Podéis leer buenas narraciones en la Biblioteca de Relatos.

27 de diciembre de 2009

JORNADAS FEMINISTAS ESTATALES DE GRANADA 2009

El feminismo del futuro será transfeminista o no será?

Ciertos dualismos han persistido en las tradiciones occidentales; han sido todas sistémicas para las lógicas y las prácticas de dominación de las mujeres, de las gentes de color, de la naturaleza, de los trabajadores, de los animales, en unas palabras, la dominación de todos los que fueron constituidos como otros, cuya tarea es hacer de espejo del yo. Los más importantes de estos turbadores dualismos son: yo/otro, mente/cuerpo, cultura/naturaleza, hombre/mujer…”
Donna Haraway. Manifiesto cyborg; Ciencia, Tecnología y Feminismo Socialista a finales del siglo XX. (1985)


(Fotos de Ela R que R)

Treinta años después.
Treinta años después de las Jornadas Feministas que se realizaron en Granada en 1979, y supusieron la escisión entre el feminismo autónomo y el feminismo de doble militancia, y nueve años más tarde de las últimas Jornadas estatales (Córdoba, 2000; yo trabajaba entonces en la Biblioteca de Mujeres de Madrid, y participamos con la ponencia Bibliotecas de Mujeres en red: preservar nuestra memoria desde el feminismo), este Encuentro al que hemos acudido unas 3000 mujeres me anima a pensar y esperar que ha supuesto y significará una trans-formación, convulsión y revulsión para el Movimiento Feminista, al menos en ciertos temas, importantes por demás.

Si bien y por supuesto se trataron temas imprescindibles como la violencia contra las mujeres, sexualidad, salud, cuidados, maternidad, emigración, interculturalidad, educación, ecofeminismo, prostitución, aborto, trabajo, crisis económica, globalización, derechos humanos, y pacifismo-antimilitarismo (y hubo un especial recuerdo durante todas las Jornadas para Aminetu Haidar), lo cierto es que el tema estrella de las Jornadas fue el de la identidad de género y el planteamiento de un feminismo no binario.

Un nuevo lenguaje, un nuevo feminismo.
Si antes de las Jornadas a muchas nos sorprendió leer que se hablaría de Identidades fronterizas. Devenires y luchas feministas: Las (tecno-bio) políticas de los cuerpos: (des)Identidades de Género, Trans, Lésbicas, Intersex, Queer, Fronterizas, Nómadas, Cyborg, Postfeministas, Postidentitarias, Postcoloniales, Inapropiables…, no menos nos sentimos en principio confundidas ante ponencias, mesas redondas y talleres con títulos como “Aullidos de cuerpos insumisos” (Medeak); “Construcciones múltiples de cuerpos y de géneros” (Kim Pérez y Elizabeth Vasquez Blanco); “La masculinidad de las biomujeres: marimachos, chicazos, camioneras y otras disidentes” (Raquel Platero); “Estrategias y aplicaciones de un feminismo no binario” (Conjuntos Difusos); “Translesbianismo y otros deseos transdiversos” (Juana Ramos); “Identidades en tránsito: entre el sujeto político ilustrado y la multiplicidad formativa de los géneros. La teoría política lesbianista” (Massmedeak); “Feminidad hiperbólica o feminidad contestataria: un feminismo de tacón de aguja asesino” (Itziar Ziga).

Yo asistí a dos mesas redondas:
“(Des) identidades sexuales y de género”, con la activista transexual Juana Ramos; Elvira Burgos; y Gracia Trujillo, una investigadora que sabe explicar con gran claridad cuestiones tan complejas.
y
Reflexiones feministas sobre el no binarismo”, con Kim Pérez, cuya explicación sobre los conjuntos difusos, concepto de las matemáticas y que aplicó a la cuestión de las identidades de género, nos sacó de la confusión; Belissa Andía (Secretariado Trans de ILGA), Miquel Missé (Guerrilla Travolaka) y Miriam Solà (Colectivo Medusa).

Ambas mesas fueron muy emocionantes, por el testimonio personal que nos dieron las ponentes, por su vehemencia y por lo que nos enseñaron.

Si yo salí impactada y conmovida, y a la vez feliz por lo que esos discursos y planteamientos pueden aportar al feminismo del siglo XXI, no fui la única. El impacto general fue tan rotundo que feministas veteranas y activistas jóvenes discutíamos a favor y en contra en pasillos, baños, sobremesas, en la fiesta, en el autobús de regreso.

