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6 de julio de 2018

"EL ÚLTIMO SUEÑO", DE GUILLEM LÓPEZ


Guillem López
El último sueño
Barcelona, Minotauro, 2018. 397 páginas.

He terminado hace pocos días la novela El último sueño de Guillem López. Tenía muchas ganas de leer algo suyo, de modo que empecé por su última publicación.

La novela me ha gustado mucho, tanto la historia como el estilo, y no ha defraudado mis expectativas. Se trata de una “fantasía industrial” (que también podría llamarse “fantasía urbana”) para público adulto, al estilo de China Miéville, autor por el que tengo especial interés. Aprovecho para recordar mi planteamiento de que los géneros no son meras etiquetas, aunque esté tan de moda plantearlo así. La fantasía o lo maravilloso, por ejemplo, bien utilizada como en este caso, tiene sus ventajas frente al realismo o incluso a la ciencia ficción: se abre a un mayor desarrollo imaginativo sin las limitaciones de lo mimético en el primer caso o lo racional-posible en el segundo. Que haya más alternativas para la imaginación no quiere decir que esta pueda  desenfrenarse sin más como caballo desbocado, porque sigue siendo imprescindible la coherencia interna. Estamos además ante una obra en la que la fantasía tiene mucho de especulación y de contenido social, algo poco frecuente en el género. La ausencia de referentes determinados permite distintas lecturas metafóricas: al no ceñirse a unas circunstancias concretas de tiempo y espacio, el simbolismo se aplica a situaciones en abstracto, no en particular, lo que nos llevaría a reflexionar sobre las ideas que la narración propone, tal vez sin tantos prejuicios como tenemos ante ciertos hechos históricos y sociales de nuestro mundo.

Voy a comentar a qué obras y autores me recuerda la escritura de Guillem López en El último sueño, lo cual no quiere decir que esas influencias sean ciertas: es lo que yo asocio según leo, nada más. He pensado, desde luego, en China Miéville, que también escribe fantasía adulta y urbana, reflejando en ella claramente su pensamiento político.

Hay algo asimismo en la escritura de este libro que me hace pensar en Pilar Pedraza, por dos cosas: Pedraza plantea igualmente cuestiones sociales que le/me preocupan y destaca por su libertad creativa, un escribir lo que ella quiere, sin preocuparse de intereses comerciales, objetivo admirable en estos tiempos tan interesados por el marketing.

No sé si le va a gustar a López el que le compare con el escritor alicantino Gabriel Miró. En principio puede pensarse, y con razón, que la ideología de Miró es muy distinta a la de Guillem López. Pero el disfrute que me produce leerlos me resulta muy similar, pues creo que trabajan el lenguaje como una materia moldeable y densa, dando como resultado un estilo que a mí me gusta mucho, ya que me atrae el lenguaje bien elaborado, de ahí mi predilección por escritores como Miró, Ángela Carter o Javier Quevedo Puchal. Por cierto que leer a Gabriel Miró, pese a que su narrativa hoy nos pueda resultar un poco arcaica, es un auténtico goce: una sensualidad que lo llena todo.

He tenido que rendirme eso sí ante la evidencia de que El último sueño es un reverso oscuro, muy oscuro, muy siniestro, de una obra que siempre me ha fascinado a la vez que inquietado, porque ciertos cuentos infantiles son ambivalentes y mezclan lo maravilloso con un oculto terror. Estoy hablando de Peter Pan de J.M. Barrie.

Aviso: a partir de aquí hay spoilers. Yo me he educado en una época en que no se daba tanto problema con estos, siempre que no se tratara de desvelar secretos de la trama sino de interpretar esta.

Aquí hay Niños Perdidos, hay un País de Nunca Jamás que tiene muy poco de idílico y para colmo se llama Paraíso, hay una Wendy que no cumple para nada el estereotipo de la mamá diminuta, hay un Peter Pan más patético todavía que el niño prepotente que no quería crecer y hay un Capitán Garfio que da también mucha pena. Muy propio del autor, me parece, el tomar la historia de Barrie y, supongo, sobre todo la película de Disney para demolerla.

El estilo, ya lo he dicho, es denso, con su puntito barroco; conviene leer con lentitud y disfrutando. Los personajes. Yo diría que están bien creados, son verosímiles y hasta muy realistas, algo desde luego perfectamente posible aunque pertenezcan a lo maravilloso. Como narración, la estructura de dos historias paralelas y de misterios que se van desvelando me ha gustado. No me importa que no haya más experimentos con el tiempo interno de la narración ni más invenciones técnicas. No las necesito.

Me ha interesado, sobre todo, el contenido social de la obra y la manera en la que el autor, ya he dicho que usando como herramienta la libertad que da el género de lo maravilloso, metaforiza situaciones pasadas, presentes o posibles de nuestro mundo. Me encajan bien simbolismos como el del zigurat. Le podría buscar un buen número de referentes a muchos de los elementos que aparecen en la historia, aunque solo nombraré algunos de esos elementos. Hay bandas juveniles callejeras, llenas de niños y adolescentes marginados e inadaptados. Hay feministas furiosas como deben serlo: cuanto más furiosas, mejor, que tienen sus buenos motivos. Hay elites que manejan el poder en la luz o en la sombra. Aparece esa religión primitiva, incluso arcaica, que es muy común encontrar en obras de fantasía (pienso por ejemplo en Temblor de Rosa Montero, novela muy recomendable,  creo que la escritora no se dejó llevar en ese caso por imperativos comerciales, y se nota). Hay diferencias sociales tan sangrantes como lo han sido siempre a lo largo de nuestra Historia. Asistimos a una revolución incipiente y llena de rabia que se encuentra con el problema de todas, la dificultad para que los revolucionarios sean capaces de ponerse de acuerdo en el camino a tomar y las alternativas que desean. Hay intrigas palaciegas de los poderosos para que todo cambie pero todo siga igual. Hay un personaje cuyo sexo/género híbrido, inter o trans queda en la ambigüedad y eso me gusta, porque tampoco hay más vueltas que darle.

El último sueño nos presenta un mundo en proceso de cambio, desde un presente intermedio entre un pasado que se sospecha mágico a la vez que poderosamente matriarcal y un futuro en el que la energía que lo mueve todo, la kamé, ha de ser sustituida, por agotamiento, por una forma nueva, que dará origen a una sociedad nueva asimismo, basada no ya en fuerzas sobrenaturales sino en… el dolor. Puro capitalismo, puede concluirse salvo si el capitalismo nos parece estupendo.

No obstante, la lucha entre esperanzas, primaveras revolucionarias y poderes que parecen inamovibles seguirá desarrollándose, como siempre y como aquí, en nuestra realidad. Habrá sueños truncados, pero que nunca se desvanecerán del todo.