaran a su imaginación especulativa. Tendría que liberarse de ese lastre de ser considerada literatura marginal, género menor, juvenil o masculino. Aventurarse en un género tan mal conocido y prejuzgado no es fácil, sobre todo en un país de rancio abolengo literario como el nuestro.

Aunque no resulta fácil incluir aquí mi propia visión como autora de ciencia ficción, sí me interesa reivindicar, no sólo ya como lectora aficionada, las posibilidades del género. Para mí, ese ir más allá de la realidad conocida, de las creencias aceptadas, es lo que seduce de la CF. La libertad que ofrece a la hora de imaginar es, si no absoluta –nunca puede serlo- sí lo suficientemente tentadora. Acaso cuando en nuestro planeta apenas nos queda ya nada por explorar, los humanos necesitemos buscar un nuevo marco para nuevas aventuras. Muy posiblemente el crear todo un mundo, aunque sea en la ficción, produce un placer divino. Acaso también la CF sigue siendo una evasión de la realidad para quienes se sienten a disgusto en ella. Pero otras veces su carácter de literatura marginal, que le ha permitido ser profundamente crítica con la sociedad y los valores institucionalizados, es lo que lleva a servirse de ella como vehículo de reflexión y subversión social –aun a riesgo de caer en ocasiones en posturas excesivamente didácticas, maniqueas o moralistas.

No obstante, he sufrido en carne propia todas las dificultades que en nuestro país parecen inherentes al género. Cuando en 1999 publiqué La rosa de las nieblas, una novela perfectamente clasificable en el subgénero de fantasía épica, buena parte del público lector me dijo que “la novela le había gustado porque no era de ciencia ficción”. También me preguntaron si “me pensaba dedicar ya siempre a eso”. Les tranquilicé diciendo que no me considero ni quiero ser una escritora exclusivamente especializada en CF. De hecho, La rosa de las nieblas es sobre todo una novela de aventuras y de viaje, no sólo geográfico sino también humano, hacia los otros desconocidos, en un mundo donde culturas y gentes distintas no sólo deben pelear sino entenderse. De cualquier modo, estoy convencida de que sí seguiré utilizando el marco de la CF para escribir.

Comprendo que el panorama que he descrito no resulta muy alentador; no es fácil tampoco hacer previsiones sobre el futuro del género, por mucho que la ciencia ficción, precisamente, trate siempre de anticiparlo. De modo que sólo me siento capaz de terminar, igual que empecé, con otro interrogante: ¿perdurará el género en el siglo XXI, ese porvenir del que tanto nos ha hablado la CF y que ya está aquí? Y ¿nos interesará a las narradoras españolas rescatar de la marginalidad el género, y dejarnos llevar por todo lo que la ciencia ficción tiene de inquietud, de sueño y de maravilla?

Lola Robles(Este artículo, escrito en 2003, fue publicado en el libro Mujeres novelistas: jóvenes narradoras de los noventa, antología coordinada por Alicia Redondo Goicoechea (Madrid, Narcea, 2003)

(Podéis encontrar más información sobre las obras de todas estas autoras en la Bibliografía de escritoras de ciencia ficción)

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