El haber incorporado rápidamente y con mucho humor los nuevos términos que se escuchaban: biohombres y biomujeres, tecnomadres, transgéneros…, es un dato evidente de la repercusión del nuevo lenguaje. El humor no pretendía ridiculizar, en la mayor parte de los casos, la innovación lingüística: las feministas, que hemos trabajado durante años por un lenguaje inclusivo para las mujeres, no sexista, del que aún hoy se sigue haciendo mofa, sabemos de la importancia de subvertir el idioma para cambiar la realidad.

Que bastantes de nosotras no entendiéramos a veces esas nuevas palabras y expresiones fomentó no sólo el debate sino el intercambio de opiniones y conocimientos. Y que algunas pidieran por favor un diccionario, me recordó un magnífico relato hiperbreve de la escritora argentina de fantástico Ana María Shua, Los peligros del mar, que puede leerse en este mismo blog (como siempre arrimo el ascua a mi sardina literaria).

Aun fascinada por toda esta creatividad y aportes lingüísticos, mi activismo pacifista en Mujeres de Negro, desde donde abogamos por un lenguaje no violento, me lleva eso sí a cuestionar el uso de términos militaristas o agresivos, más allá de que comprenda y esté de acuerdo con la reapropiación de palabras estigmatizadas que plantea el discurso queer y transfeminista (bollera, marica, y similares). No me veo por ahí gritando “soy una zorra, soy una perra”; no está una ya para esos trotes; disiento de su objetivo, del mismo modo que me planteo serias dudas sobre la posición queer y transfeminista en temas tan complejos como la prostitución.

Pero creo que muchas fuimos conscientes de que estamos ante un feminismo insurgente, trans-gresor, como siempre ha sido y debe ser el feminismo, que va a trans-tornar lo que se ha hecho inevitablemente fijo, establecido, institucionalizado. La gente joven viene con nueva fuerza y nuevas ideas, aunque algunas estén por desarrollar.

Evidentemente, se ha suscitado y continuará existiendo controversia y polémica, e incluso enfado y rechazo: por ejemplo la presencia en las Jornadas de mujeres y hombres transexuales, de algunos biohombres, de personas transgénero, ha sido cuestionada y deberá ser debatida, encajada y asimilada para futuras ocasiones, porque es deseable suponer que no supondrá una invasión patriarcal, sino la irrupción de una diversidad cuya riqueza y potencia puede beneficiarnos a todas.


Transfeminismo, transgénero, queer
Ya en las Jornadas de Córdoba, en 2000, hubo presencia de mujeres transexuales (nacidas biohombres pero para quienes su verdadero género es el de mujer). El acercamiento no fue fácil pero sí importante. Las reticencias del feminismo hacia las personas transexuales tuvieron en su momento su lógica, dado que la transexualidad tradicional reafirmaba los roles de género normativos y patriarcales, llevándolos hasta un extremo en verdad hiperbólico. Por fortuna eso ha ido cambiando y las propias personas trans han cuestionado esos roles y su binarismo radical.

Así en Granada hemos contado no sólo con mujeres trans sino también con hombres, y hemos escuchado y aprendido sobre la transfobia y la necesidad de despatologizar la transexualidad, tema este último muy importante, pues la psiquiatría y psicología tradicionales, al considerar la transexualidad como una patología (disforia de género), encubren un reforzamiento de los estereotipos normativos sobre masculinidad y femineidad. No es éste un asunto colateralem>científico.

Ciertos sectores del feminismo consideraron incluso la transexualidad femenina como una colonización o apropiación por parte de los hombres del cuerpo de las mujeres, al reproducir esos estereotipos y roles más convencionales: una perversa estrategia del patriarcado. De hecho, todavía hoy entre algunas feministas españolas pueden escucharse opiniones semejantes, o la idea de que las transexuales siguen teniendo una mentalidad masculina. Estas afirmaciones suponen la creencia en el biologicismo de la diferencia varón/mujer, lo cual para muchas otras feministas es básicamente inaceptable, pues supondría la imposibilidad práctica de cambiar realmente tanto a hombres como a mujeres.

