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8 de marzo de 2009

MIGUEL STROGOFF, DE JULIO VERNE


Hace unos días y por motivos que no vienen al caso, tuve que revisar la bibliografía de Julio Verne, y recordé, cómo no, los buenos ratos de mi infancia y adolescencia que pasé leyendo al autor francés precursor de la ciencia ficción del siglo XX. Y me he acordado también de la que es para mí una de sus mejores obras. Es un libro de aventuras que en principio no tiene relación con la anticipación científica. Pero yo voy a intentar esa relación. Se trata de Miguel Strogoff.

Antes de que existieran Internet y el correo electrónico, el Skype, los móviles y sms, incluso el teléfono, la cosa estaba bastante difícil cuando había que enviar un mensaje a larga distancia, sobre todo en condiciones adversas, tipo guerra. Y este era el caso de la Rusia presoviética donde sitúa Verne su historia, en un momento en que hay una invasión de los tártaros en Siberia, y el Zar necesita mandar una carta al Gran Duque, su hermano, sitiado en la ciudad de Irkutsk; la línea telegráfica está cortada. La única solución posible para el Emperador es recurrir a uno de los integrantes del cuerpo militar de correos del zar: el joven siberiano Miguel Strogoff, un dechado de virtudes heroicas: guapo, noble, bondadoso, valiente, etc (bueno, realmente tras la lectura resulta un tipo bastante majo). El correo tendrá que recorrer –buscándose la vida en tren, en coche de caballos o a pie–, los más de mil quinientos kilómetros que separan Moscú, la capital rusa, de Irkutsk, en el corazón de Siberia. Es el camino que hicieron los concursantes televisivos del programa Destino Pekín, pero el protagonista de Verne no se quejó tanto.

Si considero Miguel Strogoff una de las mejores novelas de aventuras escritas nunca, se debe acaso y sobre todo a que el héroe es capaz de enfrentarse no sólo a la naturaleza (un paisaje, la estepa siberiana, sobrecogedora por su inmensidad, y que el protagonista sabe respetar, porque ha nacido en ella), o a sus enemigos, sino al sufrimiento: fatiga, hambre, sed, humillación, torturas, son adversarios más difíciles que un rival armado. Y la protagonista femenina, Nadia, no cumple un papel secundario, limitado sólo a lo romántico, sino que es compañera activa y colaboradora indispensable en la aventura. Un gran acierto de Verne.

También me llama la atención el tema de la ceguera. La literatura muestra una curiosa fascinación por los ciegos, y más curioso aún que lo haga en libros de aventuras como éste o Las cuatro plumas. Aunque la ceguera de Strogoff se resuelve con un tour de force bastante inverosímil, es indudable que el personaje perdura en nuestra memoria literaria precisamente por ese tiempo en que se ha visto abocado a la oscuridad y no obstante persiste en el empeño de cumplir su misión.

Probablemente a la mayoría de jóvenes de ahora, conectados permanentemente a un artilugio electrónico, esta novela les parezca tan anticuada y remota como la historia paleolítica de El clan del oso cavernario. ¿Qué le parecerían a Verne todos los inventos para la comunicación con que contamos hoy?

Lola Robles
Marzo 2009

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