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27 de septiembre de 2015

“DÉJAME ENTRAR”, DE JOHN AJVIDE LINDQVIST

Déjame entrar
2005
Traducción al español para la editorial Edhasa, 2008, de Gemma Pecharromán Miquel. 455 páginas.

Tres son los temas que más me han interesado de la espléndida novela de terror fantástico escrita por el autor sueco John Ajvide Lindqvist, de la cual hay dos adaptaciones cinematográficas bien conocidas, una sueca y otra estadounidense. Yo he visto la sueca, una película muy buena, dirigida por Tomas Alfredson, de 2008, pero creo que precisamente por ello hay que ir al libro, que es todavía mejor. Ha sido una de las lecturas que más me han  impresionado últimamente. Lindqvist vino al Festival Celsius de terror, fantasía y ciencia ficción de Avilés de este año 2015, y me gustó mucho cómo habló, y ya que tenía pendiente leer este libro suyo, aproveché la ocasión para llevármelo con su firma y luego tuve la suerte de encontrar el audiolibro.

Estos tres temas son la monstruosidad, en este caso femenina, y muy vinculadas a ella, la ruptura del binarismo de género supuestamente natural varón/mujer, y la violencia.

Hay dos protagonistas principales, aunque aparezcan otros personajes importantes: Oskar y Eli. Eli es monstruosa (voy a usar el femenino) por tratarse de una vampira, una depredadora que necesita de la sangre de otros humanos para sobrevivir. Además, su identidad de género no es la normalizada, ni siquiera queda clara del todo. Se trata de una monstrua o un monstruo, se mire por donde se mire, desde su cuerpo hasta su mente, ya que no tiene ningún problema en matar para sobrevivir.

El tema de la monstruosidad es fundamental en la historia, pero me gustaría incidir más en el de  la violencia, que  llega a ser verdaderamente extrema, atroz. ¿Pero solo la de los asesinatos? Hay una violencia económica y social que se nos deja ver incluso en esta Suecia rica y próspera, ejemplo de la Europa del bienestar. Nos encontramos en un suburbio cerca de Estocolmo, y allí también hay marginación, del mismo modo que puede aparecer el horror de unas muertes escalofriantes e inexplicables, y hasta lo fantástico, esa brecha en nuestra realidad que nos amenaza, tal vez porque nunca la esperaríamos en un espacio tan realista, desolado y triste.

Aparece el problema  del acoso escolar, muy bien tratado, cuyos límites no se reducen solo al colegio ni se circunscriben a agresores y agredido, sino también a quienes los rodean, a los que no quieren ver lo que sucede o hasta sonríen divertidos; implica a los padres y la educación que dan, y a toda una sociedad no menos agresiva verbal, corporal y moralmente que sus cachorros.

¿Quién es el mayor monstruo aquí, la criatura vampírica que al fin y al cabo no es responsable de su propia condición, aunque bien es cierto que otros personajes, cuando se ven abocados a ese destino, toman otras decisiones? ¿Un sistema  económico extremadamente injusto, una sociedad que margina a los que considera diferentes? ¿Los acosadores escolares o ese entorno que, al igual que ha ocurrido hasta hace muy poco con la violencia machista, consideraban este asunto como algo privado y sin demasiada importancia? ¿Cómo  no  comprender a Oskar, su soledad y su desamparo, y su relación con Eli, tan solitaria y marginada como él? ¿Cuándo es legítima la violencia y cuándo ilegítima?

Aviso a los espíritus y estómagos sensibles, porque la novela es dura. Pero yo no dejaría de leerla por eso. Más dura es la realidad, resulta obvio.      

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