Lo cierto es que ya en el Encuentro de la Red Internacional de Mujeres de Negro, realizado en Valencia en 2007, tuve la oportunidad de asistir a la irrupción de varones en un Congreso en principio sólo para mujeres, hombres éstos que acompañaban a las activistas de MdN de Belgrado, grupo en el cual ellos colaboran (a este respecto puede leerse el artículo de Boban Stojanovic. “Mujeres de Negro: un espacio seguro para hombres diferentes”). Las activistas serbias, al igual que el grupo palestino Aswat (que incluye en su colectivo a “arab gay women, lesbians, inter-sex, queers, transexual, transgender and bisexual women”) trabajan estos temas en situaciones desde luego mucho menos cómodas que la nuestra. La presencia de estos hombres (alguno de ellos, para qué negarlo, bastante más femenino que yo) en el Encuentro, suscitó asimismo una fuerte polémica.

Así pues, hagámonos a la idea: como se escuchó en las Jornadas, posiblemente el feminismo del siglo XXI será transfeminista o no será. En cualquier caso, será otro, un nuevo feminismo. Siempre pasa. La renovación es inevitable, y además, necesaria.

El transfeminismo puede entenderse como una aplicación de la teoría queer y el discurso transgénero a la teoría feminista y viceversa, además de incluir las categorías de clase y etnia-raza de las mujeres, en busca de un feminismo no clasista ni etnocentrista.

Transgénero es un término que implica un conjunto más amplio que transexual. Por trangénero se entendería aquella persona que no se siente identificada por completo o permanentemente con el género que se asigna a su sexo biológico, rompiendo así correspondencia dicotómica biomujer (hembra) = género femenino, biohombre (macho) = género masculino, que ha sido la normativa en las sociedades patriarcales. Se plantea así el género como un continuum y no una dicotomía o binarismo radical, natural, esencial y estable. Las personas trangéneros pueden ser transexuales; bigéneros; pueden negar su pertenencia a ninguno de los dos géneros; pueden variar en distintos momentos de su vida su identificación con uno o con otro, o sentirla en diferentes porcentajes… La mayoría de estos términos está aún por terminar de definir, y esto no es en absoluto algo negativo. La identidad o (des)identidad de género no implica una determinado orientación sexual, que es otra cosa (definirse como lesbiana, homosexual, bisexual, heterosexual, asexual o polisexual).

En cuanto a la teoría queer (que propone en buena parte los mismos planteamientos que he tratado de resumir), sorprende el desconocimiento y los prejuicios que tienen aún hacia ella muchas feministas en España. Ese desconocimiento y prejuicios (causa-efecto uno de los otros, como suele ocurrir) me recuerdan, cómo no, a los que sufren otros géneros, los fantásticos. En ambos casos aún queda mucho trabajo para dar a conocer y contrarrestar ideas falsas.

El activismo queer nace en Estados Unidos a finales de los años ochenta, tiene como referencia el pensamiento y la obra de autoras como Teresa de Lauretis, Monique Wittig, Judith Butler, Michel Foucault, Donna Haraway, y en España Beatriz Preciado, y «supone una ruptura (auto)crítica, desde dentro pero desde los márgenes, del movimiento de gays y lesbianas y su defensa de la normalización e integración de las minorías sexuales», explica Gracia Trujillo Barbadillo en su artículo “Desde los márgenes: prácticas y representaciones de los grupos queer en el Estado español”, en la antología de textos El eje del mal es heterosexual: figuraciones, movimientos y prácticas feministas queer (Madrid, Traficantes de Sueños, 2005).

Con raíces pues tanto en el movimiento de liberación gay-lesbiano, que paulatinamente se irá convirtiendo en LGTBQ (lesb-gay-transexual-bisexual-queer), como en el feminismo, la teoría queer integra asimismo el anarquismo, el anticapitalismo, antimilitarismo y antirracismo, y cuestiona la idea de una identidad de género y sexo estables y naturales, y niega las categorías dicotómicas, los dualismos: mujer/varón, femenino/masculino, heterosexualidad/ homosexualidad, por considerarlas construcciones culturales e ideológicas. Frente a esos binarismos, lo queer reivindica la multiplicidad, la flexibilidad, y a la vez lo raro, lo inapropiado, la parodia para hacer visible que el género es una perfomance, la marginalidad, la incorrección política y la malsonancia (la reapropiación con orgullo de los insultos hacia los diferentes, por ejemplo), la provocación, y asimismo la producción de un saber propio.

Las personas queer se convierten así en sujetos incómodos y no adaptados, no clasificados, no apropiados en las categorías binarias de sexo/género, lo que ha hecho estallar no sólo el esencialismo del sistema patriarcal, sino aquel en el que devienen a partir de cierto momento el feminismo y los movimientos de liberación gay-lésbicos.

Otra muy clara explicación de la teoría queer es la que da la escritora y ensayista Pilar Pedraza en su obra Venus barbuda y el eslabón perdido (Madrid, Siruela, 2009). Explica que el nombre “procede de la palabra inglesa queer: «raro», usada para aludir a los homosexuales, pero va más allá y relativiza la noción de género, en el sentido de que ni la opción sexual ni la identidad sexual de las personas son naturales, sino el resultado de una construcción social, y que no existen papeles sexuales esencial o biológicamente inscritos en la naturaleza humana, sino formas de desempeñarlos que pueden variar. Lo importante –y polémico– de la Teoría queer es que rechaza la clasificación de los individuos en categorías como hombre o mujer, heterosexual u homosexual, y adopta una postura original y provocativa al afirmar que las identidades sociales no son normales sino anómalas y cambiantes. La Teoría queer critica además las clasificaciones de la psicología, la filosofía y la sociología tradicionales, basadas habitualmente en el uso de un solo criterio –sea la clase social, el sexo, la raza o cualquier otro– y sostiene que las identidades se elaboran de manera más compleja como intersección de múltiples grupos, corrientes y criterios.”


¿Y es todo esto algo realmente nuevo en el feminismo?

Lo masculino y lo femenino son correlativos que se contienen y se complementan. Sé que es así: la cualidad y la negación de la cualidad están indisolublemente entrelazadas. Pero no sé en cambio en qué consiste la naturaleza de lo masculino y la naturaleza de lo femenino, si involucran al macho y a la hembra (...) Aunque he sido hombre y mujer, no conozco todavía la respuesta a estas preguntas. Todavía me dejan perplejo”.
Angela Carter. La Pasión de la nueva Eva. (Barcelona, Minotauro, 1982)

Posiblemente casi todas las feministas conocemos la famosa frase de Simone de Beauvoir: “no se nace mujer, se llega a serlo”. Posiblemente todas las feministas lesbianas sabemos por experiencia propia o ajena que homosexualidad/heterosexualidad no son categorías estancas y opuestas, sino un continuo con gradaciones y múltiples posibilidades (los “conjuntos difusos” de los que se ha hablado en Granada, conjuntos sin límites precisos, concepto que puede aplicarse tanto a la orientación sexual como a la identidad de género). Así pues, en el pensamiento queer, transgénero, transfeminista o como quiera llamarse, no hay nada tan radicalmente nuevo.

Pero lo cierto es que el feminismo ha necesitado, durante mucho tiempo, usar el concepto de género “mujer” (o mejor dicho, “mujeres”, abarcando la diversidad entre nosotras), para revalorizarlo y reivindicarlo, frente a la opresión y el menosprecio con que nos ha tratado el patriarcado. Feminismos como el de la diferencia han hecho aportes valiosísimos a la lucha de las mujeres. El problema está cuando esa categoría “mujer” se convierte en un esencialismo irreductible.

El activismo lesbiano, del mismo modo, también ha tenido que definir claramente a las lesbianas (separándose tanto del propio feminismo que postergaba sus reivindiciones concretas y su especificidad, como de los gays, que, al ser mayoría en los movimientos de liberación, solapaban la problemática de las mujeres homosexuales), para, pues, visibilizarnos y luchar contra nuestra doble opresión, como mujeres y como lesbianas. Pero nosotras sabemos que siempre ha habido lesbianas masculinas, antes y todavía llamadas “butch” o “camioneras”. El rechazo hacia esa masculinidad por una parte se ha debido a considerarla una falta de autovaloración en una sociedad en la que resultaba más fácil identificarse con el género que tenía el poder (los hombres); y por otra a no querer reproducir los roles y jerarquías de dominación heterosexistas entre nosotras; a tratar de combatir los prejuicios sociales, pues desde estos ha sido muy cómodo y muy interesado identificar a las lesbianas como marimachos; también ha existido una concepción en exceso idealista por parte de las feministas heteros y gente progresista varia, al pensar que gays y lesbianas debíamos construir relaciones mejores que las tradicionales o incluso las suyas propias (craso error: la orientación sexual nada tiene que ver con la ideología de la persona lesbiana o gay, y ser oprimid@ por tu opción sexual no siempre supone comprender o luchar contra otras opresiones).

No obstante, y aunque, repito, en lo queer, transgénero o transfeminista no existe mucho que no se haya dicho antes, lo importante es la recuperación de ciertas ideas por estos nuevos movimientos y discursos, sobre todo en manos y mentes de la gente más joven.

Más allá de la polémica hombres sí/hombres no en los Encuentros o grupos de mujeres, un posible feminismo no binario sería en mi opinión un avance, un paso más allá, un camino hacia un futuro esperemos que mejor. Al deconstruir la idea de género como binaria-esencial-natural-fija, lo que este nuevo feminismo propone es un mundo en el que, no existiendo identidades inmutables y opuestas, monolíticas, homogeneizadas, polarizadas, y por ende jerarquizadas, sino conjuntos difusos, diversidades, multiplicidades, flexibilidades, opciones diversas, no exista tampoco dominación.

La ciencia ficción, por supuesto, ha soñado ya mundos semejantes, en la pluma de escritoras como Ursula K. Le Guin y su espléndida obra La mano izquierda de la oscuridad.


Conclusiones personales
El feminismo ha sido mi casa y mi tabla de salvación como mujer. Aunque personalmente siempre he preferido y elegido un activismo basado en la identidad ideológica antes que la de opción sexual (pues sólo si esta identidad personal deviene política es cuando me interesa y la comparto, lo que no ha ocurrido me muchas ocasiones), encontrarme hace unos años con la teoría queer, y ahora, con un posible transfeminismo, ha supuesto para mí una nueva liberación personal, al permitirme ver como algo perfectamente aceptable ser feminista y definirme como mujer transgénero (eso sí, difusa).

Por otra parte, como activista pacifista-antimilitarista, me atrevo a plantear que estas nuevas concepciones refuerzan ese activismo: no sólo porque los ejércitos y las guerras han sido siempre una de las más feroces expresiones del patriarcado y del pensamiento binario, sino que la visión dicotómica (los nuestros frente al otro, el enemigo, el diferente, el ajeno, el extraño, el peligroso, el culpable, el traidor) está en la base de los nacionalismos, los fundamentalismos, los conflictos entre grupos humanos e incluso interpersonales.


Literaturas queer.
Hay una literatura y cultura feminista y lesbiana, pero ¿existe una literatura y cultura queer? En su espléndido artículo “Literaturas queer: una lección olvidada de Barrio Sésamo” (en Teoría queer: políticas bolleras, maricas, trans, mestizas. Madrid, Egales, 2005), Marcelo Soto dice que no, que esa literatura falta. Y más aún: que la escritura queer debería, para serlo en coherencia con sus planteamientos, trastocar, subvertir, demoler el orden ordenado, racional, patriarcal, tanto de los contenidos como de las formas literarias. Ya sabemos: no se puede destruir la casa del amo con el lenguaje del amo, parafraseando a Audre Lorde. Soto cita en su artículo a autoras como Virginia Wolf, Djuna Barnes, Gertrude Stein, Adrienne Rich, Alice Walter, Gloria Anzaldúa, Audre Lorde; o Monique Wittig (aquella que dijo que “las lesbianas no son mujeres, ya que la noción misma de mujeres sólo adquiere significado en sistemas de pensamiento heterosexuales”); añade que “el gran escritor queer español” es Leopoldo María Panero.

Se trata pues no tanto de recalificar simplemente obras pasadas como textos queer, sino de usar la revisión queer como una herramienta de lectura.

Yo añadiría, en una posible y primera selección queer, Confesiones de una máscara, de Yukio Mishima, o La balada del café triste, de Carson McCullers.

Y ya en el campo de los géneros fantásticos (a los que está dedicado este blog), terrenos tan libres y propicios para especular sobre todo tipo de posibilidades nuevas, queda aún mucho por decir, desde la creación y desde la crítica. Algunos humildes intentos pueden encontrarse en este blog: Las otras: feminismo, teoría queer y escritoras de literatura fantástica; y La pasión de la nueva Eva, de Angela Carter.


Puesto que todavía estoy aprendiendo sobre estos temas de los que he escrito, de antemano pido disculpas por mis posibles errores. Agradeceré cualquier corrección o rectificación al respecto, comentario, aporte o controversia.

Más información y textos de las ponencias en la web Federación estatal de organizaciones feministas.
Como complemento a esta entrada y para quien le apetezca, puede leerse:
–Un breve texto, “Los peligros del mar”, de la escritora argentina Ana María Shua.
Un relato de ciencia ficción para mí muy queer y bastante perverso, “El doctor pájaro-ratón”, del escritor estadounidense Reginald Bretnor.
–Un transtexto mío, “Mi primera comunión”, que formó parte de la exposición hudud: fronteras, género y arte, realizada en la Librería Traficantes de Sueños, de Madrid, del 17 de diciembre de 2007 al 5 de enero de 2008.

Lola Robles, diciembre 2009